Yo maté a Martínez Ares

Errol Flynn embarrancó en La Caleta

  • Los piratas. Al principio, el grupo no confiaba en la idea pero poco a poco el ánimo filibustero se fue adueñando de nosotros l El nombre de la comparsa se debió a la cabezonería de Manolo Casal

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NADIE en su sano juicio carnavalesco lo haría, como intuí al ver la cara que puso Ángel cuando le propuse crear una comparsa que se llamara Piratas, pero como sano, sano no estoy y juicio, juicio, tengo el suficiente como para ser persona humana normal, me quedé tan pancho cuando lo solté una tarde noche en el local de ensayo. A José Luis le encantó, sin embargo para Ángel y muchos componentes del grupo la idea era una auténtica barbaridad; recuerdo que alguno incluso exclamó: "Antonio, eso es un tipo más bien para una comparsa juvenil, ¿tú nos ves a nosotros vestidos de piratas?". Yo ante ese comentario agregué: "Este es un tipo de siempre, qué niño no se ha querido vestir de vaquero, de mosquetero o de pirata, por favor, hacedme caso, dejadme a mí". Tras un pequeño receso, el veredicto del grupo fue favorable y eso me contagió unas tremendas ganas de luchar por ese proyecto. Por entonces seguía trabajando en Cádiz Información, hasta que de pronto, un día, me dieron una carta en la que me comunicaban que tenía una quincena para abandonar el puesto. Esa mala noticia ponía en jaque otra muy buena, esperaba un hijo que nacería por noviembre y no tenía nada más que la comparsa para sobrevivir. Así que nada, en ese momento, al más puro estilo de Escarlata O'Hara, me juré que viviría de mis obras musicales, de mis creaciones, al fin y al cabo los fines de semana actuábamos por toda Andalucía y nos tendría que ir muy mal para no continuar en esa línea, el fracaso no existía y de los cobardes nunca se ha escrito nada. Manos a la obra, parado y padre en ciernes me puse el traje de faena. Me leí todo lo que a mis manos caía con relación al mundo de los piratas y además contaba con la ayuda inestimable de internet que multiplicaba por cien mil las posibilidades de encontrar relatos, bocetos, historias, cuentos, leyendasý en fin, el mundo de la piratería a mis pies, o a mis dedos, según se mirara. Un inciso, que la comparsa acabara llamándose Los piratas, se debe a la cabezonería de Manolo Casal, un carnavalero de pro que nos vio nacer artísticamente en El Puerto de Santa María.

Ángel se encargó una vez más de vestir a la comparsa y he de reconocer que en aquella ocasión lo clavó aunque, lógicamente, sudó sangre para calibrar todos los personajes que escenificaban aquella tropa de corsarios, y es que lo que parecía fácil, como siempre suele ocurrir, resulta al final lo más complicado. El año de El vapor mi hermano Juanma y yo nos quedamos petrificados, para bien, cuando vimos el tipo de una chirigota de Cádiz que se llamaba Mi viejo barrio, que representaba a los más famosos muñecos de Barrio Sésamo. Los creadores de esa obra de arte eran Antonio, Ricardo y Shano, tres chicos que ya firmaban sus trabajos con el seudónimo de Ras. Su taller se encontraba ubicado en un bajo de la calle Botica, en mi barrio de Santa María y allí me fui para hablar con ellos porque tuve el presentimiento de que podrían hacer el decorado perfecto para mi obra. Todas las tardes, cuando tenía ocasión, me pasaba por el taller y se me iban las horas viendo la capacidad de trabajo y la imaginación que transpiraban estos tres, por entonces, desconocidos. Ricardo y Shano Lores, hermanos de pensamiento, sangre y construcción se centraron en la confección del esqueleto del barco, o mejor dicho, de la proa de La Invencile, que así llamé a mi balandra, con tubos de pvc y Antonio se encargó de pintar los paños de goma espuma con los que forraron la embarcación. Si a esto le sumamos la calavera que fue nuestro siniestro mascarón de proa, la comparsa sólo tenía que cantar para enamorar al personal. Para darle más ambientación, además de utillería propia de un desembarco pirata en la playa de la Caleta, Ras hizo que pareciera que volara una gaviota de una bambalina a otra.

Y volvemos al tipo. La comparsa al principio no confiaba en la idea pero poco a poco el ánimo filibustero se fue adueñando de nosotros. Uno de los mejores disfraces, para mi gusto, fue el que se diseñó para José Luis, a lo Jhon Silver. No sólo le quedaba genial sino que además la muleta le servía para poder recuperar movilidad en su cadera porque años antes él y dos componentes más estuvieron a punto de morir en un accidente de tráfico cuando venían de Algeciras. José Luis y Chicuelo se llevaron la peor parte, de hecho el primero fue intervenido en varias ocasiones y todavía conserva secuelas. Paquito, que tocaba la caja, salió ileso pero durante unas semanas lució numerosas magulladuras. Ese accidente siempre estará presente en nuestras vidas para recordarnos que el Carnaval no vale nuestras vidas. Ese año hubo dos cambios, entraron en la formación Ricardo, hermano de Paco Catalán y Rafael, 'Rocky'. Chari Delgado seguía siendo nuestra costurera y el local de ensayo, gracias a Dios, volvía a ser el mismo. La comparsa impactó desde el primer día y se colocó de inmediato en los primeros puestos de todas las quinielas de los aficionados al Carnaval, pero ese año Tino Tovar y El cielo de Cádiz nos pisaba los talones. Debo decir que hice dos popurrises, ¿se dice así?. Una noche de ensayo Ángel me propuso cambiar el primer que monté porque la música no iba con la idea que llevábamos. "Hazlo entero tú, tú puedes", me dijo, y así lo hice; por primera vez todo lo había escrito y musicado yo y me sentía orgulloso. Por cierto, la presentación, a mi humilde opinión, al más puro estilo Disney. Javier Osuna resumió la idea en una frase mientras colaboraba con Canal Sur aquel año: "Parece que estemos viendo una película de Errol Flynn, de las que echan los sábados por la tarde".

Por mi cabeza rondaba, desde hacía tiempo, la idea de componer un pasodoble mostrando la desesperación de una mujer harta de sufrir malos tratos. El concepto estaba ahí pero no terminaba de cuajar, empezaba un pasodoble y nada, cuatro frases, y otro, y seis frasesý pero nada me convencía. Y de pronto días antes de la final, fregando, yo que he sido y siempre seré un fiel seguidor de la copla, me puse a cantar por lo bajinis una muy antigua de Concha Piquer que en el estribillo sentenciaba: "Señor Sargento Ramírez, martirio me da un cristiano, y yo no quiero tomarme la justicia por mi mano". Con la manos llenas de mistol cogí el primer papel que encontré a mi alcance y empecé a escribir el pasodoble que titulé "Con permiso, buenas tardes". Llegó la hora del ensayo y cuando lo canté me di cuenta, cuando reparé en que más de uno estaba llorando, que ése era el pasodoble que nos daría el primer premio. Y así fue. Vivimos una final para el recuerdo, con un público que cantaba con nosotros el estribillo y luego diez meses actuando sin parar.

Mi hijo nació un 3 de noviembre con los ojos abiertos, llovía a mares, y yo sabía que bajo el brazo me traería algo bueno. El premio me daba igual yo sólo quería trabajar para darle de comer y el Carnaval me salvó, nos salvó la vida.

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