Aprendiendo a amar el conocimiento

  • El acto es ante todo una excusa para que lo mejor de cada casa se encuentre y charle un rato. La rectora enumeró las virtudes de la Universidad de Granada, pero también sus defectos.

Si esta crónica requiriera negritas, necesitaría al menos dos páginas de texto de este periódico para nombrar a todos aquellos (y aquellas, que diría un seguidor de lo políticamente correcto) que ayer por la mañana asistieron al Desayuno Informativo que patrocinaba el Banco Santander y que organizaba el Grupo Joly, editor de Granada Hoy. Gente trajeada y con ropa de gala pasa asistir a una actividad social que, ante todo, es una excusa para que lo mejor de cada casa se reencuentre y charle un rato, en un acontecimiento que se organiza por tercer año consecutivo para demostrar que se pertenece a un mundo en el que hay que estar para intentar que Granada se mueva y no solo cuando hay terremotos, como dice José Luis Delgado.

El día se levantó gris y amenazando lluvia. Eso no fue impedimento para que el salón reservado en el hotel Abades se llenase de personas y que este cronista pueda escribir sin recato que el éxito de la convocatoria fue clamoroso. La misma conferenciante, la rectora Pilar Aranda, dijo que la Universidad de Granada necesitaba para avanzar de la colaboración de todas las instituciones y de las empresas, intuyendo que todos los interlocutores de la sociedad granadina estaban allí y que aquel era el escenario idóneo para su discurso.

Pero vayamos por partes. Las mesas estaban organizadas por nombres de zonas y comarcas granadinas. A mí me tocó el Poniente. A mi derecha tenía a la jefa de prensa del CSIF, Cristina Villena, y a mi izquierda al letrado Pablo Luque. "Hay que promocionar el diálogo, las personas tienen que hablar entre ellas y eso es bueno", dijo en su intervención Alberto Delgado, director territorial del Banco de Santander, momento que aproveché para pedirle a Pablo que me llenara la taza de café y a Cristina para preguntarle por su familia. El ambiente era acogedor y distendido, pero también respetuoso cuando los intervinientes se acercaban al atril para dar el discurso. Alberto Delgado, por lo pronto, hizo que el desayuno fuera más digerible y hasta más suculento cuando afirmó que estamos pasando por un momento de más estabilidad y más crecimiento. Alejó el fantasma de la crisis cuando dijo que la recuperación será sólida y continua. Eso hizo, como digo, que el café supiera más dulce y que los mini cruasanes resultaran más crujientes. Luego habló del Banco del Santander y dijo muchas cosas, pero el espacio reservado para esta crónica solo me permite resaltar lo que señaló sobre la entidad a la que representa: "Estamos trabajando para hacer un banco más sencillo, justo y personal"

A la directora del Granada Hoy, Magdalena Trillo, se la veía exultante y contenta por el éxito de la convocatoria. "Hasta ayer por la noche estuvimos poniendo mesas porque la gente no paraba de llamar para apuntarse al desayuno", dijo en un corro de asistentes. Ya en el atril, presentó a la protagonista del acto, la rectora Pilar Aranda, de la que destacó su capacidad de trabajo y el entusiasmo en su modo de hacer las cosas. Se notaba que son amigas.

La rectora, con voz firme y segura y casi sin papeles que mirar, enumeró las virtudes de nuestra Universidad. Pero también sus defectos y aquello que falta por conseguir. Lo suyo fue un discurso tan complaciente como autocrítico. Tenemos 500 años de historia y mucho conocimiento pero no nos hemos adaptado aún a las nuevas exigencias y no conseguimos la participación de los estudiantes, llegó a decir.

Pilar Aranda sacó pecho cuando dijo que la Universidad de Granada era líder en España en ingeniería informática y telecomunicaciones y que la institución que representa es primordial en el desarrollo económico de la provincia. "Hay que amar el conocimiento", fue una de sus conclusiones.

Y lo dicho, si el éxito de una convocatoria pudiera medirse por la cola que se formó para recoger los abrigos largos y los paraguas, se puede decir que fue extraordinario. A pesar de la diligencia y efectividad de las empleadas del guardarropa, quien más y quien menos tuvo que esperar un buen rato a que le devolvieran su prenda. Casi veinte minutos tardé yo en recoger mi gabardina. Si lo llego a saber, me la dejo puesta.

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