Gibrexit

  • Pánico en el Peñón a perder el paraguas de Europa en el referéndum británico del jueves

"I'm out! I'm out!", grita un tipo exaltado en la puerta del cuartel general del I'm in, la oficina donde se recaudan fondos desde Gibraltar para la campaña que defiende que Reino Unido siga en la Unión Europea. Alberto Danino, un director de instituto jubilado que es el portavoz de esta agrupación de ciudadanos proeuropeos de la Roca, le mira con paternal simpatía. "Lo hace todos los días, se para aquí y dice que él está fuera, que él es racista, pero bueno... tampoco es mal tipo", dice en un perfecto gaditano, aunque luego habla con sus vecinos en un inglés exquisitamente académico. El hombre del I'm out debe de ser prácticamente el único que quiere un Gibraltar fuera del paraguas europeo. Casi nadie aquí quiere oír hablar del brexit. "Sería una catástrofe", asegura otro de los voluntarios de esta campaña.

Estamos en Main Street el día que está prevista la llegada de David Cameron a Gibraltar. No lo ha hecho ningún otro primer ministro desde Harold Wilson y la colonia engalana su calle principal, atestada de comercios, ni un solo local vacío, con la Union Jack y unos grandes cartelones que dan la bienvenida a casa a este político que se ha metido en un gran jardín. Cameron, hijo y nieto de agentes de Bolsa, un hombre al que la City financiera le corre por las venas, les ha hecho un regalo a todos los que se sienten out en Gran Bretaña. El perfil de esos out, según todas las encuestas, tiene mucho que ver con el empobrecimiento de la clase obrera, aquella que Thatcher envió a los guetos cerrando industrias en los 80 y que miran con desconfianza todo lo que suena a extranjero.

Paseamos con Danino por las calles de Gibraltar y aquí vemos poco de los barrios apaleados por la reconversión en Glasgow o Manchester. Con 41.000 libras de renta per cápita, Gibraltar sería una de las primeras economías del mundo en este ranking si compitiera en las tablas del FMI. "Aquí apenas hay paro. Gibraltar vive una edad de oro. Somos pocos, pero aquí convive la comunidad judía con la musulmana y con la británica en perfecta armonía. Es absurdo el racismo en Gibraltar. Somos algo parecido a una ciudad internacional, como lo fue Tánger. Y dicen en España que somos piratas o que somos un paraíso fiscal, pero eso no es cierto, Europa no dice eso. No queremos que nada cambie".

Las palabras del ministro de Exteriores español, José Manuel García-Margallo, han alarmado a los 32.000 habitantes y las 24.000 empresas de esta estrecha península de poco más de un kilómetro de ancho rematada con un peñasco que es refugio de los últimos macacos de Europa. Aquí, entre este grupo de británicos que ni de lejos es la mayor comunidad británica de España (en la provincia de Málaga viven el doble que en Gibraltar) se ha asentado una economía próspera que ha encontrado en Europa un paraguas frente a algunas de las últimas demandas españolas. Es el caso del bunkering, el repostaje en alta mar. Gibraltar ofrece los precios más económicos del Mediterráneo, por lo que mueve un trasiego cercano a las siete millones de toneladas de fuel. También Europa puso coto al esbozo de una idea de colocar un peaje a la entrada del Peñón. Tampoco los intentos de contar con la colaboración europea para controlar este paraíso fiscal o aplacar el contrabando de tabaco han tenido mucho eco en Bruselas. Gibraltar, por tanto, sólo tiene cosas buenas que decir de Europa. Ahora, con el Brexit, Margallo ha insinuado que podría cerrarse la Verja si no existía una soberanía compartida por este territorio.

John Isola es vicepresidente de la Cámara de Comercio de Gibraltar y forma parte de un órgano conjunto que mantiene los vínculos entre su institución y la Cámara de Comercio del Campo de Gibraltar. Asegura que "nuestras relaciones son magníficas. Gibraltar aporta mucho al Campo de Gibraltar y así debería seguir siendo. Yo espero que el Gobierno español tome en consideración nuestra aportación a esta comarca. Aquí trabajan cada día 9.000 campogibraltareños", afirma cuando se le plantea un bloqueo marcado por el Brexit que tendría que decretar Europa al dejar de ser Gibraltar territorio europeo. La cifra es relativa. En realidad, según ha afirmado el ministro principal, los trabajos declarados son 4.500, pero existen otros difíciles de contabilizar (limpiadoras, cuidadoras de ancianos, canguros...), por no hablar del contrabando. Realmente no se sabe cuántos linenses viven del Peñón, pero muchos. Lo cierto es que La Línea cuenta, eso sí, con unos 9.000 desempleados, lo que supone un 36% de paro. Perder los empleos de Gibraltar, declarados o no, en un ejercicio de ficción apocalíptica, supondría disparar ese porcentaje y condenar al lado español de la frontera.

Verja cerrada. La simple idea es una pesadilla para personas como Lourdes, que regenta una perfumería en uno de los mejores lugares de Main Street. Lourdes es gibraltareña, pero no nació aquí, sino en Londres, porque ella es de la generación de la evacuación durante la II Guerra Mundial. 13.000 gibraltareños fueron llevados a Marruecos y luego a la metropoli para que bajo la Roca sólo se quedara el personal civil y militar necesario para la defensa de la plaza. Lourdes volvió con cinco años y, desde entonces, su más amarga experiencia fueron los años de la Verja cerrada, trece años, entre 1969 y 1982. "Y resistimos. Los gibraltareños estamos acostumbrados a resistir. Somos duros como nuestra roca", explica corajuda Lourdes.

Alberto también vivió ese tiempo y recuerda que "nos cortaron toda comunicación con nuestros vecinos de La Línea, de los que somos amigos, con los que existen lazos familiares, que ellos nos ayudan a nosotros y nosotros a ellos. Así que tuvimos que mirar a Marruecos, abastecernos por mar. Lo superamos y lo volveremos a superar".

Lourdes, que en su tienda dirige las operaciones para cambiar en el escaparate un cartel de Charlize Theron promocionando Christian Dior por el de la bienvenida a Cameron, no entiende la obsesión de España por el Peñón. "Por mucho que se empeñen, no puedo ser lo que no soy. No soy española. No tengo nada contra España, todo lo contrario, pero no soy española". Danino es de la misma opinión: "Nosotros fuimos españoles muy poco tiempo, apenas dos siglos y pico. El resto del tiempo hemos sido británicos. Ojo, británicos, no ingleses. Somos británicos de Gibraltar. Yo no soy inglés, aunque el eurodiputado que me represente sea un inglés del South West que a lo mejor se preocupa más de los del South West que de nosotros...".

Esta identidad se expresa de manera extraña en la gran vitamina de los nacionalismos: el fútbol. El pasado jueves había un duelo fratricida entre ingleses y galeses. Pocas horas antes preguntamos sobre las aficiones futbolísticas de los gibraltareños en The Cellar, una lujosa tienda de vinos de la calle paralela a Main Street, Line Wall Road, donde se encuentran la mayoría de las aseguradoras, que las hay a cientos, del Peñón. Nos contesta Alex, de Barcelona, pero que hace quince años regresó a sus orígenes y ya no se quiere marchar porque "aquí se vive muy bien". Nos cuenta que la salida de Gran Bretaña de Europa podría afectar a las casas de apuestas deportivas de Gibraltar, que son un negocio boyante, sólo comparable a escala a las existentes en Asia, y que la pasión futbolística se vive con el Madrid y el Barça. "¿Y si juega la selección española?" "No, no despierta mucho interés". "¿Y la inglesa?" "Sí, claro, la inglesa sí".

Lo vamos a comprobar en el pub Lord Nelson, un templo para futboleros en una esquina de la preciosa plaza Casemates, que hace referencia a las casamatas que la rodean y que han reconvertido la fortaleza de aromas dieciochescos en un inmenso zoco poblado de franquicias internacionales. En Lord Nelson hay seis o siete grandes televisores y un croquis de gran tamaño que explica cómo se produjo la maniobra envolvente de la armada del general británico para causar el desastre naval de Trafalgar. El ambiente minutos antes de la batalla contra Gales no es el que podríamos esperar de una gran cita europea como ésta. Hay aficionados con gorros rojos y blancos que regala la marca Carlsberg. Gastronomía británica para acompañar el partido y sólo se desata la euforia cuando en el minuto 93 un jugador inglés logra la remontada y la victoria. Entonces un grupo de aficionados, no todos los que están en el pub, ya calentados con unas cuantas pintas, entonan el God Save the Queen. En cualquier caso, todo perfectamente civilizado y sin asomo de hooliganismo. Porque los gibraltareños se jactan de ser, sobre todo, de espíritu tranquilo y jocoso. "Nosotros tenemos a Cameron y vosotros a Camerón de la Isla", nos ha dicho Alberto Danino para demostrar que él también tiene "humor gaditano".

En la misma Casemates Square ya se está desmontando el estrado en el que iba Cameron a lanzar su discurso antes de conocerse la muerte de la laborista Jo Cox, 41 años, a manos de un personaje desquiciado por su psique y por la acritud de este referéndum. Allí, en el Norte, cerca de Leeds, donde los barrios de guetos blancos. Lo de Cameron era un discurso para los británicos, no para los gibraltareños, que ya están suficientemente convencidos. Y ese discurso para los británicos consistía en decir a los seguidores del Brexit que un Reino Unido aislado no nos hará más grandes, sino todo lo contrario. Ahí estaba Gibraltar, tan lejos de ellos, tan desamparada. Algo inquietante para los gibraltareños.

El hombre que lleva unas gafas con las cruz de San Jorge, una camiseta en la que se lee Proud to be Britain ("orgulloso de ser británico") y todo un atrezzo que incluye a Churchill con un puro en tres dimensiones es mucho más optimista. Orgulloso de ser británico y de ser el blanco de los móviles de los turistas, tiene su peculiar visión del Brexit: "Si nos vamos, Europa dejará de existir". "¿Otra vez el continente queda aislado?" Y él sonríe pícaro tras sus gafas de San Jorge: "No doubt!".

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