Ex ministro de Economía y Hacienda

Las dos almas socialistas

  • Carlos Solchaga presenta sus memorias sobreuno de los periodos más trascendentales del cambio económico y político de la España del siglo XX

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En España gobernaba el PSOE y en la oposición estaba la UGT. El artefacto de la UCD se había disuelto cuando su objeto social, que fue la Transición, se acabó, y por la derecha transitaba Manuel Fraga con las siglas de AP sobre sus espaldas mientras Suárez intentaba recomponerse por enésima vez. Y poco más. La oposición era eso: UGT, Comisiones Obreras y la patronal CEOE, que entonces conformaban un trío de poder que jamás se ha vuelto a repetir. "Los sindicatos están hoy desaparecidos, y eso es malo para el país". Quien realiza la valoración es Carlos Solchaga, ministro de Economía en el Gobierno de Felipe González cuando se convocó la huelga general del 14 de diciembre de 1988, el 14-D, la huelga general con mayúsculas, la que de verdad paró al país e hizo temblar al Ejecutivo, la que se estrenó a medianoche con un apagón de Televisión Española, la única. Una "técnica de golpe de Estado", remata quien fuese uno de los ministros más poderosos de González y uno de los artífices del salto económico de la España europea.

Carlos Solchaga acaba de publicar unas memorias tituladas Las cosas como son, un diario que abarca los 14 años que pasó en el Congreso de los Diputados, 11 de ellos sentados en la bancada azul, primero como joven ministro de Industria en el primer Gabinete de Felipe González y, a partir de 1985, como ministro de Economía después de suceder a Miguel Boyer. Lo fue hasta el año 1993. Solchaga, navarro de Tafalla, ha sido el ministro que ha estado más años en los gobiernos de la democracia de modo ininterrumpido, y no figuró como vicepresidente tras la salida de Alfonso Guerra porque Felipe González no quiso complicar más los equilibrios de poder dentro del PSOE, pero actuó de facto como tal, acordó con el presidente que él sería quien eligiese a los miembros del equipo económico. Un súperministro de Economía en unos años en los que, además, el sector público se sentaba en los consejos de administración de las grandes compañías hoy privatizadas.

La clase política española, bien por falsa modestia o mal, por carencias intelectuales, ha sido ágrafa, los grandes dirigentes del país no han dejado escritas memorias, salvo notables excepciones. Tampoco se trata de pedirles objetividad ni siquiera sinceridad, porque la realidad histórica sólo asoma cuando se cruzan las versiones; de ahí que la contribución de Solchaga sea de elogiar, aunque en su caso además no ha tratado de taparse a la hora de publicar. Es decir, que sigue pensando igual de mal del ugetista Nicolás Redondo que antes, cuando le montó el 14-D; de Alfonso Guerra, aunque le respeta que "haya sido uno de los hombres que ha construido el PSOE de la democracia", y de Javier Solana, aunque por su respuesta más bien parece que quien fuese secretario general de la OTAN sólo le asombró por lo que entiende como la inexplicable carrera internacional que le llegó después. Y admiración, casi sin matices, por Felipe González.

Solchaga presentó su libro en un acto en la sede de la Fundación Cajasol en Sevilla. A él lo presentó el catedrático Francisco Ferraro, que fue profesor de Economía de España en la Hispalense, y remató el director de Diario de Sevilla, José Antonio Carrizosa, con una entrevista en la que el ministro ni huyó por las ramas ni se contuvo en las aristas de su análisis.

-¿Pedro Sánchez o Susana Díaz?, pregunta Carrizosa.

-Susana responde casi antes de que termine de pronunciar la zeta que finaliza el apellido.

-¿Tiene el PSOE un problema grave de liderazgo?

-Grave. Gravísimo.

-¿Y se puede solucionar?

-Sí, el PSOE lo puede solucionar.

-¿Hubiera sido posible, o deseable, un acuerdo del PSOE con el PP para aprobar este Presupuesto?

-Ahora, no; hubiese sido posible hace unos meses, si se hubiese seguido la línea de la anterior gestora, de modo que se habría entrado en una negociación, con concesiones, con una nueva ley de educación...

Pero Carlos Solchaga viene a hablar de su libro, que no es el libro, sino la huelga general del 14-D. Treinta años después, es él mismo quien quiere detenerse en ese momento, el instante en el que el choque de "las dos almas" socialista revela lo inevitable: que las dos "fraternidades" se vuelven incompatibles en el momento en que una debe gobernar "para todos los españoles" y la otra, que es la UGT, es un sindicato de una parte, de la clase trabajadora. Solchaga fue el ministro de Industria de la reconversión, de los primeros ajustes, pero también quien dirigió Economía en el momento en que España se convirtió en un modelo mundial a partir de la entrada en la Comunidad Económica Europea. La inversión extranjera fluía hacia el sur. En 1988, las "condiciones objetivas", apunta el ex ministro, ya no eran la de una huelga general. La economía llevaba creciendo a un ritmo del 5% anual durante tres ejercicios, la inflación estaba por debajo del 5% cuando antes de los Pactos de la Moncloa se situó en ocasiones en el 30%, y se creaba empleo. España salía de un doble ajuste, el debido al alza mundial del precio del petróleo (una de las primeras medidas del Gobierno socialista fue devaluar la peseta y subir un 25% el precio de la gasolina) y el de la liquidación de una industria que estaba "achatarrada". No se daban las condiciones, pero, según Solchaga, sí había razones, que no eran otras que el choque de las dos almas socialistas, la reformista y la obrerista, lo que en su día fueron las de Indalecio Prieto frente a Largo Caballero, el Lenin español, y a quien, según el ex ministro, Nicolás Redondo, el líder de la UGT, quiso emular en algunos momentos.

El PSOE ya había abandonado el marxismo, pero "los sentimientos aún estaban vivos cuando llegamos al Gobierno", a Solchaga le acusaban de hacer "el trabajo sucio que debía hacer la derecha", que no era otra cosa que meter el viejo aparato productivo bajo una gran esquela y desregular algunos mercados. UGT ganó aquella batalla, al menos la mediática, aunque el ex ministro sostiene que la repercusión en la política económica no fue tan importante como vendieron aquellos sindicalistas "crecidos" con los que se tuvo que poner a negociar.

Solchaga estuvo en aquellos momentos en el ala liberal del Gobierno, donde contó con el apoyo de Felipe González y la oposición de Alfonso Guerra, aunque sostiene que el ex vicepresidente estaba más preocupado por el poder que por la acción que procuraba la tenencia de éste. "Guerra no sabe qué hacer con el Estado, sólo le interesa el poder por el poder", escribe en la página 528 de su libro. "Su interés no estaba en la ideología, ni siquiera en la estrategia, pero le gustaba soñar con que era la luz de donde brotaban las esencias", sigue pensando ahora.

Solchaga salió del Gobierno en 1993, y apenas duró un año al frente de la portavocía del grupo parlamentario socialista. Dimitió por el caso de Mariano Rubio, el gobernador del Banco de España que también se dedicaba a no declarar a Hacienda. Aquellos últimos años fueron muy convulsos en el Gobierno y dentro del PSOE, Guerra había salvado un congreso federal, pero siguió en el declinar que comenzó con el caso Juan Guerra.

-¿Es usted más liberal que socialdemócrata?

Y quien sigue militando en el PSOE, se explica con la última frase de su libro: "Siempre me he sentido atraído por los ideas liberales, pero no comparto con la mayoría de los liberales ni su pasión por el individualismo ni su aversión por el Estado".

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