Cuando el enemigo es tu hijo

  • Los expertos estiman que dos de cada tres casos registrados de agresión filioparental están asociados a las drogas o al abuso de nuevas tecnologías

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Cuando el enemigo es tu hijo

Sobrellevar cualquier agresión debe ser difícil. Pero aún más si el agresor es un hijo. Expertos concretan que el perfil de los jóvenes que ejercen violencia filial es el de un adolescente de entre 12 y 16 años que actúa con comportamientos violentos para ganar poder y control sobre los padres. No hay grandes diferencias entre varones y mujeres ya que ambos sexos se equiparan, pero sí en el tipo de violencia que aplican. Ellos suelen cometer más ataques físicos y ellas, más violencia psicológica.

Casi siempre la diana de sus comportamientos agresivos son las madres, cuyas edades suelen estar entre los 40 y 50 años. "Son adolescentes con escaso autodominio, poco empáticos, con baja tolerancia a la frustración, egoístas, con bajo rendimiento escolar y con dificultades para aceptar cualquier límite", explica el coordinador terapéutico del Centro de Tratamiento de Adicciones Monte Alminara, Juan José Soriano.

El año pasado en España se abrieron unos 4.000 nuevos expedientes judiciales por violencia de hijos a padres. Después de Valencia, Andalucía es la segunda comunidad autónoma del país con más casos. Según el experto del centro malagueño, el detonante de este tipo de violencia suele ser la adicción del adolescente al alcohol, el cannabis o las nuevas tecnologías. "El 60% de los casos están asociados al consumo de tóxicos. En los últimos años, este tipo de agresiones han aumentado muchísimo", apunta Soriano. Y precisa que pueden ser físicas -en forma de golpes o empujones-, verbales -insultos o gritos- e incluso económicas -con robos o exigencias para que los padres les compren cosas que quieren-.

Los progenitores que sufren este tipo de agresiones suelen ser permisivos. El conflicto aparece normalmente cuando en la adolescencia intentan poner límites a sus hijos. Según el experto del centro malagueño, en este problema influyen muchas causas: el grupo con que se relaciona el menor, la permisividad de las familias y hasta las menores exigencias de la sociedad. "Ahora se puede pasar con notas suspensas. Todo lo asociado al esfuerzo y a los límites se rechaza no se vaya a generar frustración. Pero el límite no es un castigo, sino un elemento educativo. Para crecer de forma sana se necesitan límites", defiende el terapeuta.

Según el experto, en estos casos, no se trata de buscar culpables sino soluciones. "Hay que quitarse la vergüenza y reconocer que un hijo ejerce violencia sobre nosotros", añade. Ese es el primer paso. Los siguientes son aprender a negociar, a escuchar y a reconstruir los vínculos afectivos.

Soriano resalta que para superar la situación, los hijos deben aprender que la transgresión de las normas tiene unas consecuencias. Además, insiste en que los padres deben saber poner topes y recobrar la autoridad perdida. En síntesis, dice, la fórmula pasa por comunicación, afecto y límites.

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