Las lágrimas de una ciudad

  • Más de 3.000 personas despiden a las víctimas del incendio en un funeral celebrado en el polideportivo · El cardenal Amigo dice en su homilía que "la violencia es injustificable"

En el polideportivo municipal del Valle sólo se oyen el canto de los pájaros y las turbinas de extracción de aire del pabellón pese a que hay más de 3.000 personas dentro. Esperan la llegada de los féretros con los restos de la familia Romero Priego, los vecinos de Écija que perdieron la vida el pasado domingo en un incendio provocado por un brasero.

En el interior del pabellón hace calor. Los termómetros marcan 35 grados en la calle. Una veintena de coronas de flores adornan un altar presidido por la Virgen del Valle, una imagen del siglo XVI trasladada al polideportivo desde el convento de las florentinas, y un crucificado procedente de la iglesia de Santa Cruz. Las canastas de baloncesto se han arrinconado discretamente al final de la pista y sobre el parqué esperan cinco estructuras de metal donde se colocarán los ataúdes de cinco de las seis víctimas del incendio. El sexto de los muertos se enterró en su ciudad natal, Lora del Río.

Nadie habla. Si acaso algún comentario -"qué desgracia más grande"- para acompañar el vaivén de los abanicos y de una botella de agua que pasa de mano a mano. Fuera, decenas de policías equipados con material antidisturbios custodian la entrada al pabellón para que no se repita la escena del domingo en la barriada de las Moreras, donde una multitud intentó linchar al camión de los Bomberos acusándoles de llegar tarde al incendio.

Hasta ayer no pudo celebrarse el funeral porque no habían llegado los resultados de las pruebas de ADN de los cuerpos al juzgado de Écija. Todavía colea en la ciudad lo ocurrido el domingo. En puerta de la casa incendiada alguien ha colgado unas pancartas acusando a los Bomberos de que no hicieron todo lo posible por salvar a los muertos. "Keremos un cuerpo digno de bomberos", dicen unas letras azules sobre una tela blanca encima de unas flores y unas velas que recuerdan a los Romero Priego.

Los féretros llegan al polideportivo desde el tanatorio de San Jerónimo de Sevilla capital y entran portados por familiares y amigos. Los que cargan con ellos se santiguan según los van colocando. Así despiden a Antonio Romero Valverde, a su esposa Dolores Priego Rojas y a sus hijos Jesús, María del Carmen y José María. Faltaba Ángel Arbola López, quien recibió sepultura en Lora pero cuya memoria también se honró en este pabellón convertido en tanatorio.

A unos pasos de los ataúdes, en el espacio reservado para la familia, una joven se derrumba. Una agente de Protección Civil la abanica y el equipo de psicólogos del Ayuntamiento se interesa por ella. No es nada, parece. Sólo el dolor y la emoción agravados por el intenso calor que hace en el pabellón. A su lado están los dos hijos del matrimonio fallecido que se salvaron porque ya se habían emancipado. Cuentan que la tragedia pudo ser todavía mayor porque en principio estaba previsto que los nietos de la pareja también pasaran aquella noche en la casa de los abuelos, pero su padre los recogió a última hora.

Bendita idea. En las primeras filas presentan sus respetos representantes de las tres administración, con el presidente de la Junta, Manuel Chaves, el delegado del Gobierno en Andalucía, Juan José López Garzón, y el alcalde de Écija, Juan Wic, a la cabeza. Falta alguien. El jefe de Bomberos del municipio astigitano ha preferido no asistir al sepelio para no caldear los ánimos y ha optado por organizar una concentración en el Parque en la que se guardaron seis minutos de silencio, uno por cada víctima, media hora después del funeral.

Ofician la misa el cardenal de Sevilla, Carlos Amigo Vallejo, y el párroco de la iglesia de Santa Cruz, Antonio Pérez Daza. La homilía de Amigo Vallejo arranca con referencias al dolor de la familia y evoluciona hasta un elogio a la vida. "Estas muertes nos dan muchas lecciones. La primera es qué hermoso es vivir. La segunda es que hay desterrar los odios y las desavenencias y querer y sentirse querido por los demás". Y así va llegando Amigo Vallejo a los incidentes del domingo. "La violencia nunca llega a ninguna parte. Es explicable el dolor, pero nunca tiene justificación la violencia. Hay que aislar a los que son violentos. Lo peor de las heridas no es que estén abiertas, sino que se infecten con el odio y el deseo de venganza. Hay que poner un bálsamo de comprensión y resignación cristiana".

Hay gente que prefiere salirse tras la homilía. Hay quien no aguanta una misa entera, hay quien no soporta el calor que hace dentro del pabellón. Hay quien comenta lo que ha cambiado el tiempo en Écija en cinco días, desde la lluvia y el frío que el pasado domingo llevaron a encender un brasero a uno de los hijos del matrimonio que llegó a casa de madrugada y con la ropa empapada hasta este calor pegajoso y asfixiante que tanta fama le ha dado históricamente a esta ciudad.

Al rato salen los féretros con una fuerte ovación de homenaje y despedida. Se forma una comitiva fúnebre que lleva hasta el cementerio astigitano. A su paso encuentran los comercios cerrados en señal de duelo atendiendo a un bando del alcalde. Con esas heridas de las que hablaba el cardenal todavía abiertas, los cinco miembros de la familia Romero Priego que murieron en el incendio recibieron sepultura en un panteón cedido por el Ayuntamiento. Descansen en paz.

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