Andalucía

La mirada del jinete sin cabeza

  • El 21 Grupo de Operaciones de Estados Unidos vigila desde Morón a todos los satélites del Hemisferio Norte.

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Vista desde el aire, la base aérea de Morón de la Frontera es una depresión esteparia, encajonada entre los arroyos de Novillo y del Cuerno, con perdón, antes que este último vierta al Guadaíra. Poco más que una planicie tórrida, herida por una pista de hormigón de cuatro kilómetros, que hierve bajo el sol del verano. Por eso, en julio de 1958, cuando los pilotos de la 413ª Escuadrilla de caza de la Fuerza Aérea norteamericana bajaron de las carlingas de sus Super-Sabre, le pusieron un mote: Sleepy Hollow (Hondonada Somnolienta).

El apelativo, sacado de un popular cuento de miedo de Washington Irving, fue todo un éxito. Aún hoy, en la USAF se conoce a este rincón de la campiña sevillana por el nombre del pueblito donde el fantasma de un jinete sin cabeza aterrorizó a un pretencioso maestro de escuela, Ichabod Crane, quien fue perseguido y acosado por ese espectro decapitado.

En todo caso, si algo atemoriza hoy a los petimetres, es el estruendo de los euro-cazas españoles C-16 Tifón, despegando. Un ruido que se solapa al rugido de las turbinas de los enormes cargueros aéreos Galaxy y Stratolifter, y al de los aviones cisterna KC-135. Ese estrépito convierte a la base aérea conjunta en prácticamente de todo, menos en somnolienta. Nadie pegaría ojo con tal jaleo. Un ajetreo que se incrementa, especialmente, cuando otro espectro recorre estos lares, montado sobre un caballo alazán. (Sí, la descripción es de San Juan Evangelista y, en efecto, nadie ha averiguado hasta la fecha qué fumaría ese hombre).

Una de las visitas del apocalíptico segundo jinete, el de la Guerra, sucedía en 1990, cuando el viento de la operación Tormenta del Desierto trajo hasta Morón a 52 bombarderos tácticos y a 33 aeronaves de reabastecimiento y transporte. Doce años después, tras los atentados del 11-S, se repetiría la ocasión. Por entonces, la Fuerza Aérea norteamericana movió a través de estas instalaciones a 3.695 aparatos, rumbo al teatro de operaciones en Iraq.

Fueron meses extraños, donde los vecinos de Morón, Arahal, Utrera, y El Coronil, oían aterrizar y despegar a toda suerte de aeronaves. Entre ellas, a los "invisibles" cazas F-117, unos aparatos surgidos de las entrañas de la pura ciencia-ficción. La "invisibilidad" de tales aviones descansa en sus agresivo diseño de líneas, los materiales con que se construyen y las resinas epóxicas que los recubren. Una suma de factores que los torna virtualmente indetectables por el radar adversario y a los sensores de infrarrojos. También ayuda lo suyo, el que vayan pintados de negro y vuelen de noche. Pero ruido arman. Lo dicho, de somnolencia, más bien poco.

Desde 2002 hasta hoy, Estados Unidos reconoce haber hecho transitar por esta base más de 20.000 aeronaves. También ha realizado dos despliegues puntuales de fuerzas, que superaron los 5.000 uniformados. Desde un punto de vista menos intimidante, en ese mismo periodo de tiempo, la base de Morón ha acarreado más de 430.000 toneladas de cargas en tránsito; movido 218.000 pasajeros; servido 593.000 comidas en su enorme cantina aérea, abierta veinticuatro horas al día; y empaquetado 25.000 cajas de almuerzos precocinados, para gozo de tropas aerotransportadas.

Sin embargo, la unidad más extraña y discreta en todo este recinto castrense, se localiza lejos de las pistas del aeródromo, a más de tres kilómetros de distancia. El 4º Destacamento del 21º grupo de Operaciones precisa silencio y condiciones de baja luminosidad ambiental para trabajar. Si Sleepy Hollow fue el hogar de un fantasma decapitado, el Det 4,21ST Operations Group (como se le abrevia en inglés) es la mirada de este jinete sin cabeza.

El 4/21 se alza en un sitio recóndito y discreto, al sureste del perímetro de la base. Para preservar ese aislamiento, ha sido rodeado con un segundo vallado de seguridad, rematado con alambre de espino, por si alguien lograra rebasar el perímetro exterior de la base. Sin embargo, al llegar aquí, el intruso se llevaría un enorme chasco. Este recinto no esconde misiles de largo alcance, ni cañones de rayos láser, ni misteriosos haces de partículas sónicas. El 4º Destacamento sólo es una combinación de observatorio astronómico, provisto con equipos electrónicos y digitales de radio-frecuencia combinada y dotado con sistemas para digitalización de imágenes.

Tal instrumentación hace que también se conozca al 4/21 como MOSS (acrónimo en ingles de Sistema Óptico de Vigilancia Espacial de Morón). En cuanto a la reducida dotación del 4º Destacamento, apenas quince hombres, tiene una misión muy singular: son cazadores de satélites. Su misión es rastrear, localizar, y acechar a cuanto ingenio diseñado por el hombre, orbite sobre el teatro de operaciones europeo.

Si se considera que hay más de 22.000 cachivaches girando en torno a la Tierra, enseguida se comprende la dificultad intrínseca a la misión del MOSS. De hecho, el 21º Grupo de Operaciones (en realidad, la componente estratégica de la 21ª Ala Espacial USAF) tiene otros tres destacamentos avanzados, similares al de Morón. Esas unidades se ubican en Diego García, una isla británica en el Índico; Maui, la segunda isla más grande del archipiélago de Hawai en el Pacífico; y el árido y solitario polígono de entrenamiento de misiles de Arenas Blancas, en Nuevo México (EEUU). Toda una sofisticada y costosa red de vigilancia, valorada en 3,2 billones de dólares, cuyas observaciones llegan, en tiempo real, tanto al Centro de Inteligencia Nacional Aéreo y Espacial, en la base aérea de Wrigth-Patterson (Ohio); como al centro conjunto de Operaciones del Espacio, cuyo cuartel general se emplaza en Montaña Cheyenne (Colorado).

El Destacamento 4º tiene, sin embargo, el cometido más duro entre todos ellos. Es el único emplazado en el hemisferio septentrional, fuera de territorio estadounidense. Eso convierte a su área de vigilancia, la región del Mediterráneo, en una de las más "calientes" del mundo. Además y según afirma un portavoz de la propia Fuerza Aérea norteamericana: "Este sitio (Morón) desempeña un papel esencial para rastrear más 2.500 objetos orbitales. Particularmente aquellos que se encuentran en las órbitas de espacio profundo, a más de 3.000 millas de la Tierra".

Dicho de otra manera, el observatorio militar astronómico de Morón escudriña las evoluciones de dos millares y medio de chismes, repartidos entre los cuatro tipos de órbitas espaciales posibles: las geosíncronas (desde 20.150 a más de 35.000 kilómetros de altura y 24 horas de órbita completa); las medias (entre 10.075 a 20.150 kilómetros de altura); las bajas (desde 2.000 a 10.075, usadas habitualmente por los satélites de comunicación); y, finalmente, las de Molniya.

Lo de las órbitas de Molniya son ya verdaderas ganas de fastidiar. La denominación proviene de una serie de satélites soviéticos (molniya significa "rayo" en ruso) y los soviets siempre fueron muy suyos. Así que les asignaron a esos ingenios artificiales una inclinación de órbita de 65º, posteriormente cambiada a los 62,9º). En satélites artificiales, una inclinación de 0º significa que el artefacto gira plano al Ecuador terrestre, rotando en el mismo sentido que el planeta; mientras una de 90º, u órbita polar, determina que esos ingenios pasen justo sobre uno y otro polo (generalmente de Norte a Sur). El alto grado de elevación de la órbita Molniya hace idóneos a sus satélites para operar las zonas más difíciles del hemisferio Norte, pues brindan incluso excelente cobertura sobre el propio Ártico, muy al contrario que los satélites geostacionarios, los cuales son de currar poquito en esas latitudes.

La de por sí complicada tarea del observatorio militar de Morón se verá intensificada en los próximos años, a medida que se desarrolla la denominada Fase de Aproximación Adaptativa Europea, diseñada por el gabinete del presidente Barack Obama, a fin de integrar a Europa bajo el denominado "escudo antimisiles". Dicha estrategia global contempla no sólo la detección y rastreo de satélites hostiles, sino el seguimiento de misiles balísticos de largo alcance, concebidos para volar hacia sus objetivos, surcando las capas medias de la atmósfera terrestre e impulsados por hasta tres y cuatro etapas propulsoras (motores), que les elevarían hasta las capas media y baja de la atmósfera.

De modo que si atraviesa de noche por la carretera autonómica A-360 (Sevilla-Morón), tal vez no distinga ningún fantasma, decapitado por la bala de un cañón, cabalgando en la noche. Pero tenga la seguridad que, a la altura del kilómetro 14 de dicha ruta, la mirada del jinete sin cabeza escruta, incansable, el firmamento.

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