El político que no supo retirarse a tiempo

  • El alcalde de Granada, José Torres Hurtado, podría haberse retirado por la puerta grande cuando sufrió el infarto de cerebelo, pero decidió seguir La campaña de las municipales desveló su pérdida de apoyos en el PP

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Con un aire de despreocupación y la mirada perdida en el horizonte, José Torres Hurtado está removiendo con una cucharita el café que le ha puesto su mujer. Transcurre un día típicamente primaveral y en el campo la eclosión de las flores está muy avanzada. A lo lejos se ven los montes de Granada, que comienzan a tener un aspecto de más vida. El alcalde de Granada está en su cortijo que tiene en Píñar, que se llama San Antonio y que construyó su bisabuelo. Está allí, sentado en el porche, despreocupado de todo. Todavía no ha pasado por el calvario que le espera cuando quince o veinte policías irrumpan en su casa para llevarlo a declarar por una presunta trama de corrupción urbanística. Todavía no ha pasado por esa escena bochornosa de adláteres intentando taparlo con cartones para que las televisiones no pudieran grabar su entrada en el coche policial. Todavía no sabe que dentro de unos días su partido le suspenderá de militancia porque ha decidido no querer saber nada de aquellos que están siendo investigados por casos de corrupción. Todavía no tiene conocimiento de que en breve sus socios en el gobierno municipal le retirarán su apoyo y promoverán una moción de censura que seguramente acabe con su mandato.

Y porque todavía no ha pasado por todo eso, el alcalde de Granada se encuentra relajado, tomando su café y su tostada de aceite. Al café le echará sacarina y a la tostada no le echará sal porque padece hipertensión y el médico le ha dicho que nada de cosas saladas. Desde que sufrió hace un par de años un infarto de cerebelo, intenta cuidarse un poco más, aunque a veces no consigue desprenderse de todo ese estrés que le provoca el cargo, sobre todo desde que gobierna en coalición con un partido (Ciudadanos) que, llegada la ocasión, sabe que le dejará en la estacada. Ya se lo ha advertido con el tema de la edil de Urbanismo, Isabel Nieto, investigada por un supuesto delito de prevaricación en el caso Serrallo. Ciudadanos le ha pedido que se la quite de en medio porque hay sospechas de que no ha hecho bien las cosas.

Igualmente, el alcalde sabe que tiene muchos enemigos en su propio partido. Pero cuando está en su cortijo de Píñar, José Torres intenta dejar fuera todas las preocupaciones que le causa la Alcaldía. Ensimismado en su mundo, está pensando tal vez que este año la cosecha de aceituna será mejor que la del año pasado o que tendrá que echarle abono a los tomates que plantó hace solo un par de semanas. El alcalde se siente feliz en su cortijo. Es allí donde mejor aprovecha su tiempo libre. Perteneció a sus bisabuelos, en esos tiempos en que aquellas tierras surtían de árboles a la comarca para hacer carbón vegetal. Después, cuando se deshizo el sueño de que por allí pasara el ferrocarril, se quedó deshabitado y a punto de caerse debido a la vejez de su estructura. Él y sus dos hermanos, Antonio y Mari Carmen, decidieron rehabilitarlo en 1982 y hacerse una vivienda cada uno. "Son las tres iguales y las echamos a suertes. Fíjate por donde a mí, que soy de derechas, me tocó la de la izquierda", suele bromear con aquellos que llegan a sus dominios.

Cuando termine el desayuno, José Torres intentará no pensar en los sinsabores que le produce la política y procurará que sus pensamientos vayan acordes con el lugar en el que está pasado el fin de semana. Por eso irá a darse un paseo por el campo. Antes lo hacía con su perrilla Alicia, pero ahora lo hace solo. Es un hombre de setenta años, de cuerpo achaparrado y cabeza rotunda en la que se coloca un sombrero cuando sale a practicar senderismo, que es como llaman ahora a andar por el campo. Como le gusta mucho caminar, seguramente tomará la senda de las cuevas de Píñar, esas que él ayudó a rehabilitar cuando era delegado del Gobierno en Andalucía. Tenía poder para conseguir que se destinaran varias partidas del dinero del PER a hacer visitables las cuevas en donde él de niño se metía a jugar al escondite y coger estalagmitas. Y en ese paseo se parará en los padrones, observará el crecimiento de los jaramagos y oiría ese ruido del campo que tanto le gusta. Y si se encuentra con alguien que conoce, se parara con él y hablarán de cosechas y del tiempo, porque él es un hombre afable en las distancias cortas. Ese paseo también probablemente le trasladará a su infancia, que es la patria de cada uno. Volverá a tener nueve años y volverá a correr por aquellos campos en busca de algún nido de gorrión o la madriguera de un zorro. O pensará en sus dos hijas, una de ellas en Qatar que le ha dado un nieto que no ve todas las veces que quisiera porque vive a miles de kilómetros de distancia. Y andará hasta el mediodía en que se tomará una cerveza y luego se zampará un arroz caldoso, que es una de sus comidas favoritas. Él sabe que su apego al terruño lo han aprovechado sus enemigos políticos para llamarle palurdo, cateto e inculto. Y que le llaman tractorista, rotavator y otros apodos relacionados con las labores del campo. Pero él parece no importarle, se siente orgulloso de pertenecer al mundo agrario, el cual conoce perfectamente.

-El campo tiene unas melodías maravillosas, cantos de aves, murmullos lejanos… Y es más silencioso en julio, que es cuando los animales están criando -me dijo un día cuando fui a entrevistarle.

Después de comer su arroz caldoso que cocinará su mujer, se echará la siesta. La tele la verá solo si hay una película del Oeste o una comedia. Tampoco le interesa mucho el fútbol. No se declara de ningún equipo, salvo de aquel que juegue contra aquel del amigo que está viendo el partido con él. La lectura tampoco es su fuerte y si hay que elegir alguna novela tiene que ser de corte histórico.

Y ya por la noche, mirando las estrellas, seguramente pensará en su futuro como alcalde de esta ciudad, tan negro como la oscuridad que envuelve a la noche en el campo. Y eso que todavía no le ha pasado todo lo que tenía que pasarle esta semana.

El hombre que miraba las estrellas en su cortijo tiene una dilatada vida política. Está en las puertas de la llamada tercera edad y piensa que ya tiene todo el pescado vendido. Por supuesto no se presentará a unas nuevas elecciones, primero porque se siente cansado y segundo porque sabe que su partido ya no le apoyará más. La primera vez que se presentó a unas elecciones fue a finales de los setenta del siglo pasado para la Cámara Agraria. Era perito agrícola. Las ganó "de calle".

-¿Sabes por qué las gané? -suele preguntar a todos aquellos que se interesan por sus inicios en la vida pública.

-No.

-Pues porque no hubo otra candidatura más que la mía -dice siempre con esa socarronería de la que hace gala cuando está entre amigos o conocidos.

En 1982 se presentó por primera vez con Alianza Popular y salió con un acta de diputado. Desde entonces el alcalde ha sido senador electo por Granada en la tercera legislatura (1986), diputado autonómico por Granada desde 1990, diputado en el Parlamento de Andalucía y delegado del Gobierno en la comunidad autónoma, hasta que se pasó por la cabeza presentarse como candidato a la alcaldía de Granada. Después conseguiría ser el primer alcalde democrático en Granada con tres mayorías absolutas consecutivas.

José Torres podría haberse retirado cuando tuvo ese grave episodio de salud. Se hubiera ido por la puerta grande. Fueron muchas voces amigas (y enemigas) las que le dijeron que dejara ya la política, pero él no les hizo caso y decidió seguir. El partido al que pertenece no veía bien que se presentara a un nuevo mandato, pero tampoco podía negar algo al político que había conseguido ganar tres veces consecutivas por mayoría absoluta en una ciudad como Granada. Él insistió en que estaba en condiciones, pero a estas alturas de la película muchos sabían que lo hacía porque no quería que el candidato fuese Sebastián Pérez, por entonces presidente de la Diputación, su enemigo número uno dentro del partido. Aquella campaña desveló la pérdida de apoyos y le dejó con once ediles, a tres de la mayoría absoluta. Su derrota contribuyó de manera relevante a la pérdida de la Diputación Provincial, hasta ese momento en manos del PP.

Así que desde las pasadas elecciones ya nada volvería a ser lo mismo para el hombre que miraba las estrellas. Se acabó lo que se daba. Ahora tendría que gobernar con un partido que le dejará en la estacada a la primera de cambio. Él lo sabe. Por eso quizás está arrepentido de no haberse retirado a tiempo. Aunque también está la constatación de que el poder lo ha cambiado mucho. Gente que ha trabajado muy cerca de él lo ha visto transformarse en estos dos o tres últimos años. Le reprochan su altivez y su cada vez menos ganas de diálogo. Ha ido a peor, dicen. En su partido algunos piensan que su cabezonería y su apego al sillón están desprestigiando a la marca PP. Sonadas (pero poco conocidas por los granadinos) han sido sus broncas con directivos de varios medios de comunicación (odio eterno a la prensa, parece ser su lema), con dirigentes de asociaciones de mujeres y hasta con el presidente del Granada Club de Fútbol, al que echó a voces de su despacho. Los representantes de los partidos de la oposición dicen que desde hace mucho tiempo no entran en los dominios del alcalde.

Torres Hurtado rara vez se prepara un discurso, dice lo que se le viene a la cabeza, en un intento vano de emular a los grandes oradores. De ahí que muchas veces incurra en un lenguaje políticamente incorrecto, como cuando dijo en una intervención pública que las mujeres eran más elegantes cuanto más desnudas iban. La frase incendió las redes sociales. También en su intento de resultar campechano y cercano, le encanta contar chistes o sucedidos graciosos. Le gusta narrar el caso de aquella dama que fue madrina para botar un barco en el Puerto de Motril y que a la hora de hacerlo una fuerte racha de viento le levantó la falda y dejó sus partes íntimas al aire. Dos marineros que estaban de guardia comenzaron a reír, por lo que la dama pidió a los altos mandos del barco que los castigara por su desfachatez. Los mandos miraron el reglamento y no encontraban una norma por la que penalizar a los pobres marineros. Su delito había sido reírse por verle el culo a una mujer. Pero la dama insistía en que debían ser castigados. Hasta que encontraron un artículo que les sirvió de justificación para la sanción: "Todo aquel marinero que vea una raja en el barco y no se apreste a taparla, será sancionado con dos meses de arresto".

En sus alocuciones lanza de vez en cuando palabrotas sin importarle quién este delante. Lo que para la oposición es falta de tacto o de mala educación, para los más cercanos a él es una muestra de su campechanía, de ese aire de honradez cotidiana de la que hace gala. Pero ese carácter campechano le ha gastado malas pasadas. La prensa ha recordado en estos días la vez que durante una visita del hoy Rey de España a una empresa hortofrutícola de Almería, bromeó al asegurar que los pimientos, identificados en la etiqueta como paprika, se denominaban así porque iban a los supermercados Pryca. También consiguió, en su época de delegado de Gobierno, asombrar a los mandos policiales al manipular sin ninguna protección armas incautadas a ETA y que, tras ser presentadas al público, formarían parte de las pruebas judiciales.

Ahora el hombre que miraba a la estrellas, después de lo que le ha pasado, piensa que se siente acosado por una trama política o algo parecido. No hay nadie que no pida su dimisión. Mientras, él se siente víctima en ese caso del que ha dicho que es una parafernalia. "Salvo de matar a Manolete me han acusado de todo", decía en sus primeras declaraciones después de escándalo. Pero ahora todos saben que su caída es cuestión de tiempo. Dicen que hay mucha mierda urbanística que aún tiene que salir. Por eso muchos aguardan acontecimientos. Por utilizar un símil campestre, son los que esperan que el fruto esté maduro para arrancarlo definitivamente de ese árbol del poder en el que ha estado agarrado buena parte de su vida. Cuando eso pase, seguramente el hombre que miraba las estrellas habrá aprendido que los ciclos comienzan y se acaban sin que intervengan otras circunstancias que las que marcan la naturaleza. Y lo que parece increíble es que un hombre de campo como él, no lo haya comprendido antes. Un político aferrado al poder de un sillón es un exceso de concentración, como un barco cuya carga se ha colocado del mismo lado. Y los barcos con un lado obsesivo siempre se van a pique.

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