Un canto a la dedicación humana

  • La residencia San Sebastián de Cantillana trabaja con unos 60 discapacitados intelectuales con trastorno de conducta que busca su máxima autonomía personal y dinamización social.

Una sirena rompe el único hilo de silencio constante en toda una mañana. Le sigue una estridente algarabía, acompasada por alguna llamada de atención. El patio central se puebla de miradas, preguntas nos formuladas y sorpresas expresadas a través de eso que llaman el reflejo del alma. No es un colegio, aunque bien parece todo un recreo, en el que los niños se tornan adultos y los profesores, educadores. Hoy estamos en San Sebastián, un centro de discapacitados intelectuales y con trastornos de conducta dependiente de la Fundación Samu, ubicado en Cantillana.

Aquí, la rutina es ajetreo a la búsqueda precisamente de eso, obviar la cotidianidad, para así dinamizar un estilo de vida emocionalmente positivo, donde solo cabe el desarrollo cognitivo. Por eso la diana toca a primerísima hora. "A las ocho de la mañana se les despierta y los que son más dependientes son auxiliados para el baño y la higiene. A los más autónomos se les vigila, pero realizan ellos mismos las funciones", explica María Ángeles Guijo, directora de la residencia San Sebastián. En este centro encontramos una ingente variedad de discapacitados intelectuales, aunque todos con un denominador común, el trastorno de conducta, "de hecho tenemos usuarios que por discapacidad intelectual podrían estar en un centro de otras características, pero que están aquí dados los patrones de conducta que presentan", puntuliza. Sábanas fuera y con el baño dado, el día en San Sebastián continua. En dos turnos, según división de la dependencia o autonomía, pasan por el comedor para el desayuno, la comida más importante del día y la que deberá aportarles la energía para una nueva mañana de actividades. A las 10:00, cada usuario en su aula y con su monitor para el inicio del taller determinado. "Cada usuario está destinado a uno de los cuatro talleres, divididos según niveles cognitivos", explica sonriente Lourdes Vázquez, pedagoga y responsable de uno de estos cuatro talleres. Al tiempo que alecciona a un bancada expectante, Lourdes relata los fundamentos de estas acciones tan fundamentales de la residencia. En el nivel más bajo se encontrarían los usuarios con síndrome de Down y autistas, aunque no tienen que ser precisamente estos trastornos los que indiquen que este es el taller al que se dirigen. "Suelen ser chicos con problemas de comunicación, se trabajan habilidades sociales y el desarrollo cognitivo dando mucha prioridad a actividades de la vida diaria y la relajación".

Atendiendo a esta clasificación por niveles, el siguiente taller da un paso más, formado por usuarios que se comunican, hablan y tienen una discapacidad severa aunque no tan pronunciada como los del taller anterior. Ellos trabajan la solución de sus problemas de conducta, que suele ser mas acuciada que en otro tipo de taller. En un nivel más arriba encontramos a una tipología de usuario más autónomo, que trabaja en la estimulación cognitiva y resolución de conflictos, y profundiza mucha en la psicomotricidad. Y el nivel más alto de todos los talleres, está formado por los que tienen una mayor capacidad de comprensión, "que saben leer y escribir y que incluso realizan actividades como teatro, biblioteca o la redacción de un periódico", explica Lourdes, responsable además de este último taller.

Tras tres arduas horas de trabajo, aunque con descanso incluido, llega el momento del rancho. En el amplio comedor de la residencia se sirve la comida, y tras ella, el merecido descanso de sobremesa, en la habitación o en las salas de estar. "La modalidad de descanso depende según el usuario, o bien se les incita a dormir la siesta o se previene que pase el medio día en la sala de estar", explica María Ángeles. Y es que los descansos y sus pautas también forman parte de la terapia.

La jornada sigue en horario de tarde con más actividades de desarrollo cognitivo. Así se suceden más talleres, con merienda y descanso incluidos hasta que sobre las 18:30 finalizan las tareas. Hora del tiempo libre, siempre bajo vigilancia exhaustiva y al encuentro de un aporte lúdico fundamental. Ahora es cuando entra en juego una de las actividades de más alcande en un centro de estas características: el deporte. Francis Ruiz, monitor también en uno de los talleres, es además el responsable de la actividad física y deportiva en San Sebastián. "Intentamos que participen el máximo número de usuarios y se trabaja según distintos niveles de coordinación". Además del fomento y estimulación deportiva, a través de juegos grupales, que quiebran por completo cualquier atisbo de rutina, Francis ha conseguido que muchos de los usuarios tomen parte en los Specials Olympics, una institución internacional que cuenta con federación en Andalucía y que establece un sistema competitivo en atletismo, petanca, pruebas motrices o baloncesto. "El punto fuerte es que es muy motivacional, tanto por la competición en sí, como que suelen acudir sus familias a verlos", un punto que roza la máxima expresión de importancia.

De la mano al deporte encontramos la fisioterapia. El responsable es Rafa Rueda, que trabaja bajo el objetivo básico "de mejorar su calidad de vida a través de que sean más autónomos". La fisioterapia se realiza según tratamientos individuales o de forma grupal y tiene una incidencia fundamental en los usuarios.

Otras muchas direcciones dispuestas a hacer más llevadero el día a día lo forman el fomento de las prácticas de manualidades, que trabaja la artesanía y vende los productos en el mercadillo de Cantillana; las visitas y excursiones, al menos una vez al mes y la proyección de películas y eventos de especial trascendencia, "como la celebración de la Eurocopa de fútbol, que engalanaron todo el centro con banderas de España", afirma Francis.

A lo largo una jornada aquí, toman protagonismo multitud de empleados de una gran variedad de discliplinas. Otros de los ejemplos de trabajo diario son el que realizan Aurelio Ventura y Mariló Romero, enfermero y psiquiatra en San Sebastián. El primero de ellos, además de para urgencias e incidencias en la residencia, actúa como filtro para los servicios sanitarios. El trabajo de estos profesionales se prolonga durante 24 horas todos los días del año. Mariló valora a los residentes, reajusta su tratamiento farmacológica y se entrevista continuamente con ellos. Ellos, al igual que el resto hacen un trabajo "digno de mención, que posibilitan que todo salga bien", afirma la directora.

Según el plan de este día, sobre las 21:30 los residentes llegan a sus habitaciones. Momento para recargar pilas de cara a una nueva jornada, que quien sabe, lo que nos puede deparar. Como una cambio importante, la mejora de la conducta. Cada seis meses se plantean nuevas reorientaciones. "La residencia trabaja con la idea que estos residentes salgan de aquí cuando superen los trastornos de conducta", señala convincente Borja González de Escalada, responsable de la Fundación Samu. Por el momento, algunos de los usuarios ya demuestran grandes avances, como Fernando González, conocido por todos como Triana, dada su procedencia. "Antes de conocer Samu tenía problemas de drogas, y mi recuperación con ellos ha sido muy buena. Mi vida ha cambiado y a día de hoy son mi familia. En la residencia intento ayudar, con otros compañeros, para que todos tengan una vida mejor". Una gratitud que rebota, y se expande. Un canto al positivismo.

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