Hablemos de sexo

'En el principio era el sexo' (Paidós) es el sugerente título de un ensayo dedicado a la sexualidad humana y a todos los tópicos que la rodean desde antaño

José Abad | Actualizado 07.02.2012 - 17:50
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'Adán y Eva', de Gustav Klimt.

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Para Christopher Ryan y Cacilda Jethá, en principio no era el Verbo, sino el Sexo. Que fuera así aseguró a la especie, hace unos millones de años, un pasaporte para el porvenir. Hasta en cuestiones tan delicadas, la economía dice la suya: "La economía, a la que a menudo se alude como 'la ciencia lúgubre', es aún más lúgubre cuando se aplica a la sexualidad humana. El contrato sexual suele explicarse en términos de la teoría económica del juego: gana aquél o aquélla que tenga más descendencia que consiga sobrevivir y reproducirse, porque es quien obtiene un mayor rédito de la inversión", escriben Ryan & Jethá (el sexo forma parte de la Naturaleza y, en estos casos al menos, nos desvivimos por estar en equilibrio con la Naturaleza). Y si el sexo está en el origen, es muy posible que esté también al final. A ver, si las profecías sobre el fin del mundo se cumplieran y el próximo 21 de diciembre viéramos sobrevenirnos el Armagedón en forma de llamarada solar o asteroide zumbón, ¿a qué dedicaríamos nuestros últimos minutos? A fregar los platos, seguro que no. El Apocalipsis sería un auténtico Apocalipsex, pongo la mano en el fuego. Lo curioso, y gracioso, es que esto no haría de nosotros unos salidos. Somos lo que somos, no se le dé más vueltas al asunto.

En el principio era el sexo (Paidós) es un revelador ensayo que cuestiona con agudeza, y buen humor, una serie de ideas fijas en torno a la vida sexual de ese mono desnudo (usted, yo) cuyos antepasados abandonaron insensatamente el confortable vagabundeo del cazador por el sinvivir del agricultor, la vida nómada por la sedentaria. Para Christopher Ryan y Cacilda Jethá, el momento en que el hombre cuelga los guantes (el arco, la flecha, el taparrabos) y se dedica a cultivar la tierra es "el punto de inflexión" decisivo en la historia del hombre: "reorientó la trayectoria de la vida humana de modo más trascendental que el control del fuego, la Carta Magna, la imprenta, el motor de vapor, la fisión nuclear y cualquier otro suceso pasado o, quizá, futuro", ahí es nada. Ese paso supuso un punto de ruptura drástico y determinante, no porque esos primeros asentamientos estables cimentaran las futuras civilizaciones, que también, sino porque introdujo un cambio radical en el menú sexual cuyas consecuencias sufrimos -no estoy seguro de haber usado el verbo adecuado-, cuyas consecuencias duran, quería decir, hasta el día de hoy.

La cosa sería más o menos así. La vida del cazador-recolector se basaba en la colaboración: hoy por ti, mañana por mí, ya saben. El grupo estaba por encima del individuo y todo era irrevocablemente de todos. En tal circunstancia no debiera verse ninguna "nobleza innata", sino pura conveniencia. El grupo compartía el venado y las bayas del bosque, las pieles y las lanzas, y se dispensaban favores sexuales entre unos y otros sin darle más vueltas al asunto: hoy por ti, mañana por mí, ya digo. Los adultos se ocupaban de los niños nacidos en el seno del grupo porque, además de que el padre podría ser cualquiera, contar con elementos fuertes hacía más fuertes a todos. No son meras especulaciones, sino datos recabados a partir del estudio de las escasas tribus de cazadores que sobreviven en el planeta y de nuestros primos primates, el chimpancé y el bonobo (con estas dos especies compartimos tanta herencia genética que, según los autores, el hombre y el chimpancé se parecen más entre sí que un elefante africano a uno asiático, ¡glup!). ¿Sexo sin amor? Peor es lo contrario. O como dijera el bueno de Woody Allen: "Si el sexo sin amor es una experiencia vacía, como experiencia vacía no tiene desperdicio".

La expulsión de aquel paraíso terrenal no supuso ganarse el pan con el sudor de la frente o parir con dolor, sino embridar el instinto y espolear otros aspectos egoístas, que estaban allí, cual pajaza seca, aguardando a que alguien acercara la antorcha para echar a arder. De la promiscuidad y las relaciones sexuales no posesivas se pasó al esto es mío y esto tuyo. El sentido de la propiedad se instaló en nuestra existencia: mío es el terreno que he de cosechar, mía ha de ser la progenie a quien lo dejaré en herencia, mío, mía, y no de un cantamañanas cualquiera. Que cada palo aguante su vela... Si esto no es reprobable en tanto favorezca la armonía social, la cuestión chirría como tiza en aquellas pizarras de nuestra infancia cuando pretenden convertirla en un valor absoluto. Hasta ahí podríamos llegar. El libro de Ryan & Jethá echa abajo (deja en cueros) las teorías evolucionistas que, desde Charles Darwin, insistían en que la monogamia era consustancial a la naturaleza humana. Si lo fuera, no se explican las miles historias de cuernos que llenan las páginas cuché de docenas de revistas que empapelan los quioscos.

En vista de como está el patio, y en previsión de como aún se pondrá, la lectura de En el principio era el sexo tiene efectos balsámicos. Oscar Wilde decía que la mejor forma de evitar la tentación era caer en ella. Christopher Ryan y Cacilda Jethá apostillan que además es lo más humano que puede hacerse.
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