El hombre de paja

Periférica publica una obra de Hawthorne, entre la fábula y la alegoría, en la que el estadounidense explora la ruindad humana.

Manuel Gregorio González | Actualizado 19.11.2012 - 09:44
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El escritor estadounidense Nathaniel Hawthorne (1804-1864).

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El espantapájaros. Nathaniel Hawthorne. Periférica. Cáceres, 2012. 70 páginas. 11,50 euros.

Cuando Hawthorne escribe El espantapájaros (1852), ya habían visto la luz El hombre de la arena de Hoffmann, Isabela de Egipto de Von Arnim, el Frankenstein de Mary Shelley y las consideraciones de Poe sobre el Turco de Von Kempelen, incluidas en El jugador de ajedrez de Maelzel. Quiere decirse que el tema de la vida artificial, de la humanización de lo inerte, ya figurado en el mito de Pigmalión, cobró una especial actualidad en el tránsito del XVIII al XIX. Esto se debe, en primera instancia, a los grandes logros mecánicos de aquella hora (los autómatas de Vaucanson, la electricidad de Volta); pero también a una sospecha de orden teológico: la posibilidad de que la ciencia suplantara de algún modo al dios de las Escrituras.

No hay nada de esto en El espantapájaros de Hawthorne. En Hoffmann y Shelley, el terror es consecuencia natural de la fabricación del homúnculo. En Poe es la sospecha, crudamente revelada, de una estafa. En Von Arnim, será una inocua fantasía grotesca. En Hawthorne, sin embargo, el espantapájaros no es más que el pie forzado de una fábula, de una alegoría dieciochesca, donde la ruin humanidad queda expresada por lo inhumano de un fantoche. No en vano, Hawthorne nace en Salem, donde a finales del XVII se dieron unos multitudinarios juicios por brujería, como antes había ocurrido en el pueblo navarro de Zugarramurdi. Y es precisamente una bruja quien, mediante sus artes mágicas, convierte a este espantapájaros (Feathertop en el original) en un inocente petimetre, cuyo cometido es revelar a su paso las imposturas del siglo. Ese mismo procedimiento -la mirada limpia del extraño-, es el que utilizaron Swift, Mollett y Montesquieu, para señalar los vicios de su época. No obstante, en Hawthorne, aparte del excelente humor, debemos sospechar una parodia. Poe adujo, no sin motivo, la carencia de novedad en la obra de su compatriota. Y así nos lo recuerda el traductor, Juan Sebastián Cárdenas, en su notable epílogo. Sin embargo, Hawthorne es también el autor de El velo negro del ministro, uno de los relatos más enigmáticos, inexplicado e inexplicable, del siglo XIX. Lo cual quiere decir, probablemente, que El espantapájaros no es lo que parece, y que podría contener alguna otra lectura, más cercana a su siglo.

¿Pero cuál puede ser esa traza oculta, el relieve moderno que se nos escapa? No podemos negar de que Feathertop es una alegoría ilustrativa; esto es, un instrumento pedagógico y una fábula moral. Esto significa que el relato se mueve en el ámbito de la similitud, de la ejemplaridad dieciochesca, y no en el de la descripción precisa. Pero Hawthorne ha escogido para su obra a un personaje inerte, a una criatura mestiza y articulable, cuya vida le viene otorgada por un hechizo. De este modo, en apariencia, se humaniza lo anodino y lo mostrenco para ridiculizar a los honorables ciudadanos de su siglo. ¿Pero qué ocurriría si no fuera esa la moralidad última de Feathertop, si la fábula, caso de haberla, señalara en otra dirección, de improbable naturaleza edificante? Recordemos que el espantapájaros obrado por Mamá Rigby es un joven elegante, candoroso y alegre. Su corazón es noble; su corazón, sin embargo, no es humano. Si volvemos ahora al Frankenstein de Shelley, al Turco de Poe, a la muñeca de cera de Hoffmann, a La Eva Futura de Villiers de L'isle Adam, quizá podamos comprender el fondo de modernidad, la probable ironía de Hawthorne. Según Huysmans, no es lo que hay de humano en los autómatas aquello que nos inquieta y nos repele, causándonos un terror difuso. Por contra, es cuanto de predecible y de mecánico hay en el hombre, lo que nos asusta. Sobre ese principio operará la ciencia-ficción del siglo XX. Para ello ha hecho falta, previamente, una sociedad industrial y la desmesura, el hacinamiento, la impersonalidad de la gran urbe. Es decir, el mundo desde el que escribe Hawthorne. ¿Es este el sustrato sobre el que se desliza, inadvertidamente, Feathertop? Como en El velo negro del ministro, ignoramos las razones que impulsaban, que movieron oscuramente a su mano.
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