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Intrahistoria de Pekín en un paseo
Intrahistoria de Pekín en un paseo
En sus terceros Juegos, tras los de Atlanta y Atenas, Nuria Domínguez paladeó cada momento en China
Miguel Lasida / Sevilla | Actualizado 25.10.2008 - 05:02Tras los de Atlanta y Atenas, los de Pekín fueron los terceros Juegos Olímpicos para Nuria Domínguez. Nada fue igual en los Juegos chinos, puesto que nada es igual en China, lo diga Perogrullo o el porquero de Agamenón. Es el lejano Oriente y su remota cultura. "Les encantan los juegos de azar. Juegan a las cartas y siempre apostando. Otra afición es la de sacar a pasear a los pájaros. Llevan de paseo jaula y pájaro".
La competición de remo se produjo con los primeros días. Nuria tuvo así tiempo para, al término de su participación, conocer la intimidad de un país desconocido para Occidente. "Disfruté del turismo en Pekín. Algo que me impresionó de la ciudad fueron los lagos y los kilométricos jardines".
En uno de sus paseos, Nuria tuvo un encuentro fortuito con la milenaria caligrafía china. "Al salir del Templo del Cielo vi a un señor que escribía letras en el suelo con un pincel. Al poco, descubrí que no usaba tinta, sino agua. Las letras iban evaporándose después de haberlas escrito". Nuria observó un rato y quiso obsequiar al escribiente con un objeto que los chinos adoran: un pin. "Le regalé uno de Madrid 2016. El hombre debió sentirse muy agradecido porque me regaló un papiro con una inscripción en chino".
De vuelta a la Villa Olímpica, Nuria enseñó el regalo a los monitores de mandarín que la organización había dispuesto para los deportistas. "Cuando enseñé el papiro a los profesores se quedaron perplejos. Gesticulaban con admiración. Al parecer, la caligrafía era de mucha calidad. Significaba larga vida".
La vida de Nuria en la Villa fue la de una deportista veterana. La distancia de la experiencia le aportó la visión de un bosque sin los árboles. Nuria podría haber sido una estupenda cronista de los Juegos, a menos que el gobierno de Pekín hubiera consentido a los deportistas hacerlo. "El COE nos advirtió de la prohibición de enviar fotografías o de hacer cualquier tipo de colaboración con la prensa, so pena de retirada de la acreditación. Esto no había ocurrido en ningunos Juegos anteriores. Por primera vez, el COI pasó por el aro. Nunca mejor dicho".
Los aros y sus cinco colores se mezclaron durante la convivencia de los deportistas en la Villa. Más que ningún otro sitio, en el interior del célebre comedor donde a diario tenía lugar el yantar. "El comedor era un vía crucis para los deportistas mediáticos", explica Nuria. A cada veinte pasos, una parada de estación con el respetable. "Había una especie de respeto que te impedía levantarte y hacerte una foto con ellos. Pero cuando alguien abría la veda, el resto acudía por un posado para el recuerdo".
Será eso del peso de la fama, así en el cielo como en la Villa. "A mí, la verdad, no me gustaría estar en su lugar. Y veía a Nadal o Gasol haciéndolo con tanta naturalidad... Pero ellos son unos fenómenos. Tenían una sonrisa para todo el mundo. Y eso que se les veía cansados de la competición".
Gracias a la televisión, Nuria tuvo la ocasión de conocer a parte de la delegación española en la Villa. "No había televisor en nuestra habitación. Íbamos a la de Kelvin de las Nieves y su entrenador, nuestros representantes de boxeo, con quienes acabamos haciendo muy buenas migas. Kelvin es entrañable y dulce. Sin embargo, parecía otro cuando se ponía el casco, el protector de dientes y empezaba a pelear. No lo reconocía por la tele. José Manuel Berdonce, su entrenador, el Tigre de Tetuán, es un tío muy divertido. No paraba de contar historias rocambolescas".
Tanto como la competición, los días de ocio olímpico fueron igual de enriquecedores para Nuria. "Me despertaba igual de temprano que cuando competía. En China no gastan persianas, por lo que estabas obligada a levantarte con el sol". Nuria se hallaba con su parte pionera y cogía el camino. A conocer China. "Agradecen que los extranjeros hagamos uso de sus costumbres. Un simple gracias en chino, o entregar los objetos con las dos manos, como hacen ellos, eran bienvenidos con entusiasmo".
Desde la distancia, Nuria reflexiona sobre China a colación del escándalo de la melamina en los lácteos. "Entiendes que allí, de algún modo, el individuo no importa. Es China, ese gran monstruo que lo engulle todo por tal de lograr el bien común. Al principio era reacia a participar en un país donde no se respetan los derechos humanos. Pero una vez allí, te meten en el bote. Es gente atenta, simpática y abierta. A mí me encandilaron". Pues eso, el síndrome de Estocolmo, versión pekinesa.
La competición de remo se produjo con los primeros días. Nuria tuvo así tiempo para, al término de su participación, conocer la intimidad de un país desconocido para Occidente. "Disfruté del turismo en Pekín. Algo que me impresionó de la ciudad fueron los lagos y los kilométricos jardines".
En uno de sus paseos, Nuria tuvo un encuentro fortuito con la milenaria caligrafía china. "Al salir del Templo del Cielo vi a un señor que escribía letras en el suelo con un pincel. Al poco, descubrí que no usaba tinta, sino agua. Las letras iban evaporándose después de haberlas escrito". Nuria observó un rato y quiso obsequiar al escribiente con un objeto que los chinos adoran: un pin. "Le regalé uno de Madrid 2016. El hombre debió sentirse muy agradecido porque me regaló un papiro con una inscripción en chino".
De vuelta a la Villa Olímpica, Nuria enseñó el regalo a los monitores de mandarín que la organización había dispuesto para los deportistas. "Cuando enseñé el papiro a los profesores se quedaron perplejos. Gesticulaban con admiración. Al parecer, la caligrafía era de mucha calidad. Significaba larga vida".
La vida de Nuria en la Villa fue la de una deportista veterana. La distancia de la experiencia le aportó la visión de un bosque sin los árboles. Nuria podría haber sido una estupenda cronista de los Juegos, a menos que el gobierno de Pekín hubiera consentido a los deportistas hacerlo. "El COE nos advirtió de la prohibición de enviar fotografías o de hacer cualquier tipo de colaboración con la prensa, so pena de retirada de la acreditación. Esto no había ocurrido en ningunos Juegos anteriores. Por primera vez, el COI pasó por el aro. Nunca mejor dicho".
Los aros y sus cinco colores se mezclaron durante la convivencia de los deportistas en la Villa. Más que ningún otro sitio, en el interior del célebre comedor donde a diario tenía lugar el yantar. "El comedor era un vía crucis para los deportistas mediáticos", explica Nuria. A cada veinte pasos, una parada de estación con el respetable. "Había una especie de respeto que te impedía levantarte y hacerte una foto con ellos. Pero cuando alguien abría la veda, el resto acudía por un posado para el recuerdo".
Será eso del peso de la fama, así en el cielo como en la Villa. "A mí, la verdad, no me gustaría estar en su lugar. Y veía a Nadal o Gasol haciéndolo con tanta naturalidad... Pero ellos son unos fenómenos. Tenían una sonrisa para todo el mundo. Y eso que se les veía cansados de la competición".
Gracias a la televisión, Nuria tuvo la ocasión de conocer a parte de la delegación española en la Villa. "No había televisor en nuestra habitación. Íbamos a la de Kelvin de las Nieves y su entrenador, nuestros representantes de boxeo, con quienes acabamos haciendo muy buenas migas. Kelvin es entrañable y dulce. Sin embargo, parecía otro cuando se ponía el casco, el protector de dientes y empezaba a pelear. No lo reconocía por la tele. José Manuel Berdonce, su entrenador, el Tigre de Tetuán, es un tío muy divertido. No paraba de contar historias rocambolescas".
Tanto como la competición, los días de ocio olímpico fueron igual de enriquecedores para Nuria. "Me despertaba igual de temprano que cuando competía. En China no gastan persianas, por lo que estabas obligada a levantarte con el sol". Nuria se hallaba con su parte pionera y cogía el camino. A conocer China. "Agradecen que los extranjeros hagamos uso de sus costumbres. Un simple gracias en chino, o entregar los objetos con las dos manos, como hacen ellos, eran bienvenidos con entusiasmo".
Desde la distancia, Nuria reflexiona sobre China a colación del escándalo de la melamina en los lácteos. "Entiendes que allí, de algún modo, el individuo no importa. Es China, ese gran monstruo que lo engulle todo por tal de lograr el bien común. Al principio era reacia a participar en un país donde no se respetan los derechos humanos. Pero una vez allí, te meten en el bote. Es gente atenta, simpática y abierta. A mí me encandilaron". Pues eso, el síndrome de Estocolmo, versión pekinesa.
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