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La misma Europa de siempre
Cine
La misma Europa de siempre
Manuel J. Lombardo / Sevilla | Actualizado 14.10.2009 - 11:06
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Lo escribe Gonzalo de Pedro en el último número de Cahiers-España: “La manera menos extendida de agrupar los festivales de cine no sería en función de las películas que presentan, sino de los motivos por los que programan. Frente a festivales que compiten por nombres y estrenos, otros desarrollan un trabajo opuesto. En lugar de programar películas, eligen temas, en lugar de acumular nombres, plantean preguntas e intentan que la programación responda (o se adelante) a las tensiones sobre las que asientan su trabajo cineastas y espectadores”.
El Sevilla Festival de Cine Europeo se alinea, sin remedio aparente, entre esos festivales enteramente dedicados a acumular nombres y películas con una coartada, Europa, que poco o nada nos dice de la diversidad real (y formal) de su cine, y sí mucho de sus modelos oficiales bendecidos por las academias, los premios, las instituciones, el público y la dinámica industrial de cada país. Esta sexta edición que ayer se presentaba con muchos huecos que rellenar (nada se sabe aún de Arte o Eurodoc, tradicionalmente dos de las mejores secciones), no supone novedad ni avance algunos frente a años anteriores. Hemos cambiado de país invitado (ahora toca Reino Unido, y no está todo lo que es: ¿a dónde fueron a parar Terence Davies, Bill Douglas, Alan Clarke, Lynne Ramsay, Steve McQueen…?), se ha britanizado la programación en sus diferentes secciones (Nicolas Roeg, la selección de Jeremy Thomas, documentales clásicos), se sigue esperando a un nuevo Franco Nero para la foto oficial y el giraldillo de oro, se apuesta por la trasnochada corrección de Trueba y se rellenan las secciones competitivas con un grandes éxitos procedente de los principales festivales internacionales de la temporada, lo que nos traerá lo nuevo (y no todo necesariamente bueno) de Haneke, Audiard, Arnold, Poromboiu, Bellocchio, Loach, Wajda, Hausner, Rist, Glawogger, Petzold, Yedaya o Tanovic, viejos conocidos, muchos de ellos veteranos, de fácil consenso y seguro recorrido por las carteleras españolas del próximo invierno.
Uno hubiera preferido otros nombres, cuestión de gustos, mucho menos habituales y de difícil acceso en nuestro país, lo que debería ser uno de los principales objetivos de un festival: Denis, Dumont, Hansen-Love, Jacquot, Resnais, Rivette, Ming-Liang, Suwa, Costa, Oliveira, Suleiman, Farocki, Green, Straub, Karmakar… en fin, cineastas fuera de la norma y el consenso, alejados del pasteleo y las listas de la EFA, Eurimages y otros saraos yo-me-lo-guiso-yo-me-lo-como. Que en su ausencia tengamos que pasar de nuevo por taquilla para ver Camino, Retorno a Hansala, La facción del Ejército Rojo o el inevitable panorama andaluz es motivo más que suficiente como para replantearse ciertas cosas.
El Sevilla Festival de Cine Europeo se alinea, sin remedio aparente, entre esos festivales enteramente dedicados a acumular nombres y películas con una coartada, Europa, que poco o nada nos dice de la diversidad real (y formal) de su cine, y sí mucho de sus modelos oficiales bendecidos por las academias, los premios, las instituciones, el público y la dinámica industrial de cada país. Esta sexta edición que ayer se presentaba con muchos huecos que rellenar (nada se sabe aún de Arte o Eurodoc, tradicionalmente dos de las mejores secciones), no supone novedad ni avance algunos frente a años anteriores. Hemos cambiado de país invitado (ahora toca Reino Unido, y no está todo lo que es: ¿a dónde fueron a parar Terence Davies, Bill Douglas, Alan Clarke, Lynne Ramsay, Steve McQueen…?), se ha britanizado la programación en sus diferentes secciones (Nicolas Roeg, la selección de Jeremy Thomas, documentales clásicos), se sigue esperando a un nuevo Franco Nero para la foto oficial y el giraldillo de oro, se apuesta por la trasnochada corrección de Trueba y se rellenan las secciones competitivas con un grandes éxitos procedente de los principales festivales internacionales de la temporada, lo que nos traerá lo nuevo (y no todo necesariamente bueno) de Haneke, Audiard, Arnold, Poromboiu, Bellocchio, Loach, Wajda, Hausner, Rist, Glawogger, Petzold, Yedaya o Tanovic, viejos conocidos, muchos de ellos veteranos, de fácil consenso y seguro recorrido por las carteleras españolas del próximo invierno.
Uno hubiera preferido otros nombres, cuestión de gustos, mucho menos habituales y de difícil acceso en nuestro país, lo que debería ser uno de los principales objetivos de un festival: Denis, Dumont, Hansen-Love, Jacquot, Resnais, Rivette, Ming-Liang, Suwa, Costa, Oliveira, Suleiman, Farocki, Green, Straub, Karmakar… en fin, cineastas fuera de la norma y el consenso, alejados del pasteleo y las listas de la EFA, Eurimages y otros saraos yo-me-lo-guiso-yo-me-lo-como. Que en su ausencia tengamos que pasar de nuevo por taquilla para ver Camino, Retorno a Hansala, La facción del Ejército Rojo o el inevitable panorama andaluz es motivo más que suficiente como para replantearse ciertas cosas.
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