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El Olivo Azul rescata 'Historias de Nueva York' del periodista y escritor Stephen Crane
Ignacio F. Garmendia | Actualizado 25.04.2010 - 05:00El nombre de Stephen Crane (1871-1900) está indisolublemente ligado al de su novela La roja insignia del valor (1895), donde el joven escritor y reportero recreaba los horrores de la guerra civil norteamericana con una insólita crudeza que causó enorme impacto entre sus contemporáneos, incluidos Joseph Conrad, H. G. Wells o Henry James. El paso del tiempo ha convertido esta novela -entre nosotros, la edición más reciente es la publicada por Rey Lear, que también ha rescatado el póstumo Heridas bajo la lluvia, un relato sobre la Guerra de Cuba que Crane había cubierto como corresponsal de un periódico norteamericano- en una obra clásica de la narrativa estadounidense, de enorme influencia en la literatura bélica o mejor dicho antibelicista de las décadas posteriores. Pese a su corta vida, Stephen Crane, que murió de tuberculosis sin haber cumplido los 30 y había iniciado su trayectoria narrativa con Maggie: una chica de la calle (1893) -la primera novela americana que se hizo eco de la corriente naturalista-, tuvo tiempo de publicar esta otra colección de relatos o sketches donde contemplaba con ojos nuevos el New York de entresiglos.
Relatos reales, diríamos hoy, pues la prosa de Crane, que ha sido llamado el Chéjov americano, se mueve aquí a caballo entre el cuento y el reportaje, o si nos acogemos a la expresión inglesa, entre la ficción y la no ficción. Sus Historias de Nueva York son estampas sin apenas desarrollo ni una trama propiamente dicha que presentan escenas cotidianas, protagonizadas por personajes oscuros, anónimos e insignificantes, tipos corrientes que sobreviven como pueden en el caos de la gran ciudad. Bocetos en apariencia anodinos pero enormemente sugestivos, que prescinden de las grandes historias para describir -de ahí su novedad, así como el influjo extraordinario que ejercieron en varias generaciones de escritores y reporteros, de Hemingway a Mailer- a la gente de la calle. Para Crane, escribe Juan Bonilla en el prólogo a esta edición, "sólo merecía ser narrado aquello que había sucedido". Pero el fiel cronista, aunque "enamorado de la realidad", tenía esa capacidad para ver la vida con ojos de poeta, para captar la esencia de las cosas a través de los detalles, para retratar el alma de una ciudad inmensa echando mano de un puñado de existencias azarosas que contienen a la vez su grandeza y sus miserias.
Niños vagabundos, perros abandonados, inmigrantes menesterosos, prostitutas y policías, pero también el mundo de los tenderos, el de los oficinistas, el de los jueces o el de los ociosos y millonarios, desfilan por estas páginas que se asemejan a una colección de viejas fotografías, en las que más de un siglo después sigue palpitando la vida. Crane es un maestro de las descripciones y de la prosa antirretórica. Tal vez por ello, concluye Bonilla, su lección sigue estando vigente: "Quizá el secreto sólo resida en la capacidad poética de Stephen Crane para lograr cargar de sentido y misterio cualquier insignificancia".
Stephen Crane. Traducción David Cruz. El Olivo Azul. Córdoba, 2010. 104 págs. 15 euros.
Relatos reales, diríamos hoy, pues la prosa de Crane, que ha sido llamado el Chéjov americano, se mueve aquí a caballo entre el cuento y el reportaje, o si nos acogemos a la expresión inglesa, entre la ficción y la no ficción. Sus Historias de Nueva York son estampas sin apenas desarrollo ni una trama propiamente dicha que presentan escenas cotidianas, protagonizadas por personajes oscuros, anónimos e insignificantes, tipos corrientes que sobreviven como pueden en el caos de la gran ciudad. Bocetos en apariencia anodinos pero enormemente sugestivos, que prescinden de las grandes historias para describir -de ahí su novedad, así como el influjo extraordinario que ejercieron en varias generaciones de escritores y reporteros, de Hemingway a Mailer- a la gente de la calle. Para Crane, escribe Juan Bonilla en el prólogo a esta edición, "sólo merecía ser narrado aquello que había sucedido". Pero el fiel cronista, aunque "enamorado de la realidad", tenía esa capacidad para ver la vida con ojos de poeta, para captar la esencia de las cosas a través de los detalles, para retratar el alma de una ciudad inmensa echando mano de un puñado de existencias azarosas que contienen a la vez su grandeza y sus miserias.
Niños vagabundos, perros abandonados, inmigrantes menesterosos, prostitutas y policías, pero también el mundo de los tenderos, el de los oficinistas, el de los jueces o el de los ociosos y millonarios, desfilan por estas páginas que se asemejan a una colección de viejas fotografías, en las que más de un siglo después sigue palpitando la vida. Crane es un maestro de las descripciones y de la prosa antirretórica. Tal vez por ello, concluye Bonilla, su lección sigue estando vigente: "Quizá el secreto sólo resida en la capacidad poética de Stephen Crane para lograr cargar de sentido y misterio cualquier insignificancia".
Stephen Crane. Traducción David Cruz. El Olivo Azul. Córdoba, 2010. 104 págs. 15 euros.











