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Una comedia ligera
Una comedia ligera
El Olivo Azul presenta por primera vez en España la última novela publicada en vida por Henry James, reelaborada a partir de una obra de teatro que no llegó a estrenarse
Ignacio F. Garmendia | Actualizado 16.05.2010 - 05:00Posterior a la gran trilogía formada por Las alas de la paloma (1902), Los embajadores (1903) y La copa dorada (1904), las tres cumbres del llamado periodo tardío de Henry James, La protesta fue primero concebida, en 1909, como una pieza teatral en tres actos, pero como sucedió con la mayoría de sus incursiones en la escena -la historia del fracaso de James como dramaturgo la contó David Lodge en una estupenda novela, ¡El autor, el autor! (Anagrama, 2006), donde recreaba la hermosa amistad que mantuvieron durante años el Maestro y su confidente el ilustrador George du Mourier-, la obra no llegó a estrenarse. Sin embargo, dos años después, en 1911, luego de haber sido reelaborada y transformada en novela, La protesta fue publicada con gran éxito. Parece ser que al propio James, siempre insatisfecho por la acogida de sus obras, le sorprendió bastante el recibimiento otorgado a una novela que consideraba menor en el conjunto de su trayectoria. En todo caso, se trata de la última de las novelas publicadas por James en vida, pues El sentido del pasado y La torre de marfil, que el autor dejó inacabadas, aparecieron póstumamente.
No estaba inédita en castellano -existe una traducción anterior, publicada en 2004 por la editorial argentina El Cuenco de Plata-, pero sí es la primera vez que aparece en España esta obra que no siempre figura en las bibliografías y ni siquiera es mencionada por Leon Edel en su monumental biografía de Henry James. En el trasfondo de su origen está la polémica a propósito del presunto expolio del patrimonio británico, suscitada por la venta de una obra de Holbein, propiedad del duque de Norfolk, a un coleccionista extranjero, que provocó una oleada de indignación nacional -de ahí el título original, The Outcry- que James siguió con interés hasta el punto de convertirla en el argumento del último de sus truncados proyectos teatrales. Pasó la polémica, la obra perdió actualidad y el autor se vio obligado a rehacerla como novela, pero el original apenas perdió su primitiva condición de comedia ligera.
Para saldar las deudas de juego de su irresponsable hija Kitty, a la que no sabe negarle ningún capricho, el digno lord Theign, patriarca de nobilísimo linaje, se plantea vender uno de los cuadros atesorados en su mansión de Dedborough a un millonario norteamericano, Breckinridge Bender, que se encuentra de viaje por Europa para comprar obras de arte. Ayudado por lord John, que pretende a la hija menor de Theign, lady Grace, y ve en la gestión la oportunidad de realizar una suerte de cambalache, Bender ofrece grandes sumas por la pieza maestra de la colección, un sir Joshua Reinolds, o bien por un pequeño Moretto que podría tener una atribución errada y ver aumentado su valor como rara obra de Mantovano. Pero en el camino se interpone, además de lady Grace, un joven crítico de arte, Hugh Crimble, que forma coalición con ella para impedir la venta. El otro personaje del reparto es lady Sandgate, poseedora a su vez de un rico patrimonio artístico y amiga íntima -ambos son viudos- de lord Theign, con el que comparte la condición patricia y la precariedad económica.
El origen teatral de la pieza se aprecia en la profusión de diálogos, artificiosos, sutiles e inequívocamente jamesianos, donde los personajes, de maneras exquisitas, compiten en ingenio. Pese a las eventuales irrupciones del narrador, apenas comparecen los largos pasajes inquisitivos que caracterizan la elevada prosa de James, lo que sin duda contribuyó al éxito de la obra. En cambio sí se retoma la contraposición, tan habitual en su narrativa, entre el carácter de los británicos y el de los norteamericanos, la tosca franqueza de los segundos frente al refinamiento y la elegante ambigüedad de los insulares. James censura el culto de los yanquis a la publicidad, tan escandaloso para los ingleses de principios del Novecientos, y se burla implícitamente -por boca del empecinado lord Theign- de las maniobras de los periódicos para condicionar la opinión pública, pero también arremete contra el imperio de las apariencias y en general contra la falta de gusto inherente a la vida moderna. Respecto a la cuestión patriótica, tampoco olvida apuntar, aludiendo a los mármoles de Elgin, que los británicos no están libres de culpa, en lo que se refiere a la apropiación de tesoros ajenos.
Pese al trasfondo relativamente trivial, James no ha descuidado el retrato de caracteres: los plebeyos demasiado entusiastas, los aristócratas moderadamente cínicos, los viejos señores berroqueños, las muchachas de ingenio afilado, las damas confabuladoras, los criados que miran por encima del hombro. En cambio, curiosamente, los retratos en cuestión, es decir los tres cuadros sobre los que gira la trama, no se describen en absoluto. Hacia el final, el doble affaire sentimental se resuelve en un previsible happy ending que deja en el lector un agradable sabor de boca, tanto más necesario en los tiempos que corren. Puede que en efecto, como pensaba James, se trate de una obra menor, pero la diversión está asegurada.
Henry James. Trad. Pablo Sauras. El Olivo Azul. Córdoba, 2010. 216 páginas. 19,95 euros.
No estaba inédita en castellano -existe una traducción anterior, publicada en 2004 por la editorial argentina El Cuenco de Plata-, pero sí es la primera vez que aparece en España esta obra que no siempre figura en las bibliografías y ni siquiera es mencionada por Leon Edel en su monumental biografía de Henry James. En el trasfondo de su origen está la polémica a propósito del presunto expolio del patrimonio británico, suscitada por la venta de una obra de Holbein, propiedad del duque de Norfolk, a un coleccionista extranjero, que provocó una oleada de indignación nacional -de ahí el título original, The Outcry- que James siguió con interés hasta el punto de convertirla en el argumento del último de sus truncados proyectos teatrales. Pasó la polémica, la obra perdió actualidad y el autor se vio obligado a rehacerla como novela, pero el original apenas perdió su primitiva condición de comedia ligera.
Para saldar las deudas de juego de su irresponsable hija Kitty, a la que no sabe negarle ningún capricho, el digno lord Theign, patriarca de nobilísimo linaje, se plantea vender uno de los cuadros atesorados en su mansión de Dedborough a un millonario norteamericano, Breckinridge Bender, que se encuentra de viaje por Europa para comprar obras de arte. Ayudado por lord John, que pretende a la hija menor de Theign, lady Grace, y ve en la gestión la oportunidad de realizar una suerte de cambalache, Bender ofrece grandes sumas por la pieza maestra de la colección, un sir Joshua Reinolds, o bien por un pequeño Moretto que podría tener una atribución errada y ver aumentado su valor como rara obra de Mantovano. Pero en el camino se interpone, además de lady Grace, un joven crítico de arte, Hugh Crimble, que forma coalición con ella para impedir la venta. El otro personaje del reparto es lady Sandgate, poseedora a su vez de un rico patrimonio artístico y amiga íntima -ambos son viudos- de lord Theign, con el que comparte la condición patricia y la precariedad económica.
El origen teatral de la pieza se aprecia en la profusión de diálogos, artificiosos, sutiles e inequívocamente jamesianos, donde los personajes, de maneras exquisitas, compiten en ingenio. Pese a las eventuales irrupciones del narrador, apenas comparecen los largos pasajes inquisitivos que caracterizan la elevada prosa de James, lo que sin duda contribuyó al éxito de la obra. En cambio sí se retoma la contraposición, tan habitual en su narrativa, entre el carácter de los británicos y el de los norteamericanos, la tosca franqueza de los segundos frente al refinamiento y la elegante ambigüedad de los insulares. James censura el culto de los yanquis a la publicidad, tan escandaloso para los ingleses de principios del Novecientos, y se burla implícitamente -por boca del empecinado lord Theign- de las maniobras de los periódicos para condicionar la opinión pública, pero también arremete contra el imperio de las apariencias y en general contra la falta de gusto inherente a la vida moderna. Respecto a la cuestión patriótica, tampoco olvida apuntar, aludiendo a los mármoles de Elgin, que los británicos no están libres de culpa, en lo que se refiere a la apropiación de tesoros ajenos.
Pese al trasfondo relativamente trivial, James no ha descuidado el retrato de caracteres: los plebeyos demasiado entusiastas, los aristócratas moderadamente cínicos, los viejos señores berroqueños, las muchachas de ingenio afilado, las damas confabuladoras, los criados que miran por encima del hombro. En cambio, curiosamente, los retratos en cuestión, es decir los tres cuadros sobre los que gira la trama, no se describen en absoluto. Hacia el final, el doble affaire sentimental se resuelve en un previsible happy ending que deja en el lector un agradable sabor de boca, tanto más necesario en los tiempos que corren. Puede que en efecto, como pensaba James, se trate de una obra menor, pero la diversión está asegurada.
Henry James. Trad. Pablo Sauras. El Olivo Azul. Córdoba, 2010. 216 páginas. 19,95 euros.









