Una buena voz en un espectáculo sin gracia

Andrés Moreno Mengíbar | Actualizado 31.05.2010 - 05:00
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Programa: Fragmentos de G F. Haendel, J. S. Bach, R. Strauss, E. Humperdinck, J. Offenbach, G. Bizet y G. Rossini. Acompañamiento: Opus Five. Fecha: Domingo, 30 de mayo. Lugar: Teatro de la Maestranza. Aforo: Tres cuartos.

Hace unos seis años que la mezzosoprano americana Jennifer Larmore tenía que haber venido a Sevilla a cantar un interesante Barbero de Sevilla (esa ópera de la que el Maestranza dispone de una maravillosa producción pero que no sabemos por qué no quiere reponer en estos tiempos de crisis) fuera de temporada, pero un mesiánico delegado de cultura se cruzó por medio y dio órdenes al teatro para que no programase óperas sevillanas y todo se torció. Lo que pudo haber sido escuchar a Larmore en sus mejores momentos y en su repertorio ideal se ha convertido con el tiempo en un recital lleno de luces y de sombras, con momentos brillantes y otros auténticamente bochornosos, al menos para quienes iban a un recital de canto y no a una sesión de cabaré sin gracia.

Larmore conserva un bello registro central, de atractivo timbre y de emisión firme, lo que le permite afrontar interesantes pianissimi y frasear con gusto en esa franja de la voz. En el paso a la zona grave se nota cómo la voz suena abierta y tiende a engolarse, con lo que se pierde el brillo y el sonido se hace mate. En el otro extremo, los agudos tienden a destemplarse y a sonar metálicos, como pudo escuchar el público en los compases finales de Cenerentola y al final de Ariodante. En su favor hay que manifestar aquí que posee un control magnífico de la coloratura y de las agilidades, especialmente en el canto martellato. Fraseó con gusto en el recitativo de Hércules y su Rossini fue de lo mejor de la noche.

Más discutibles, por afectadas y excesivamente amaneradas, resultaron sus versiones de Erbarme dich y, sobre todo, de esos extraños dúos a una sola voz de Humperdinck y de Offenbach, con un violinista desafinado y cursi, pero, eso sí, muy pinturero.

Muy corrientitos los músicos, que hicieron el ridículo (muy aceptado por el público) con una impresentable y bochornosa parodia sin gusto de la canción gitana de Carmen.
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