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La poesía de la claridad y del color
La poesía de la claridad y del color
Andrés Moreno Mengíbar | Actualizado 02.06.2010 - 05:00XXI Festival de Primavera de Juventudes Musicales. Programa: Obras de J. S. Bach, L. van Beethoven, F. Chopin e I. Albéniz. Lugar: Salón de Actos de la Real Maestranza. Fecha: Martes 1 de junio. Aforo: Lleno.
Juventudes Musicales de Sevilla, puntual como la ola de calor de cada año, sigue una vez más sorprendiendo a sus seguidores con la presentación de más que interesantes valores jóvenes del piano en su Festival de Primavera.
La presente edición fue abierta ayer por el japonés Kotaro Fukuma, tercer premio del Concurso Internacional de Santander de 2008. Fukuma, a diferenia de muchos pianistas de su mismo origen, parece haberse olvidado de los alardes virtuosísticos, de las gesticulaciones dirigidas a la galería y de las pirotecnias técnicas, para meterse a fondo en la substancia musical y para después explicárnosla con suma claridad. Claridad y transparencia son los primeros térmionos que se nos vienen al teclado a la hora de analizar las interpretaciones de Fukuma, pues quizá lo más sobresaliente de su acercamiento al acto interpretativo sea, justamente, el saber hacer sonar todas y cada unas de las notas con su justo valor, su justa intensidad, su justo color, sus justas correspondencias armónicas en el entramado contrapuntístico. Así abordó una música tan despojada de toda accesoriedad como El arte de la fuga, desde la contención expresiva, el control del sonido y la luminosidad más aplastante del contrapunto en su máxima expresión, con especial atención a los ritmos punteados en el nº 2. De ahí al Beethoven visionario de la sonata nº 31, bastante aligerada de dramatismo, pero bien cargada de poesía en las manos de Fukuma. La pulsación fue delicada en el Moderato cantabile molto espressivo, todo un modelo de claridad y luminosidad, que dejaba a la vista la estructura interna del Allegro molto y que, sin abusar del rubato y sin exagerar el fraseo, perfiló unas brillantísimas secciones fugadas en el complejo tercer movimiento.
Todas estas virtudes del pianista japonés se manifestaron con mayor fuerza en la música de Chopin (op. 48/1 y op. 52) y, especialmente, en la de Albéniz, lo que es todo un logro. En sus manos, Almería fue un regalo de poesía y de color.
Juventudes Musicales de Sevilla, puntual como la ola de calor de cada año, sigue una vez más sorprendiendo a sus seguidores con la presentación de más que interesantes valores jóvenes del piano en su Festival de Primavera.
La presente edición fue abierta ayer por el japonés Kotaro Fukuma, tercer premio del Concurso Internacional de Santander de 2008. Fukuma, a diferenia de muchos pianistas de su mismo origen, parece haberse olvidado de los alardes virtuosísticos, de las gesticulaciones dirigidas a la galería y de las pirotecnias técnicas, para meterse a fondo en la substancia musical y para después explicárnosla con suma claridad. Claridad y transparencia son los primeros térmionos que se nos vienen al teclado a la hora de analizar las interpretaciones de Fukuma, pues quizá lo más sobresaliente de su acercamiento al acto interpretativo sea, justamente, el saber hacer sonar todas y cada unas de las notas con su justo valor, su justa intensidad, su justo color, sus justas correspondencias armónicas en el entramado contrapuntístico. Así abordó una música tan despojada de toda accesoriedad como El arte de la fuga, desde la contención expresiva, el control del sonido y la luminosidad más aplastante del contrapunto en su máxima expresión, con especial atención a los ritmos punteados en el nº 2. De ahí al Beethoven visionario de la sonata nº 31, bastante aligerada de dramatismo, pero bien cargada de poesía en las manos de Fukuma. La pulsación fue delicada en el Moderato cantabile molto espressivo, todo un modelo de claridad y luminosidad, que dejaba a la vista la estructura interna del Allegro molto y que, sin abusar del rubato y sin exagerar el fraseo, perfiló unas brillantísimas secciones fugadas en el complejo tercer movimiento.
Todas estas virtudes del pianista japonés se manifestaron con mayor fuerza en la música de Chopin (op. 48/1 y op. 52) y, especialmente, en la de Albéniz, lo que es todo un logro. En sus manos, Almería fue un regalo de poesía y de color.











