Cristalina voz de Bohemia

Poseedora de una garganta privilegiada, Diana Navarro enamora en el Lope

Ricardo Castillejo / SEVILLA | Actualizado 05.06.2010 - 05:00
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Intimista puesta en escena la que ayer ofreció Diana Navarro en el Teatro Lope de Vega, hasta donde trasladó, en la que era su primera presentación en Sevilla, una transparente voz enmarcada, como es ella misma, en una ambientación elegante y sobria. Se dejó acompañar de Miguel Ángel Collado, a la dirección musical, Faiçal Kourrich, en el violín, y Juan Carlos Jiménez, con la guitarra.

Así, con el negro, tanto en el fondo como en el primer vestido que utilizó -más tarde cambiaría a uno verde con flecos en el bajo recordando la forma y dibujos de un mantón de Manila-, como color dominante -sólo roto por una lámpara de "araña" y dos de sobremesa en blanco-, la velada transcurrió con un deseo manifiesto al comienzo del espectáculo: "Yo me dejo el alma aquí por vosotros", avanzó la emocionada intérprete en sus primeras palabras. Y, a las pruebas nos remitimos... ¡Vaya si lo hizo!

Con títulos como Mira lo que te has perdío, No te olvides de mí, Amor Mío, Mare Mía o Embrujá por tu querer -un repertorio a caballo entre lo racial de la canción española y la suavidad de los ritmos mediterráneos-, la propuesta se cimentaba sobre los suaves quiebros de una garganta que, igual que los juncos del Nilo, se torna en apariencia frágil pero, a la hora de la verdad, imbatible ante cualquier dificultad, en este caso, tonal.

Y así -regalando ese don que, con tanta humildad, lleva- se ganó el favor de un público que ya hacía bastantes días había colgado el cartel de "No hay billetes" en una sala dentro de la que se respiró esa paz que, según la propia artista reconoce, intenta sembrar en el corazón de todo aquel que la escucha. Sólo seis temas fueron necesarios para arrancar los primeros aplausos a compás que se repitieron, al menos, por otras seis veces a lo largo de las casi dos horas de un espectáculo en el que tampoco faltaron ni una espectacular saeta dedicada a la Virgen de la Macarena -y tras la que, todos los asistentes, se pusieron en pie para dar una de las ovaciones más sentidas de la noche- ni, en la ronda de bises, ese Sola que tantas puertas le abrió en 2005 a nuestra protagonista.

Encantadora, Diana supo dar a cada melodía sus pausas, sus miradas, sus gestos... esa vida propia que las dotó de personalidad y contundencia. Un reto del que salió victoriosa dejando en el aire, igual que sucede cuando se toca el apreciado cristal de Bohemia, un armonioso sonido cuyo eco, aun hoy, parece seguir escuchándose. ¡Qué delicia!
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