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La sobriedad de la madurez
La sobriedad de la madurez
Rosalía Gómez | Actualizado 30.06.2010 - 05:00María Pagés Compañía. Idea y dirección y vestuario: María Pagés. Coreografía: María Pagés y José Barrios. Baile: María Pagés, María Morales, Isabel Rodríguez, Eva Varela, María Vega, José Barrios, José Antonio Jurado, Paco Berbel, Rubén Puertas. Músicos: Ana Ramón e Ismael de la Rosa (cante); Rubén Lebaniegos, José Carrillo Fyty e Isaac Muñoz (guitarras); Chema Uriarte (percusión) y David Moñiz (violín) Iluminación: Pau Fullana. Lugar: Teatro de la Maestranza. Fecha: Martes, 29 de junio. Aforo: Casi lleno.
La compañía flamenca de María Pagés ha cumplido 20 años. Algo poco usual para cualquier agrupación artística y un milagro para una compañía privada de flamenco. Por eso había que celebrarlo y María lo ha hecho del mejor modo: con un nuevo espectáculo atravesado de principio a fin por el baile.
Muchas son las coreografías, los bailes que Pagés ha ideado en estos años. Rompió moldes con La Tirana, nos hizo reír en Canciones antes de una guerra y se desnudó hasta emocionarnos en Autorretrato. Por no hablar de sus coreografías para la Compañía Andaluza de Danza. Tenía pues mucho material para hacer un buen collage conmemorativo. Pero su talante creador -en este momento la compañía tiene cinco espectáculos en repertorio- no le ha permitido detenerse a mirar el pasado, aunque su Mirada recoja, cómo no, la enorme experiencia acumulada.
Con un comienzo de cine, homenaje debido al fallecido cineasta José MaríaSánchez -su marido y director de muchos de sus trabajos- el espectáculo es un mosaico formado por trece teselas -seguiriyas, alegrías, tangos, fandangos, bulerías y mucho más- que constituyen un todo equilibrado y extrañamente sobrio.
Pagés no recurre en esta Mirada ni a la espectacularidad de los telones pintados, ni al sentimentalismo de canciones inolvidables como las Nanas de la cebolla, ni a los invitados especiales... Pero su madurez y su oficio hacen que la pieza tenga un altísimo valor estético, que la luz ilumine o juegue con la penumbra -o sirva de prisión como en el homenaje a Lorca-, y que los músicos y los bailarines, magníficos y maravillosamente vestidos, utilicen el espacio en todos sus planos. ¡Como si fuera lo más natural del mundo!
Por este sobrio y equilibrado mosaico, María viaja con la maleta que siempre la acompaña y que cada vez está más llena. En ella va la bata de cola y unas castañuelas que toca con maestría, un mantón -morado esta vez- capaz de volar, su abanico, su bastón, sus poemas, su sentido del humor y algunas canciones del pasado -de Bola de Nieve o de Tom Waits por ejemplo- coreografiadas en su gran obra, El perro andaluz (1996), y que está muy bién que el público más joven conozca. Un rico bagaje que gravita siempre en torno a la figura central de María Pagés, a los brazos inconmensurables de la bailaora que anoche arrancó de nuevo a su público un aplauso por sevillanas.
La compañía flamenca de María Pagés ha cumplido 20 años. Algo poco usual para cualquier agrupación artística y un milagro para una compañía privada de flamenco. Por eso había que celebrarlo y María lo ha hecho del mejor modo: con un nuevo espectáculo atravesado de principio a fin por el baile.
Muchas son las coreografías, los bailes que Pagés ha ideado en estos años. Rompió moldes con La Tirana, nos hizo reír en Canciones antes de una guerra y se desnudó hasta emocionarnos en Autorretrato. Por no hablar de sus coreografías para la Compañía Andaluza de Danza. Tenía pues mucho material para hacer un buen collage conmemorativo. Pero su talante creador -en este momento la compañía tiene cinco espectáculos en repertorio- no le ha permitido detenerse a mirar el pasado, aunque su Mirada recoja, cómo no, la enorme experiencia acumulada.
Con un comienzo de cine, homenaje debido al fallecido cineasta José MaríaSánchez -su marido y director de muchos de sus trabajos- el espectáculo es un mosaico formado por trece teselas -seguiriyas, alegrías, tangos, fandangos, bulerías y mucho más- que constituyen un todo equilibrado y extrañamente sobrio.
Pagés no recurre en esta Mirada ni a la espectacularidad de los telones pintados, ni al sentimentalismo de canciones inolvidables como las Nanas de la cebolla, ni a los invitados especiales... Pero su madurez y su oficio hacen que la pieza tenga un altísimo valor estético, que la luz ilumine o juegue con la penumbra -o sirva de prisión como en el homenaje a Lorca-, y que los músicos y los bailarines, magníficos y maravillosamente vestidos, utilicen el espacio en todos sus planos. ¡Como si fuera lo más natural del mundo!
Por este sobrio y equilibrado mosaico, María viaja con la maleta que siempre la acompaña y que cada vez está más llena. En ella va la bata de cola y unas castañuelas que toca con maestría, un mantón -morado esta vez- capaz de volar, su abanico, su bastón, sus poemas, su sentido del humor y algunas canciones del pasado -de Bola de Nieve o de Tom Waits por ejemplo- coreografiadas en su gran obra, El perro andaluz (1996), y que está muy bién que el público más joven conozca. Un rico bagaje que gravita siempre en torno a la figura central de María Pagés, a los brazos inconmensurables de la bailaora que anoche arrancó de nuevo a su público un aplauso por sevillanas.








