El Prado de Renoir

Primera exposición monográfica en España del pintor francés con 31 cuadros de la mejor colección privada en Estados Unidos

Juan Luis Pavón / MADRID | Actualizado 19.10.2010 - 11:26
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La 'Bañista rubia' es deudora de su admiración por Rubens.

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Pierre-Auguste Renoir (1841-1919) visitó en 1892 el Museo del Prado para conocer sobre todo las obras maestras de Velázquez, Rubens y Tiziano. No podía ni imaginar entonces la vuelta al mundo que iban a dar sus cuadros, a caballo entre el impresionismo precursor y el refinamiento del clasicismo. El norteamericano Robert Sterling Clark empezó a configurar en 1916 una extraordinaria colección de pintura, con Renoir entre sus artistas predilectos. 35 cuadros que adquirió de él a lo largo de 36 años son uno de los ejes del Clark Art Institute, museo inaugurado en Williamstown (Massachussetts) en 1955. Por vez primera, casi todos (31) regresan juntos a Europa, y lo hacen, con el patrocinio de la Fundación BBVA, para ser exhibidos desde hoy en el corazón del Museo del Prado, junto a las salas de Velázquez o Murillo.

A cambio de esta cesión temporal hasta el 6 de febrero, Miguel Zugaza, director del Prado, anunció que la gran pinacoteca española enviará en 2014 lo más granado de sus desnudos para inaugurar la ampliación del Clark Art Institute, tanto en edificios como en jardines dentro de su enorme campus, de ¡60 hectáreas de bosque!, proyecto encargado al famoso arquitecto japonés Tadao Ando.

Michael Conforti, director del Clark Art Institute, tras explicarles la exposición a la ministra de Cultura, Ángeles González-Sinde, y al presidente del BBVA, Francisco González, comentó: "Contemplar estos cuadros de Renoir tan cerca de las colecciones extraordinarias del Prado me provoca sensaciones inusitadas".

Quienes conozcan los grandes museos de pintura de París han visto al Renoir de sus últimos años. Gracias a esta exposición pueden apreciar la calidad de su trayectoria cuando despuntó en el seno de una generación deslumbrante, la del impresionismo, y tomó su propio camino desde que, en 1881, un viaje a Italia para conocer a los grandes maestros del Renacimiento le motivó a ser más personal que generacional.

Richard Brand, conservador jefe del Clark Art Institute, recomienda a los visitantes que se fijen en el bodegón Cebollas, "con unas texturas y pinceladas fantásticas" y en dos retratos de mujer, que eran la gran especialidad de Renoir: Palco en el teatro y Muchacha con gato. Javier Barón, responsable en el Prado de la pintura del siglo XIX, destaca la fuerza casi expresionista del Autorretrato, "cómo empasta la pincelada en el rostro y cómo la suelta en el fondo del cuadro", y un rasgo común a la mayor parte de sus óleos: "la calidez y la empatía que provoca hacia la persona retratada, desmarcándose del estilo analítico y distante que caracterizaba a Degas".

Hasta en el uso del color negro logra Renoir unos matices que van en consonancia con el espíritu que rezuma de su colorido predominante: la sensación del tiempo detenido. Y lo consigue tanto con las figuras de dibujo más preciso (Bañista peinándose) como en las composiciones de trazo más experimental (El puente de Chatou).
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