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Nuevos rostros junto al Señor
cofradías Reflexiones sobre la Semana Santa
Nuevos rostros junto al Señor
José León-Castro Alonso | Actualizado 12.04.2012 - 01:00PASÓ, y con ella tantas cosas…. Nunca me tuve por cofrade ni por capillita, únicos títulos que una gran mayoría de sevillanos aspiran a obtener; y si acaso yo lo fuera, desde luego lo sería desde la más consciente atipicidad. Tampoco niego un espíritu (auto)crítico que a menudo me trajo incomprensión o enemistades, lo cual, si no orgulloso, me ha hecho sentir libre y permitido ser coherente. Huyo de la banalidad, del culto a la pompa, y me siento incapaz de superar mi desprecio a la mediocridad. Sé apreciar lo auténtico, temer a quien teme y amar al hombre que va con uno mismo. Nadie vea en este preliminar, signo alguno de vanagloria, pero que cada cual encuentre en él lo que es, lo que tiene, o de lo que carece. Sé que hoy seguramente me esté dirigiendo sólo a esos pocos que van por la vida sin antifaz, que miran de frente y más allá de los ojos de su interlocutor, que creen y saben que nada son sin Él. Ése es mi único objeto de reflexión.
Empezaré por algo que oí las vísperas del Domingo de Pasión. Se anunciaba como un Pregón, pero no lo fue, o fue mucho más. Jamás asistí a ninguno, no creo en ellos quizás por mi incapacidad de exteriorizar vivencias, porque mi única vivencia son mis ya múltiples ausencias. Joaquín de la Peña nos habló en el incomparable marco del Real Círculo de Labradores de cómo entre aquellos muros del otrora Convento de San Acasio, habitó un día la Vida; de cómo, aún se percibía allí la presencia del Señor. Nos condujo por sus celdas, nuestras propias vidas, y nos detuvo en el Refectorio para anunciarnos ese Banquete Final al que ojalá un día se nos convoque a cuántos lo seguimos aguardando, sin excluir a Lazaros ni Epulones. Pero lo más hermoso fue su honda vocación y gratitud a las madres y abuelas de Sevilla, a unas por no renunciar a la vida sino a defenderla hasta con la suya propia, y a otras por sus sabias enseñanzas para que la semilla siga dando frutos. Fue todo un testimonio sentido desde fibras ignotas para muchos.
En segundo lugar, de las tres hermandades que colman plenamente todas las parcelas de mi vida, la tradición, la profesión y la devoción, sólo a ésta última tuve ocasión de servir. Es curioso, ¿será que de la primera se me escapó para siempre - va a hacer 40 años - y tan prematuramente quien todo lo fue para mí?; ¿o será que de la segunda soy yo mismo quien va de recogida y cada año se recrudece su vacío? ¿Será por eso que ese Cristo a punto de expirar en mi Triana paterna no pudo cruzar con mis pupilas las suyas opacas y vidriosas? ¿Será tal vez que entre los nazarenos de ese otro Cristo, tan plácidamente muerto, hace años que no hallo la mirada de amistad y afecto de mi recordado Juan Moya? ¿Por qué será, Señor, y por qué razones que no entiendo?.
Y, sin embargo, lo más incomprensible es que mi devoción pervive intacta, ni crece, ni mengua; me alimenta y hasta me bendice con el gozo de haberla ya transmitido a dos generaciones más. La Madrugada pasada, un año más y con el cuerpo más roto, pude observar las escenas a que me tiene acostumbrado mi privilegiada ubicación tras el paso del Señor pero, no sé, esta última noche me han parecido nuevas y diferentes.
Siempre pensé que al Gran Poder no hay que buscarlo; Él sabe encontrarte, y cuando lo hace ya jamás puedes sacarlo de tu pecho ni de tu mente. Pero ésta he creído percibir que eran más jóvenes los "llamados"; los vi llorar sin remilgos ni vergüenzas, musitar tímidamente lo que sólo oraciones podían ser, y hasta sonreír a su paso siempre tan presuroso como certero. Me pregunto si será la escenificación de la cofradía en la calle lo que preste su magia al hallazgo; me obsesiona que estando en su Templo todo el año no sigan cultivando la recién estrenada amistad; me preocupa que los domingos no sientan igual que en la madrugada del Viernes Santo y que los Sagrarios no muevan sus corazones. ¿A qué achacarlo? S.S. Benedicto XVI nos lo explica evangélicamente: "El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo". Compremos los campos que "hoy se nos ofrecen", recolectémoslos y de todos será la cosecha .
Junto a rostros alegres y expectantes, también los vi de abatimiento, reproche, y hasta de frustración dibujada en un rictus que sólo a la desesperación, a la soledad, o a la pena podían deberse. ¿Dónde estamos los que sabemos que la necesidad, la caridad no pedida, la esperanza en vano buscada, continúan haciendo estragos?. ¿Dónde los jóvenes sacerdotes, santos y generosos, que me consta los hay, relegados a menesteres de sacristías, no a pie de calle, para que tenga que ser un anciano de casi 85 años, quien ofrezca la respuesta desconsolada de que todo es finito y que sin nuestra Cruz, ni Él ni nosotros, cada cual por su lado, nada podremos. ¡Qué cierto permanece el lema de San Bruno: Stat Crux dum volvitur Orbis!
Por último, sin el menor tono de jocosidad, ni tintes de escepticismo, y mucho menos anticlericales. Si ya nadie a estas alturas duda de la ingente catequesis que realizan las Imágenes en las calles, ni de la labor social que realizan las Hermandades durante todo el año, ni del bien espiritual que puede hacerse ante tanta aflicción, ¿por qué rogar para que eso no ocurra?
¿Cuáles serán los motivos que llevaran a rogar por la lluvia días antes de que un copioso diluvio de bienes espirituales se derramara sobre tantas desoladas gentes?; sólo chaparrones, chubascos aislados que nada arreglaron y mucho perjudicaron. Barrios enteros vieron la ciudad pasar ante ellos sin detenerse, enseres meses trabajados para, al final, quedar en hermosos símbolos, como el Lignum Crucis… tan fríos y mudos.
En fin, ¿por qué, Señor, me has dejado esta Semana Santa tan vacío de mis vivencias de siempre aunque tan próximo a Ti que ya casi te espero? Y no es sólo Esperanza lo que me falta; es Fe en este mundo deshumanizado a pesar de coyunturas en las que todos quisimos creer. Sólo agradecerte desde lo más profundo de mi corazón que mis hijos y mis nietos vivirán en lo que me esforcé en inculcarles; sembradas les dejo las parcelas que presidieron mi vida, ayúdales en cada una de ellas y, quizás logremos recuperar un mundo en el que tantos cálices habremos aún de soportar.
Empezaré por algo que oí las vísperas del Domingo de Pasión. Se anunciaba como un Pregón, pero no lo fue, o fue mucho más. Jamás asistí a ninguno, no creo en ellos quizás por mi incapacidad de exteriorizar vivencias, porque mi única vivencia son mis ya múltiples ausencias. Joaquín de la Peña nos habló en el incomparable marco del Real Círculo de Labradores de cómo entre aquellos muros del otrora Convento de San Acasio, habitó un día la Vida; de cómo, aún se percibía allí la presencia del Señor. Nos condujo por sus celdas, nuestras propias vidas, y nos detuvo en el Refectorio para anunciarnos ese Banquete Final al que ojalá un día se nos convoque a cuántos lo seguimos aguardando, sin excluir a Lazaros ni Epulones. Pero lo más hermoso fue su honda vocación y gratitud a las madres y abuelas de Sevilla, a unas por no renunciar a la vida sino a defenderla hasta con la suya propia, y a otras por sus sabias enseñanzas para que la semilla siga dando frutos. Fue todo un testimonio sentido desde fibras ignotas para muchos.
En segundo lugar, de las tres hermandades que colman plenamente todas las parcelas de mi vida, la tradición, la profesión y la devoción, sólo a ésta última tuve ocasión de servir. Es curioso, ¿será que de la primera se me escapó para siempre - va a hacer 40 años - y tan prematuramente quien todo lo fue para mí?; ¿o será que de la segunda soy yo mismo quien va de recogida y cada año se recrudece su vacío? ¿Será por eso que ese Cristo a punto de expirar en mi Triana paterna no pudo cruzar con mis pupilas las suyas opacas y vidriosas? ¿Será tal vez que entre los nazarenos de ese otro Cristo, tan plácidamente muerto, hace años que no hallo la mirada de amistad y afecto de mi recordado Juan Moya? ¿Por qué será, Señor, y por qué razones que no entiendo?.
Y, sin embargo, lo más incomprensible es que mi devoción pervive intacta, ni crece, ni mengua; me alimenta y hasta me bendice con el gozo de haberla ya transmitido a dos generaciones más. La Madrugada pasada, un año más y con el cuerpo más roto, pude observar las escenas a que me tiene acostumbrado mi privilegiada ubicación tras el paso del Señor pero, no sé, esta última noche me han parecido nuevas y diferentes.
Siempre pensé que al Gran Poder no hay que buscarlo; Él sabe encontrarte, y cuando lo hace ya jamás puedes sacarlo de tu pecho ni de tu mente. Pero ésta he creído percibir que eran más jóvenes los "llamados"; los vi llorar sin remilgos ni vergüenzas, musitar tímidamente lo que sólo oraciones podían ser, y hasta sonreír a su paso siempre tan presuroso como certero. Me pregunto si será la escenificación de la cofradía en la calle lo que preste su magia al hallazgo; me obsesiona que estando en su Templo todo el año no sigan cultivando la recién estrenada amistad; me preocupa que los domingos no sientan igual que en la madrugada del Viernes Santo y que los Sagrarios no muevan sus corazones. ¿A qué achacarlo? S.S. Benedicto XVI nos lo explica evangélicamente: "El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo". Compremos los campos que "hoy se nos ofrecen", recolectémoslos y de todos será la cosecha .
Junto a rostros alegres y expectantes, también los vi de abatimiento, reproche, y hasta de frustración dibujada en un rictus que sólo a la desesperación, a la soledad, o a la pena podían deberse. ¿Dónde estamos los que sabemos que la necesidad, la caridad no pedida, la esperanza en vano buscada, continúan haciendo estragos?. ¿Dónde los jóvenes sacerdotes, santos y generosos, que me consta los hay, relegados a menesteres de sacristías, no a pie de calle, para que tenga que ser un anciano de casi 85 años, quien ofrezca la respuesta desconsolada de que todo es finito y que sin nuestra Cruz, ni Él ni nosotros, cada cual por su lado, nada podremos. ¡Qué cierto permanece el lema de San Bruno: Stat Crux dum volvitur Orbis!
Por último, sin el menor tono de jocosidad, ni tintes de escepticismo, y mucho menos anticlericales. Si ya nadie a estas alturas duda de la ingente catequesis que realizan las Imágenes en las calles, ni de la labor social que realizan las Hermandades durante todo el año, ni del bien espiritual que puede hacerse ante tanta aflicción, ¿por qué rogar para que eso no ocurra?
¿Cuáles serán los motivos que llevaran a rogar por la lluvia días antes de que un copioso diluvio de bienes espirituales se derramara sobre tantas desoladas gentes?; sólo chaparrones, chubascos aislados que nada arreglaron y mucho perjudicaron. Barrios enteros vieron la ciudad pasar ante ellos sin detenerse, enseres meses trabajados para, al final, quedar en hermosos símbolos, como el Lignum Crucis… tan fríos y mudos.
En fin, ¿por qué, Señor, me has dejado esta Semana Santa tan vacío de mis vivencias de siempre aunque tan próximo a Ti que ya casi te espero? Y no es sólo Esperanza lo que me falta; es Fe en este mundo deshumanizado a pesar de coyunturas en las que todos quisimos creer. Sólo agradecerte desde lo más profundo de mi corazón que mis hijos y mis nietos vivirán en lo que me esforcé en inculcarles; sembradas les dejo las parcelas que presidieron mi vida, ayúdales en cada una de ellas y, quizás logremos recuperar un mundo en el que tantos cálices habremos aún de soportar.


Sobresaliente Pepe, esta es tu pluma y fue junto a tus miembros de Junta de Gobierno, el hermano Mayor que yo conoci en tu mandato al frente de la hermandad del Gran Poder. Gracias Maestro por tu reflexión en voz alta y fuerte, que Dios te ofrezca Salud para escoltarlo junto a tu bocina en la trasera de su Paso.
Lo que queramos, pero está claro a quién escuchó El de Arriba.
Valiente reflexión, Profesor. Qué esperar de un pastor que se refiere a las peculiaridades de ser cristiano en Sevilla como un mero residuo cultural, tradicional. . . cuando no rayano en la "idolatría"?. Qué esperar de los rezos en "matacanonigos" para que llueva, con llamadas a la mortificación y otras prácticas que aseguran por ello ser más o mejor cristiano?.