cuchillo sin filo

Caballero andante

Francisco Correal | Actualizado 30.11.2012 - 01:00
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EN una de sus visitas a Cuba, Caballero Bonald preguntó por sus ascendientes paternos, que ya no vivían en Camagüey porque se habían ido a Miami. Los Bonald proceden de Francia y hay en su porte un prestigio jacobino que descoloca a los coleccionistas de prejuicios. Ese cruce de franceses y cubanos que cristaliza en la desembocadura del Guadalquivir tiene aromas de Victor Hugues y El siglo de las luces de Alejo Carpentier, aunque las únicas guillotinas en las que cree Caballero Bonald son las de las artes gráficas.

A este andante de las marismas lo han hecho Caballero al cuadrado. Se lo estaba buscando cuando en 1991 publicó Sevilla en tiempos de Cervantes, cuando en 2005 editó una selección de poesía del autor del Quijote. Quien fuera secretario de Camilo José Cela en la revista Papeles de Son Armadans, que se editaba en Palma de Mallorca, ya tiene el galardón que le dieron a su jefe. Es un superviviente de una generación en la que caían por colleras: se fueron Barral y Giel de Biedma, poetas y catalanes; se fueron Benet y García Hortelano, madrileños y prosistas. Llegó a pensar incluso en escribir un ensayo sobre la autodestrucción de esa generación del cincuenta y de sus antídotos: el primero, la ración diaria de manzanilla de Sanlúcar de Barrameda. Tanto pregonó ese vino autóctono que su amigo Juan Goytisolo le da certificado literario en Señas de identidad. Los dos coincidieron en tiempos mozos en el colegio mayor César Carlos por el que también pasó José Ángel Valente. Al gallego de Almería le dedicaron el último número de la revista Campo de Agramante que edita la Fundación Caballero Bonald, doble guiño quijotesco de quien tituló así una de sus novelas.

Cervantes es el único autor español que el tacaño y obtuso Harold Bloom incluye en su canon. El primero y único de su larguísima nómina. Caballero Bonald es jerezano de Sanlúcar, pero tuvo sus etapas del destierro colombiano (allí escribió Dos días de septiembre, epopeya de la vendimia que le valió el premio Biblioteca Breve) y la inconsciencia catalana, cuando Barcelona era el Madrid de las Españas literarias. Con Quiñones, es de los pocos escritores que sacaron el flamenco del subgénero. Le cerraron las puertas de la Academia como al ingenioso hidalgo le cerraban las de las ventas. En una antología de conversaciones con el escritor (Regresos a Argónidas en 33 entrevistas) en la que el editor, Pedrós-Gascón, se tomó la molestia de incluir una de las que yo le hice en su casa de la playa de La Jara, habla de autores de su canon: Flaubert, Joyce, Blas de Otero, Cunqueiro, Alfonso Grosso, García Hortelano, Ray Lóriga. Los linces han brindado con sangre de conejo: le han dado el Cervantes a su magnánimo protector.
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