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En busca de la confianza perdida
El poliedro
En busca de la confianza perdida
La recuperación de la confianza es la piedra angular de las medidas públicas para reactivar la economía
| Actualizado 29.11.2008 - 01:00CUANDO a la altura de septiembre pasado, en pleno naufragio bancario de la metrópolis financiera con sede en Nueva York, la Fed estadounidense ofreció al Citi (principal banco mundial, o casi) quedarse con todos los activos y pasivos de la repentinamente quebrada Wachovia, lo que hizo fue asegurar a la entidad compradora que, en caso de tener pérdidas por encima de cierto límite por comerse este marrón-de-saldo, el banco central -la propia Reserva Federal USA- las cubriría. A cambio, la Fed se quedaba con un número de opciones sobre el capital o las acciones de la empresa absorbida por Citi. Como se ve, nadie soltaba dinero en efectivo... de momento. El truco estaba en que los contribuyentes -sus impuestos- asumían el riesgo. El problema es que el salvador, Citi, ha sido uno de los siguientes en caer, aunque antes se pudo trasladar a oto cazador de fortunas inciertas -con nombre de diligenca: Wells Fargo&Co- el regalito llamado Wachovia. La bola de nieve negra, así, crecía; pero al menos aparecía el antídoto, aunque no se sepa aún bien el grado de eficacia del mismo: nadie dijo que fuera fácil.
De todas formas, la Fed (en nuestro caso, el Estado español y la Unión Europea) hacía los deberes, que no consisten, sustancialmente, en otra cosa que en dar confianza a la gente, a las empresas, a los inversores extranjeros; al sistema en fin. Con estrategias financieras posibilistas, por mucho que el resultado sea un melón por calar. Las autoridades políticas hacen lo que deben, o sea, estar visibles, reunirse y negociar, discutir, acordar, planificar. Aunque las malas lenguas acuñen chascarrillos como "Salvavidas ZP: no sabemos lo que hacer". Hace dos días, diligente en la incertidumbre, nuestro Gobierno ha anunciado medidas que hipotecan la capacidad de intervención del Estado a medio plazo, pero que son sin duda necesarias para encarar la depresión que parece sobrevenir. A ver quién tira la primera piedra. Existen otras formas de dar confianza. Por ejemplo, avalar desde el sector público parte de las deudas adquiridas por familias y empresas; o emitir deuda pública -que, en sus distintas versiones, es siempre un activo financiero poco rentable pero seguro, por definición- que pueda ser cambiada por activos contaminados que tengan las entidades financieras en sus balances. También, inyectar liquidez a una economía que se muere de la sed.
Sea como sea, si papá Estado -expresión que ha dejado de ser peyorativa, por cierto- no tiene credibilidad, la cosa no funcionará. Pero si sí la tiene, éste sería el único enchufe al que conectar una lamparita al final del túnel. Y todos necesitamos creer en nuestro padre. En el caso del Tío Sam y en del Reino de España, confiamos en papá con razón, aparte de por necesidad. Y no repasaremos la Historia ahora; valdría con recordar algunos ejemplos cercanos para nosotros, en países con los que compartimos idioma.En Europa, el debate sobre cómo reanimar la economía se ha centrado en inyectar dinero público -como decimos, en sus distintas formas posibles y en una combinación de ellas- y en la rebaja de los impuestos. La rebaja de impuestos, en ortodoxia, deja mayor cantidad de dinero en manos del público y de las empresas, y permite que el ciclo de producción y consumo se avive y mantenga. Pero también tiene un riesgo innegable, que podemos describir con esta cadena de causas y efectos: el presupuesto público se alimenta de los impuestos, pero se drena con los subsidios por desempleo. Si el desempleo sube, como va a subir, el presupuesto se verá dañado. Si la rebaja de impuestos no consigue estimular la economía en la magnitud necesaria, la medida habrá sido fallida, y dejará maltrechas las cuentas públicas.
Nos la estamos jugando, pero por lo menos estamos en el terreno de juego. Criticar desde la grada a quien tiene la pelota con el marcador claramente en contra es cómodo, por no decir carroñero.
De todas formas, la Fed (en nuestro caso, el Estado español y la Unión Europea) hacía los deberes, que no consisten, sustancialmente, en otra cosa que en dar confianza a la gente, a las empresas, a los inversores extranjeros; al sistema en fin. Con estrategias financieras posibilistas, por mucho que el resultado sea un melón por calar. Las autoridades políticas hacen lo que deben, o sea, estar visibles, reunirse y negociar, discutir, acordar, planificar. Aunque las malas lenguas acuñen chascarrillos como "Salvavidas ZP: no sabemos lo que hacer". Hace dos días, diligente en la incertidumbre, nuestro Gobierno ha anunciado medidas que hipotecan la capacidad de intervención del Estado a medio plazo, pero que son sin duda necesarias para encarar la depresión que parece sobrevenir. A ver quién tira la primera piedra. Existen otras formas de dar confianza. Por ejemplo, avalar desde el sector público parte de las deudas adquiridas por familias y empresas; o emitir deuda pública -que, en sus distintas versiones, es siempre un activo financiero poco rentable pero seguro, por definición- que pueda ser cambiada por activos contaminados que tengan las entidades financieras en sus balances. También, inyectar liquidez a una economía que se muere de la sed.
Sea como sea, si papá Estado -expresión que ha dejado de ser peyorativa, por cierto- no tiene credibilidad, la cosa no funcionará. Pero si sí la tiene, éste sería el único enchufe al que conectar una lamparita al final del túnel. Y todos necesitamos creer en nuestro padre. En el caso del Tío Sam y en del Reino de España, confiamos en papá con razón, aparte de por necesidad. Y no repasaremos la Historia ahora; valdría con recordar algunos ejemplos cercanos para nosotros, en países con los que compartimos idioma.En Europa, el debate sobre cómo reanimar la economía se ha centrado en inyectar dinero público -como decimos, en sus distintas formas posibles y en una combinación de ellas- y en la rebaja de los impuestos. La rebaja de impuestos, en ortodoxia, deja mayor cantidad de dinero en manos del público y de las empresas, y permite que el ciclo de producción y consumo se avive y mantenga. Pero también tiene un riesgo innegable, que podemos describir con esta cadena de causas y efectos: el presupuesto público se alimenta de los impuestos, pero se drena con los subsidios por desempleo. Si el desempleo sube, como va a subir, el presupuesto se verá dañado. Si la rebaja de impuestos no consigue estimular la economía en la magnitud necesaria, la medida habrá sido fallida, y dejará maltrechas las cuentas públicas.
Nos la estamos jugando, pero por lo menos estamos en el terreno de juego. Criticar desde la grada a quien tiene la pelota con el marcador claramente en contra es cómodo, por no decir carroñero.


