la tribuna

G20: crisis de legitimidad

Gumersindo Ruiz / Catedrático De Economía / De La Universidad De Málaga | Actualizado 26.09.2009 - 01:00
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TRES reflexiones surgen de la reunión del G20 en Pittsburgh, Estados Unidos. Una, sobre la colaboración entre países que ha evitado, por el momento, una catástrofe económica; otra, sobre los diferentes intereses de las naciones, lo cual tiene que ver con el vigor con que cada uno está saliendo de la crisis; y por último, una respuesta al cuestionamiento de la legitimidad política por la forma en que se están planteando los problemas y dándoles soluciones.

Hace menos de un año se reunían los países del G20 en un momento dramático para la economía mundial. No fue difícil que acordaran realizar un esfuerzo conjunto, pues se temía lo peor y el miedo obligaba a hacer causa común para salvar el sistema financiero y los intercambios comerciales. En la segunda reunión, de abril de este año, se respiraba ya con cierto alivio, pues la cooperación entre gobiernos y bancos centrales, aunque no había conseguido recuperar la economía y el empleo, al menos ponía un freno a su caída.

En esta tercera reunión se han tratado cuestiones que afectan al control del sistema financiero, el mantenimiento del estímulo a las economías y la necesidad de que la economía internacional funcione con mayor equilibrio entre los que ahorran y los que gastan, los que consumen y los que producen. Además, se insiste en evitar el proteccionismo y reformar los organismos internacionales para dar más peso a países como China, India, Brasil o Rusia, que tienen un nuevo protagonismo. El asunto del cambio climático está siempre presente, en espera de la cumbre de diciembre en Copenhague.

Sobre el fondo de los principales temas hay acuerdo, sobre todo en la necesidad de mantener el estímulo a las economías y reformar el sistema financiero y sus instituciones. Más difícil es el consenso sobre aspectos concretos, ya que los países comparten un problema común que tienen que resolver entre todos, pero con dificultades específicas. Si no se encuentra un equilibrio entre producción y consumo, por muy eficiente y productiva que sea una economía, puede verse sin demanda para sus exportaciones, que desde luego no pueden venderse fuera del planeta; lo mismo es aplicable a la financiación y los flujos financieros entre acreedores y deudores, ahorradores e inversores.

La Organización Internacional del Trabajo ha mandado un informe en el que se calcula que 50 millones de puestos de trabajo no se van a recuperar y que va a haber una reducción en los intercambios internacionales y disminución del crecimiento tradicional y la creación de empleo; pero, claro, esto tiene repercusiones diferentes en cada país. Es interesante que Pittsburgh, la ciudad en la que se reúnen, sea un ejemplo de transformación de una ciudad industrial en decadencia, a un referente de economía diversificada, alto nivel cultural, desarrollo urbanístico ejemplar, bajo desempleo, y unas condiciones de vida excepcionales. La celebración de la cumbre para la recuperación económica en una ciudad que es un modelo internacional de revitalización y adaptación no deja de ser un símbolo, como lo es que el edificio en que se reúnen sea el primero del mundo de su tamaño en cumplir con los requisitos más exigentes de ahorro energético y diseño medioambiental.

Llama la atención el énfasis puesto por los jefes de Estado en el control del sistema financiero y en la limitación de las retribuciones de los directivos del sector; aunque no falta razón para ello, hacer tanto hincapié en cosas que tienen eco popular parece una forma de responder al cuestionamiento de los propios políticos y responsables de las instituciones. Jürgen Habermas llamaba a esto "crisis de legitimidad", y decía que las crisis no aparecen por un accidente externo imprevisible, sino por las propias contradicciones de los sistemas sociales, y si la situación es grave, en ese momento se pone en duda incluso la legitimidad del sistema y de sus gobernantes.

La lealtad de los votantes depende de que se mantenga el empleo y la productividad, y esto es común a cualquiera de los heterogéneos países, democráticos o no, que integran el G20; los dirigentes necesitan justificarse y tener gestos comunes, pero al mismo tiempo no quieren ceder en cuestiones, como el peso en el Fondo Monetario Internacional, que puedan interpretarse en sus países como pérdida de fuerza y de liderazgo. Es un momento difícil, pero también apasionante para la humanidad, y al final la verdadera calidad de los gobernantes, el sentido último de su legitimidad, va a estar en su capacidad de transformar la forma de producción y distribución internacional, y en llevar también esta transformación a sus propios países.