Localismos
EN TRÁNSITO
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Eduardo Jordá | Actualizado 17.03.2010 - 01:00HACE tres semanas, en una entrevista televisiva con Iñaki Gabilondo, Rosa Díez definió al presidente Zapatero como "un gallego en el sentido más peyorativo de la palabra". Esta frase inocua ha desencadenado una tormenta política que sólo parece posible en un país que se ha instalado de forma irreversible en el delirio. El Parlamento gallego ha emitido una declaración institucional en la que exigía a Rosa Díez "tolerancia y respeto al otro". Y tres partidos políticos que no son capaces de llegar a un solo acuerdo cuando vivimos la peor crisis económica en 80 años (PP, PSOE de Galicia y Bloque Nacionalista Galego) han firmado una declaración conjunta en la que consideran "indignante la utilización del gentilicio gallego como peyorativo".
Todo esto es asombroso. Rosa Díez no se refería nada más que al viejo dicho que afirma que un gallego es aquella persona que nunca sabes si sube o baja cuando te la encuentras en una escalera. Eso se ha venido diciendo desde hace siglos y es algo tan antiguo y tan estúpido como que los catalanes son agarrados y los andaluces graciosos y los mallorquines unos siesos que comemos ensaimadas. Y la frase de Rosa Díez era una respuesta tal vez un poco estúpida a una pregunta también un poco estúpida que le exigía un titular telegráfico sobre un personaje de actualidad. Cualquier persona con dos dedos de frente debería saber que nada se puede definir por medio de un titular apresurado, porque un titular es una simplificación, y ni siquiera un personaje tan aficionado a las simplificaciones y a los estereotipos como es Zapatero puede ser definido de este modo. Una opinión seria sobre un político o sobre un hecho relevante requiere una reflexión en profundidad con un margen para el matiz y la duda. Un entrevistador debería saber eso. Una entrevistada debería saber eso. Y los parlamentarios gallegos deberían saber algo tan simple como eso. La frase no era más que una frase superficial que respondía de forma superficial a una pregunta superficial. No era una frase despectiva ni mucho menos un insulto humillante. Y sólo a un loco se le puede ocurrir lo contrario.
Pero este país nuestro se ha instalado en una especie de ofuscación mental permanente. Desdeñamos lo importante, al mismo tiempo que perdemos cantidades ingentes de tiempo y de energía en trivialidades que no deberían importar a nadie. Y una frase que sólo se refería a la supuesta facilidad de los gallegos para la astucia y el sigilo -algo que para mí es más una virtud que un defecto- ha desencadenado una tormenta política de proporciones grotescas, cuando la verdadera tormenta está cada vez más cerca de nosotros. Y no está en el mundo inocuo de las palabras, sino en el mundo terrible de la economía.
Todo esto es asombroso. Rosa Díez no se refería nada más que al viejo dicho que afirma que un gallego es aquella persona que nunca sabes si sube o baja cuando te la encuentras en una escalera. Eso se ha venido diciendo desde hace siglos y es algo tan antiguo y tan estúpido como que los catalanes son agarrados y los andaluces graciosos y los mallorquines unos siesos que comemos ensaimadas. Y la frase de Rosa Díez era una respuesta tal vez un poco estúpida a una pregunta también un poco estúpida que le exigía un titular telegráfico sobre un personaje de actualidad. Cualquier persona con dos dedos de frente debería saber que nada se puede definir por medio de un titular apresurado, porque un titular es una simplificación, y ni siquiera un personaje tan aficionado a las simplificaciones y a los estereotipos como es Zapatero puede ser definido de este modo. Una opinión seria sobre un político o sobre un hecho relevante requiere una reflexión en profundidad con un margen para el matiz y la duda. Un entrevistador debería saber eso. Una entrevistada debería saber eso. Y los parlamentarios gallegos deberían saber algo tan simple como eso. La frase no era más que una frase superficial que respondía de forma superficial a una pregunta superficial. No era una frase despectiva ni mucho menos un insulto humillante. Y sólo a un loco se le puede ocurrir lo contrario.
Pero este país nuestro se ha instalado en una especie de ofuscación mental permanente. Desdeñamos lo importante, al mismo tiempo que perdemos cantidades ingentes de tiempo y de energía en trivialidades que no deberían importar a nadie. Y una frase que sólo se refería a la supuesta facilidad de los gallegos para la astucia y el sigilo -algo que para mí es más una virtud que un defecto- ha desencadenado una tormenta política de proporciones grotescas, cuando la verdadera tormenta está cada vez más cerca de nosotros. Y no está en el mundo inocuo de las palabras, sino en el mundo terrible de la economía.


