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El infierno, probablemente
la ciudad y los días
El infierno, probablemente
| Actualizado 17.03.2010 - 01:00HUBO un tiempo en que Holanda me pareció, como a tantos otros, una adelantada del progreso. Lo que está sucediendo estos últimos años allí, sin embargo, me la ha ido presentando como una pesadilla. También del progreso, desde luego, pero en un sentido huxleyano (Un mundo feliz) u orwelliano (1984) en el que la palabra, que antes indicaba un ir hacia adelante en pos de metas positivas -vivir más y mejor, superar las limitaciones de la naturaleza, reformar las estructuras injustas-, indica un ir hacia adelante sin meta. O, lo que es peor, hacia la desesperación y la nada. Lo terrible es que esto se da en una democracia avanzada que garantiza los derechos humanos y el bienestar derivado del avance social y tecno-científico.
Se diría que llegar al más alto grado de desarrollo y progreso sólo ha servido para descubrir que en esa meta, por la que tan duramente se ha luchado, no había nada que valiera verdaderamente la pena; nada sobre lo que fundamentar la existencia; nada que haga soportable vivir cuando se acaba el cuento consumista que lo cifra todo en la satisfacción de los deseos -tantas veces artificialmente inducidos- y el individuo se encuentra a solas frente a preguntas que ya no se pueden ignorar por más tiempo y para las que no hay respuestas que se puedan comprar en una gran superficie. Entonces, privada de máscaras y distracciones, la existencia se convierte en algo tan intolerable como puedan serlo, para tantos individuos de hoy, la soledad o el silencio. Y la vida, en vez de un don, se siente como una carga. "Te han dado la vida sin que tú la hayas pedido", leo en un foro en el que se discute la cuestión que me ha helado la sangre: se pide en Holanda el "derecho" al suicidio asistido por inyección letal para personas sanas mayores de 70 años. Sólo en un mes se han recogido 112.500 firmas, más que suficientes para forzar un debate parlamentario.
En el supuesto de que se apruebe "se formará concienzudamente al colectivo de enfermeros que aplicarán la inyección letal a todos aquellos mayores que así lo deseen", después que un médico certifique que ha decidido libremente y no sufre depresión. El horror. No puedo evitar acordarme de lo que Eugene Ionesco escribió en su diario: Dios o suicidio; y de lo que George Steiner cuenta que respondió el prestigioso investigador Paul De Man a un alumno perdido en eruditas elucubraciones cuando, gravemente enfermo, dictaba su último seminario en Yale: "¡Cállese, cállese! ¿O acaso no sabe que sólo hay un interrogante: la existencia o inexistencia de Dios?". Qué desoladoramente triste es este mundo feliz.
Se diría que llegar al más alto grado de desarrollo y progreso sólo ha servido para descubrir que en esa meta, por la que tan duramente se ha luchado, no había nada que valiera verdaderamente la pena; nada sobre lo que fundamentar la existencia; nada que haga soportable vivir cuando se acaba el cuento consumista que lo cifra todo en la satisfacción de los deseos -tantas veces artificialmente inducidos- y el individuo se encuentra a solas frente a preguntas que ya no se pueden ignorar por más tiempo y para las que no hay respuestas que se puedan comprar en una gran superficie. Entonces, privada de máscaras y distracciones, la existencia se convierte en algo tan intolerable como puedan serlo, para tantos individuos de hoy, la soledad o el silencio. Y la vida, en vez de un don, se siente como una carga. "Te han dado la vida sin que tú la hayas pedido", leo en un foro en el que se discute la cuestión que me ha helado la sangre: se pide en Holanda el "derecho" al suicidio asistido por inyección letal para personas sanas mayores de 70 años. Sólo en un mes se han recogido 112.500 firmas, más que suficientes para forzar un debate parlamentario.
En el supuesto de que se apruebe "se formará concienzudamente al colectivo de enfermeros que aplicarán la inyección letal a todos aquellos mayores que así lo deseen", después que un médico certifique que ha decidido libremente y no sufre depresión. El horror. No puedo evitar acordarme de lo que Eugene Ionesco escribió en su diario: Dios o suicidio; y de lo que George Steiner cuenta que respondió el prestigioso investigador Paul De Man a un alumno perdido en eruditas elucubraciones cuando, gravemente enfermo, dictaba su último seminario en Yale: "¡Cállese, cállese! ¿O acaso no sabe que sólo hay un interrogante: la existencia o inexistencia de Dios?". Qué desoladoramente triste es este mundo feliz.


