la tribuna

Los motivos de Garzón

Fernando García Castaño | Actualizado 17.03.2010 - 01:00
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SE escucha con cierta frecuencia la imputación de que el juez Baltasar Garzón ha llevado y lleva a cabo una actividad singular para alcanzar la fama o para proceder a favor o en contra de tal o cual agrupación. La inferencia obvia es la desvalorización de su obra, que queda reducida a la nada desde que se la concibe como fruto de un anhelo privado y egoísta.

Resulta paradójico que tal imputación conlleva el reconocimiento de una gestión especial por parte del juez. El intento de denigración pasa necesariamente por la admisión de una labor distinguida y única, ya que no se puede desacreditar lo que en sí es trivial y se ubica por naturaleza en el campo de lo ordinario y rutinario.

Por supuesto que Garzón no es el único a quien se atribuyen intenciones ocultas. La certeza de conocer lo que piensa el otro y estar al tanto de su motivación velada parece ser el deporte mental celtibérico. Lástima para tanto agorero que la ciencia cognitiva clasifique este tipo de pensamiento como ideación paranoide. Efectivamente, nadie puede tener la seguridad de lo que piensa otro si dicha persona no lo comunica y lo hace con franqueza. Todo lo demás es ejercicio paranoico disfrazado de actividad intelectual. Cuando Aaron Beck, pionero de la terapia cognitiva, se ocupó de la pretensión de creer conocer las ideas y designios de otros, la denominó "lectura de mente" y la ubicó entre los errores de pensamiento.

Existe una diferencia radical entre un juicio, siempre temporal y relativo, sobre la intencionalidad de los actos de una persona, basado en datos empíricos y que cumple la función de establecer una mera hipótesis sobre la conducta futura de tal individuo, y la imputación gratuita que refleja el vulgar "lo hace para…".

La realización de actos significativos engendra notoriedad. No se puede establecer la Teoría de la Relatividad, pintar Las señoritas de Avignon o inventar la bombilla eléctrica y pretender permanecer en el anonimato. La fama es consecuencia natural del éxito, independientemente de la voluntad de los que la alcanzaron. No se escucha a nadie afirmar que Leónidas defendió las Termópilas para que sepamos de él aún en este siglo, o que Galileo propuso la teoría heliocéntrica para pasar a la posteridad. Tales aseveraciones son tan evidentemente disparatadas que ni siquiera se le ocurren a alguien razonablemente normal. Leónidas es célebre porque defendió las Termópilas y Galileo porque estableció que el sistema solar es heliocéntrico. Primero, la acción; la consecuencia después. No es sensato ni lógico invertir el orden.

La figura del juez Garzón ha alcanzado sobrada popularidad, consecuencia de la obra que ha realizado. Martillo de etarras y narcotraficantes, cientos de estos delincuentes están encarcelados gracias a su diligencia. Sin ellos por las calles, la vida es más segura.

Sin embargo, habría de ser la persecución del terrorismo de Estado y del genocidio la causa que ha logrado para Garzón una proyección internacional. La detención de Augusto Pinochet en Londres es un hito histórico. Cierto es que las conveniencias políticas, primero, y la muerte después, echaron una mano a éste para que no llegara a sentarse en el banquillo de los acusados, lo que nos ha privado de un juicio que habría sido una resonancia de Núremberg. Mas no es menos cierto que este arresto fue un golpe certero a la impunidad de los dictadores y al ego patológico de los militares genocidas.

Más aún, Garzón ha sido el único que se ha ocupado directamente de nuestro propio genocidio, orquestado por el sapo iscariote y ladrón, al decir de León Felipe. España arrastra la ignominia de no haber abordado directa y plenamente los crímenes de nuestra dictadura, un capítulo que las sospechosas intenciones de algunos desearían ver cerrado y que un sentido mínimo de la justicia y de la ética obliga a mantener abierto. La iniciativa de Garzón es agradecida por todos los que por un momento vieron una ventana abierta al desagravio y la reparación.

La motivación que haya tenido Garzón para realizar esta obra es inmaterial. Lo importante son los hechos, no las intenciones. No obstante, una lógica elemental dice que nadie se arroja al vacío desde la Giralda o desde la torre Eiffel para satisfacer su deseo de salir en la prensa. Al incordiar a tanta canalla, Garzón ha puesto su vida en peligro. Es altamente dudoso que haya llegado tan lejos para conquistar la fama.

Es natural que Baltasar Garzón haya ganado renombre. ¿Sus intenciones? Él las conoce y a los demás no nos conciernen.
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