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La dura penitencia del recuerdo
Las Aguas
La dura penitencia del recuerdo
Se cumplen diez años de la muerte de Juan Carlos Montes, costalero del Cristo
Diego J. Geniz | Actualizado 07.04.2009 - 12:40La ausencia se renueva cada año por las calles sevillanas y ayer no iba a ser menos. Han pasado diez años, pero duele tanto como el primer día, como las últimas horas de aquel Lunes Santo, cuando de vuelta a la capilla un corazón dejó de latir en el Postigo. Efemérides de luto, de duelo.
La cofradía del Dos de Mayo fue un largo ceremonial para la memoria, de recuerdo grabado en un azulejo que testimonia la muerte de un costalero a la orilla del arco del Aceite.
Ha pasado una década, la cofradía se ha transformado. Ahora los nazarenos forman bajo unas bóvedas en las que antaño se construían barcos. Las Atarazanas se tornan en morado y blanco. El paso -aún sin terminar- es distinto, ya se cambió la añeja caoba por estos nuevos oros que despiden el atardecer de la segunda jornada de la semana. De la recoleta capilla sale un misterio, mitad escénico, mitad alegórico. El sudario del Cristo ha encontrado sus viejos colores, desdibujados con el paso del tiempo. Las potencias vuelven a coronar sus sienes. Retratos antiguos. Estéticas pretéritas hasta en el atuendo de la Virgen del Mayor Dolor, cuya forma de vestir es cada vez más acertada. Pasa el misterio por Arfe con un andar sobrio, elegante, sin apenas dejar a los presentes más tiempo de fijarse en los detalles, sólo los segundos suficientes para mirar al Hijo y a la Madre. Ciertamente la cofradía ha cambiado. Por tener, hasta cuenta ya entre sus costaleros con un sacerdote. Cuando pasa la Virgen de Guadalupe, con tules que rejuvenecen aún más su pueril rostro, la tarde ha sucumbido por completo. El Arenal se tiñe de oscuro.
Se recogen las sillas plegables y empiezan a hervir los peroles. Incienso y aceite. Llega la noche. La vuelta deja aún más presente la ausencia. Todos quieren estar ahí, al lado del arco, revivir la historia después de una década. La filactelia que porta un querubín del misterio resume el sentimiento. José Carlos Montes nunca cayó en el olvido. El recuerdo, sin duda, la más dura penitencia.
La cofradía del Dos de Mayo fue un largo ceremonial para la memoria, de recuerdo grabado en un azulejo que testimonia la muerte de un costalero a la orilla del arco del Aceite.
Ha pasado una década, la cofradía se ha transformado. Ahora los nazarenos forman bajo unas bóvedas en las que antaño se construían barcos. Las Atarazanas se tornan en morado y blanco. El paso -aún sin terminar- es distinto, ya se cambió la añeja caoba por estos nuevos oros que despiden el atardecer de la segunda jornada de la semana. De la recoleta capilla sale un misterio, mitad escénico, mitad alegórico. El sudario del Cristo ha encontrado sus viejos colores, desdibujados con el paso del tiempo. Las potencias vuelven a coronar sus sienes. Retratos antiguos. Estéticas pretéritas hasta en el atuendo de la Virgen del Mayor Dolor, cuya forma de vestir es cada vez más acertada. Pasa el misterio por Arfe con un andar sobrio, elegante, sin apenas dejar a los presentes más tiempo de fijarse en los detalles, sólo los segundos suficientes para mirar al Hijo y a la Madre. Ciertamente la cofradía ha cambiado. Por tener, hasta cuenta ya entre sus costaleros con un sacerdote. Cuando pasa la Virgen de Guadalupe, con tules que rejuvenecen aún más su pueril rostro, la tarde ha sucumbido por completo. El Arenal se tiñe de oscuro.
Se recogen las sillas plegables y empiezan a hervir los peroles. Incienso y aceite. Llega la noche. La vuelta deja aún más presente la ausencia. Todos quieren estar ahí, al lado del arco, revivir la historia después de una década. La filactelia que porta un querubín del misterio resume el sentimiento. José Carlos Montes nunca cayó en el olvido. El recuerdo, sin duda, la más dura penitencia.
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