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En busca del primo nazareno
La Bofetá
En busca del primo nazareno
Desde las cinco de la tarde aguardaba el público para ver la salida de la cofradía
Fernando Pérez Ávila | Actualizado 08.04.2009 - 08:33
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"Ése va a ser. Alberto. ¡¡¡Albertoooo!!!. ¿¿¿Eres Alberto???". El nazareno mira, extrañado porque ha avanzado apenas tres metros desde que cruzó la puerta de la parroquia de San Lorenzo y una chica le pregunta a gritos desde la primera fila de la valla si es Alberto o no. Niega con la cabeza y sigue su camino. "Pues entonces va a ser ése". Resulta que tampoco es Alberto. Y el que viene detrás tampoco. Ni el otro. "Pero, niña, ¿en qué tramo va?". "Es que no lo sé". "Pues aviaos estamos. Vas a tener que preguntarle a toda la cofradía".
La chica que busca con insistencia a su primo Alberto, de 10 años, es Patricia Prieto. Lleva desde las cinco de la tarde apostada tras la valla en la Plaza de San Lorenzo, sólo para ver a su primo. Una amiga le pregunta si no se le ha ocurrido buscarle en otra calle, donde quizás no haya tanta gente viendo la cofradía y posiblemente sea más fácil encontrarle. "Sí, pero yo quería verlo en la salida", dice. La acompaña Enrique Galván y dos amigos más, obligados a pasarse tres horas y media tras la valla comiendo pipas y contando chistes.
En ese rato, cientos de personas han tenido tiempo de cruzar la plaza para besar la mano al Señor del Gran Poder, que anoche podía verse desde el estratégico punto escogido por Patricia para encontrar a su primo vestido de nazareno. "Oiga, ¿sabe si quedan muchos por salir?", pregunta, angustiada, cuando ya se intuyen los ciriales y se mueve el palio de la Virgen del Dulce Nombre en el interior de la iglesia. Dan las nueve en San Lorenzo, el reloj de la leyenda de la mujer emparedada. El palio se planta en la puerta de la parroquia. El cielo tiene una tonalidad azul pavo y muestra una luna casi llena. Patricia y sus amigos se han visto el atardecer completo en su primera fila. Pasa el palio, pasa la banda, pasa el tío del carrito... y ni rastro de Alberto. "Bueno, por lo menos hemos visto una peaso de cofradía, ¿no?". "Pos claro que sí".
La chica que busca con insistencia a su primo Alberto, de 10 años, es Patricia Prieto. Lleva desde las cinco de la tarde apostada tras la valla en la Plaza de San Lorenzo, sólo para ver a su primo. Una amiga le pregunta si no se le ha ocurrido buscarle en otra calle, donde quizás no haya tanta gente viendo la cofradía y posiblemente sea más fácil encontrarle. "Sí, pero yo quería verlo en la salida", dice. La acompaña Enrique Galván y dos amigos más, obligados a pasarse tres horas y media tras la valla comiendo pipas y contando chistes.
En ese rato, cientos de personas han tenido tiempo de cruzar la plaza para besar la mano al Señor del Gran Poder, que anoche podía verse desde el estratégico punto escogido por Patricia para encontrar a su primo vestido de nazareno. "Oiga, ¿sabe si quedan muchos por salir?", pregunta, angustiada, cuando ya se intuyen los ciriales y se mueve el palio de la Virgen del Dulce Nombre en el interior de la iglesia. Dan las nueve en San Lorenzo, el reloj de la leyenda de la mujer emparedada. El palio se planta en la puerta de la parroquia. El cielo tiene una tonalidad azul pavo y muestra una luna casi llena. Patricia y sus amigos se han visto el atardecer completo en su primera fila. Pasa el palio, pasa la banda, pasa el tío del carrito... y ni rastro de Alberto. "Bueno, por lo menos hemos visto una peaso de cofradía, ¿no?". "Pos claro que sí".
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