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La otra arquitectura de lo efímero
Santa Cruz
La otra arquitectura de lo efímero
El Cristo y el paso de palio lucen con personalidad propia por Mateos Gago
T. P. | Actualizado 13.04.2009 - 18:02
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Los capillitas que acostumbran a presenciar la salida de la Candelaria y a traslarse a Mateos Gago para asistir a la de Santa Cruz aprovechando la cercanía de ambas, tuvieron ayer que eligir o correr justo después de que el Cristo de la Salud franqueara la parroquia de San Nicolás, porque prácticamente coincidió en el tiempo con el de Mateos Gago.
Pero el aire era mucho más frío, más cortante en esta calle que desemboca en la Catedral. Levantaba incluso las telas de los balcones bajo las palmas del Domingo de Ramos e invitaba a abrocharse las chaquetas, como un elemento más de una iconografía más cercana a la muerte, que invita a devotos y espectadores al recogimiento.
La rampa de madera que se coloca para salvar los escalones de la parroquia de Santa Cruz se convirtió en una suerte de escenario para los más rezagados. El Cristo de las Misericordias con su barba alzada, la dolorosa -Santa María de la Antigua- a sus pies y las tablas pintadas del paso cobran vida, se recortan sobre un cielo celeste de nubes difuminadas al que apuntan largos capirotes oscuros.
Un extranjero dispara su cámara digital sin cesar, ávido de llevarse a casa las imágenes que lo trajeron a este barrio y a esta cofradía señeros. Una mujer se limpia una lágrima bajo unas gafas oscuras. Una pareja que se hacía arrumacos, se olvida por un momento para concentrarse en la escena.
Poco después de que las campanas de la parroquia de Santa Cruz tocaran, a las siete y media de la tarde, un reguero de monaguillos dio paso a la arquitectura del palio de la Virgen de los Dolores, rotundo y magestuoso cuando el perfil de la Giralda está aún oculto por las aristas y el desnivel de la calle. Sólo el paso rítmico de los costaleros sobre la tarima rompía el silencio. Superada la parte más difícil de la salida, parte del público estalló en aplausos y la otra instó a callar para no romper el momento.
La multitud se dispersó después como un río de mil brazos por esas otras calles de la Judería y el Santa Cruz menos conocido que Sevilla sólo hace suyas como atajo ante la bulla cada Semana Santa.
Pero el aire era mucho más frío, más cortante en esta calle que desemboca en la Catedral. Levantaba incluso las telas de los balcones bajo las palmas del Domingo de Ramos e invitaba a abrocharse las chaquetas, como un elemento más de una iconografía más cercana a la muerte, que invita a devotos y espectadores al recogimiento.
La rampa de madera que se coloca para salvar los escalones de la parroquia de Santa Cruz se convirtió en una suerte de escenario para los más rezagados. El Cristo de las Misericordias con su barba alzada, la dolorosa -Santa María de la Antigua- a sus pies y las tablas pintadas del paso cobran vida, se recortan sobre un cielo celeste de nubes difuminadas al que apuntan largos capirotes oscuros.
Un extranjero dispara su cámara digital sin cesar, ávido de llevarse a casa las imágenes que lo trajeron a este barrio y a esta cofradía señeros. Una mujer se limpia una lágrima bajo unas gafas oscuras. Una pareja que se hacía arrumacos, se olvida por un momento para concentrarse en la escena.
Poco después de que las campanas de la parroquia de Santa Cruz tocaran, a las siete y media de la tarde, un reguero de monaguillos dio paso a la arquitectura del palio de la Virgen de los Dolores, rotundo y magestuoso cuando el perfil de la Giralda está aún oculto por las aristas y el desnivel de la calle. Sólo el paso rítmico de los costaleros sobre la tarima rompía el silencio. Superada la parte más difícil de la salida, parte del público estalló en aplausos y la otra instó a callar para no romper el momento.
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