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La sobriedad y la ciudad que se reinventa
CRISTO DE BURGOS
La sobriedad y la ciudad que se reinventa
La rotundidad del crucificado se impuso de nuevo desde su salida
T. P. | Actualizado 09.04.2009 - 12:29
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Pasadas las siete de la tarde, no había ayer banco, escalón, bordillo de parterre, valla o bicicleta de alquiler que alguien no hubiese ocupado como improvisado asiento en la Plaza del Cristo de Burgos aguardando la salida de la hermandad del mismo nombre. Pilar Vega -84 Semanas Santas-, ocupaba una sillita plegable escoltada por su hijo. Era el primer día que pudo salir y un Miércoles Santo difícil porque hacía justo un año que murió su marido, según explicó el joven tras la escueta respuesta de la mujer sobre sus sentimientos en estos días: "Me gustan, pero te acuerdas de momentos, de mucha gente que falta".
Y es que todo queda grabado en la memoria, caprichosa tantas veces, con los instantes intensos vividos: quienes nos acompañan en ese momento, los anhelos que nos perturban y hasta el vestido recién estrenado. Y la tremenda presencia de la talla del Cristo del Burgos -con la pátina de casi 500 años de historia- no puede menos que conmover al que la contempla.
En la tarde espléndida de ayer, su sobriedad logró imponer el silencio en esta gran abertura del casco histórico que conforman San Pedro y la calle Imagen y en la que el sonido del oboe, el clarinete y el fagot que le acompañan se difuminan. La cera acumulada en los hachones caía al vaivén de las primeras chicotás y brillaba al trasluz de un sol que caía pero que hizo refulgir las potencias recién restauradas del Señor. En la memoria de este año quedará la perspectiva del crucificado avanzando hacia la enorme grúa -su forma de cruz era patente ayer más que nunca- alzada en la Plaza de la Encarnación para la construcción de las setas.
Fue uno de los temas de conversación que surgieron en los grupos. También hubo quien intentó hacer memoria de los años que hace que se construyeron los edificios de soportales y oficinas, cuyos balcones estaban ocupados ayer ya fuera de horario. No hubo mucho tiempo, porque poco antes de las ocho las volutas de incienso que salían de la iglesia San Pedro pusieron en alerta de que era el momento del paso de palio. Hubo murmullos en los segundos que tardó en franquear el dintel y voces de admiración cuando el paso se alzó sin brusquedad alguna y echó a andar al son de Madre de Dios de la Palma.
Y es que todo queda grabado en la memoria, caprichosa tantas veces, con los instantes intensos vividos: quienes nos acompañan en ese momento, los anhelos que nos perturban y hasta el vestido recién estrenado. Y la tremenda presencia de la talla del Cristo del Burgos -con la pátina de casi 500 años de historia- no puede menos que conmover al que la contempla.
En la tarde espléndida de ayer, su sobriedad logró imponer el silencio en esta gran abertura del casco histórico que conforman San Pedro y la calle Imagen y en la que el sonido del oboe, el clarinete y el fagot que le acompañan se difuminan. La cera acumulada en los hachones caía al vaivén de las primeras chicotás y brillaba al trasluz de un sol que caía pero que hizo refulgir las potencias recién restauradas del Señor. En la memoria de este año quedará la perspectiva del crucificado avanzando hacia la enorme grúa -su forma de cruz era patente ayer más que nunca- alzada en la Plaza de la Encarnación para la construcción de las setas.
Fue uno de los temas de conversación que surgieron en los grupos. También hubo quien intentó hacer memoria de los años que hace que se construyeron los edificios de soportales y oficinas, cuyos balcones estaban ocupados ayer ya fuera de horario. No hubo mucho tiempo, porque poco antes de las ocho las volutas de incienso que salían de la iglesia San Pedro pusieron en alerta de que era el momento del paso de palio. Hubo murmullos en los segundos que tardó en franquear el dintel y voces de admiración cuando el paso se alzó sin brusquedad alguna y echó a andar al son de Madre de Dios de la Palma.
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