Los Negritos

Con la luz como aliada

Después de dos años sin salir por la lluvia, la hermandad luce en todo su esplendor

T. Perdiguero | Actualizado 10.04.2009 - 08:01
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El Cristo de la Fundación poco después de su salida, por la calle Resolana.

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Las puertas de la Capilla de los Ángeles ya se habían abierto cuando Francisco Váquez, costalero de la Virgen cuya veteranía delataba el pelo cano, buscaba entre la multitud de la calle Recaredo a su familia. Este año era especial y no sólo porque después de dos Jueves Santo de inoportuna lluvia luciera el sol para los Negritos, sino porque iba a ser el primero que haría estación de penitencia como abuelo. "Lucía tiene tres meses y una levantá será por ella", decía emocionado, después de 33 años bajo las trabajaderas de la Virgen, aunque las rozó desde chico. Nacido en la casa contigua a la capilla -hoy sede a una sucursal de Cajasol- se metía bajo del paso cuando su padre, Enrique, lo pintaba.

Son esbozos del patrimonio sentimental de una de las cofradías más antiguas. Fundada en los albores del siglo XV por esclavos negros libertados, estuvo vetada hasta el XIX para los blancos. Pero las pieles tostadas que se vieron ayer fueron testimonales, a tenor la multiculturalidad que se ha asentado de nuevo en esta ciudad que fuera puerta del mundo.

Tres monaguillos de origen cubano hicieron las delicias de los fotógrafos y Machín volvió a dar juego para las crónicas. Aunque Andrea -adolescente parisina en viaje de estudios a la que muchos miraban preguntándose si buscaba una vinculación remota por su color de piel- desconocía la génesis de esta hermandad, que le pareció interesante, según la traducción que hizo Mayola, su compañera de viaje, en un correcto español.

Cuando pocos minutos después de las tres bocanadas de incienso comenzaron a salir de la diminuta capilla, el público que se guarecía del sol entre los árboles aún escuálidos de hojas se arremolinó alrededor del pasillo de nazarenos, con sandalias sin calcetines. El Cristo de la Fundación salió suavemente, pese a las ganas que tenían sus costaleros. La chicotá con la que reviró fue silenciosa para los que estaban a apenas unos metros del impresionante crucificado del XVII porque la música de cámara se diluía al poco.

Pero, a las cuatro menos veinte, con la tarde en su cénit, las miradas se recrearon sobre todo en la Virgen de los Ángeles. La luz se convirtió en parte más del bordado del palio e hizo lucir como nunca el tisú celeste, la plata vieja y oro del manto por la avenida. A cada levantá saltaban pétalos del techo del palio que le tiraron a la salida desde la espadaña dos hermanos trasplantados y agradecidos con ella.
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