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El cortejo se desvió por 0'Donnell por la mancha resbaladiza en Tetuán
La Quinta Angustia
El cortejo se desvió por 0'Donnell por la mancha resbaladiza en Tetuán
Este año el misterio de la Magdalena procesionó sin los cánticos de capilla
A. S. A. | Actualizado 13.04.2009 - 17:54
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El cambio de itinerario de la cofradía de la Quinta Angustia por O'Donnell, en lugar de por Rioja, fue la novedad más significativa de este año. La idea era evitar el reguero resbaladizo que había dejado por la tarde un vehículo de Lipasam sobre una gran extensión del pavimento a lo largo de la calle Tetuán.
El misterio del descendimiento de Jesús de la Cruz por parte de José de Arimatea y Nicodemus cruzando una calle mucho más estrecha que Rioja dio una nueva perspectiva al público incondicional que cada año acude a ver este sobrecogedor conjunto iconográfico. La sociología de las familias que no se pierden la Quinta Angustia es singular, clásica, sin la variedad de personajes que caracteriza al sabor de barrio. Los semblantes son serios.
La verticalidad por O'Donnell ante la vista era doble: de las fachadas que casi se tocaban y de las tres figuras más elevadas del paso y la cruz. Y las filas de nazarenos muy pegados, sin apenas espacio para algo más.
En la iglesia de la Magdalena, el paso se asomó al dintel de la puerta antes de dar las ocho menos cinco. Y una vez fuera avanzó a paso largo ante un silencio absoluto de los presentes.
A diferencia de lo habitual, este año no se escucharon los cantos del coro que acompañaban al trío de oboe, clarinete y fagot. La decisión fue tomada por votación en el cabildo de salida de la hermandad.
Una enorme masa de personas se agolpa en los alrededores de la Iglesia de la Magdalena hasta la confluencia con la plaza del mismo nombre. Entre el río de capirotes morados sobresalen las cabecitas de tres turistas con acento francés, ataviados con ropa fresca y deportiva de color claro. No paran de mirar a todos lados y cuando el paso se detiene junto a sus ojos se admiran de ver el movimiento de la figura del Señor. Uno de ellos intenta captar la escena con su cámara de vídeo, pero la luz le estropea el plan.
Una pandilla de niñas sobre un contenedor de papel consigue vistas exclusivas de la cofradía en la esquina de San Pablo con la calle Bailén e incluso una de ellas aprovecha para tomar fotografías desde lo alto. En un momento, todos los cuellos se estiran cuando el paso está encima. El recogimiento es absoluto. Sólo se oye el Cristo moviéndose sobre su bisagra. Una señora comenta que se ha quedado impresionada.
El misterio del descendimiento de Jesús de la Cruz por parte de José de Arimatea y Nicodemus cruzando una calle mucho más estrecha que Rioja dio una nueva perspectiva al público incondicional que cada año acude a ver este sobrecogedor conjunto iconográfico. La sociología de las familias que no se pierden la Quinta Angustia es singular, clásica, sin la variedad de personajes que caracteriza al sabor de barrio. Los semblantes son serios.
La verticalidad por O'Donnell ante la vista era doble: de las fachadas que casi se tocaban y de las tres figuras más elevadas del paso y la cruz. Y las filas de nazarenos muy pegados, sin apenas espacio para algo más.
En la iglesia de la Magdalena, el paso se asomó al dintel de la puerta antes de dar las ocho menos cinco. Y una vez fuera avanzó a paso largo ante un silencio absoluto de los presentes.
A diferencia de lo habitual, este año no se escucharon los cantos del coro que acompañaban al trío de oboe, clarinete y fagot. La decisión fue tomada por votación en el cabildo de salida de la hermandad.
Una enorme masa de personas se agolpa en los alrededores de la Iglesia de la Magdalena hasta la confluencia con la plaza del mismo nombre. Entre el río de capirotes morados sobresalen las cabecitas de tres turistas con acento francés, ataviados con ropa fresca y deportiva de color claro. No paran de mirar a todos lados y cuando el paso se detiene junto a sus ojos se admiran de ver el movimiento de la figura del Señor. Uno de ellos intenta captar la escena con su cámara de vídeo, pero la luz le estropea el plan.
Una pandilla de niñas sobre un contenedor de papel consigue vistas exclusivas de la cofradía en la esquina de San Pablo con la calle Bailén e incluso una de ellas aprovecha para tomar fotografías desde lo alto. En un momento, todos los cuellos se estiran cuando el paso está encima. El recogimiento es absoluto. Sólo se oye el Cristo moviéndose sobre su bisagra. Una señora comenta que se ha quedado impresionada.
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