Son y están

"El 80% de los defectos de un niño pueden ser corregidos"

La Cruz de Oro de la Orden Civil de la Solidaridad Social que le ha impuesto la Reina simboliza la ingente labor en pro de los niños que desarrolla desde hace 42 años este pediatra, tan activo que se sigue levantando antes de las 5 de la mañana y al que tantas familias agradecidas paraban con cariño por la calle en Semana Santa

| Actualizado 19.04.2009 - 05:03
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El prestigioso pediatra, en el despacho de su casa en Capitán Vigueras.

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Junto a la fuente de la Avenida de Málaga, cerca del Prado y de los Jardines de Murillo, que forma parte de su paisaje vecinal desde hace décadas.

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SI se pusiera en pie una clasificación de personas queridas en Sevilla, Ignacio Gómez de Terreros aparecería sin duda en esa lista. Es la fortuna de recibir el aprecio de miles de niños que se han hecho mayores y tienen a su vez hijos que también descubren el cariño que le pone a la vida este médico de espíritu jovial y sonrisa frecuente, que se siente un privilegiado por ayudar a la felicidad del prójimo, y en cuyo despacho hay un cajón siempre lleno de caramelos. Su notable curriculum no añade un ápice de altivez a su trato. Profesor de Pediatría en la Facultad de Medicina, vicedecano en el Hospital Universitario Virgen del Rocío, jefe de servicio de Pediatría en dicho centro, académico numerario, socio de honor de Unicef, presidente del Consejo Andaluz de Menores. Es uno de los pioneros en España en la investigación sobre maltrato infantil, autor de numerosos estudios de referencia sobre patologías crónicas.

-¿Desde niño tuvo clara su vocación por la medicina?

-Sí, y en particular por la que pudiera ayudar a los niños. No quería quirófanos. Tuve grandes maestros: Manuel Suárez Perdiguero, Manuel Zarapico, Tomás Charlo, Manuel Peña, Juan Luis Morales, Manuel Laffón Soto, Antonio González Meneses.

-¿Cómo empezó a ejercer?

-En 1968, en la Casa Cuna para niños abandonados (edificio que ahora es la sede del Instituto San Telmo) a las órdenes de Manuel Laffón. Además también iba, sin cobrar, a la Cruz Roja y a la Gota de Leche. Entonces no se miraba el dinero, sino ir detrás de tus maestros. Y en 1971 entré también en el Hospital Virgen del Rocío.

-¿Le marcó la Casa Cuna?

-Aquello era impactante, viendo cómo llegaban madres que entregan a sus hijos recién nacidos y te rogaban que acabara en una familia con medios para criarlo. Las condiciones eran malas por exceso de niños, había unos 200. Contaban con alimentación y atención médica, pero carecían de muchas cosas. Fueron años apasionantes en los que, cuando asumí la dirección, me marqué el objetivo de cerrarlo en 10 años si a la vez era capaz de resolver el problema de desamparo y acogida, los niños pasaban allí demasiado tiempo. Fue la etapa más apasionante de mi vida. Conseguí que en la Diputación se pasara de la beneficencia a consagrar los derechos del niño.

-¿Qué fue capaz de articular?

-Incorporar educadores, psicólogos, etc. Los primeros tres años de vida son decisivos en el desarrollo emocional de la persona. La carencia de vínculos y de afectos, suceda dentro de una familia o cuando se carece de ella, es una rémora tremenda. Aceleramos los procesos de adopción, que eran muy farragosos. Alfredo Flores me ayudó como jurista a ser pioneros en las formas de acogida. Con Manuel del Valle, como presidente de la Diputación, empezamos a potenciar las condiciones para la adopción, y a establecer las pruebas de idoneidad de los posibles padres adoptivos. Y los que entraban o permanecían empezaron a vivir en habitaciones, y no en salas de camas en hileras. Y a disponer de cuarto de baño, en lugar de tener letrinas. Conseguimos que la Diputación comprara un autobús para que fueran al colegio, repartidos por varios centros educativos.

-¿Cómo era capaz de estar en misa y repicando?

-Porque sentía a todos como "mis niños". Cuando llegó la Ley de Incompatibilidades para quienes trabájamos en la función pública, opté por el hospital, donde también era mucho lo que se podía avanzar en calidad asistencial. Aunque Del Valle, sin que yo lo supiera, demoró todo lo que pudo la tramitación de la solicitud, y así seguía atendiendo en la Casa Cuna. Y yo le insistía en que debía firmar la renuncia para no incurrir en una ilegalidad. Pero me decía: "Ignacio, cómo a voy a dejar a unos niños sin su padre".

-¿Cuáles fueron sus primeros logros en el gran hospital de Sevilla?

-Fuimos pioneros en que los padres estuvieran junto a sus hijos recién nacidos. Ya incluso dentro de la Unidad de Cuidados Intensivos. Había un miedo reverencial a las epidemias y los contagios, pero la ciencia médica ha ido consolidando la conveniencia del desarrollo de los mecanisnos de autodefensa.

-¿Y a partir de ahí?

-Mi especialidad es la pediatría social y he procurado siempre avanzar en la atención integral del niño. También me he dedicado mucho al maltrato infantil. Por ello fui el primer presidente de la asociación Adima, centrada en esa lacra. En los comienzos nos apoyó mucho Monteseirín, como presidente de la Diputación. También me he preocupado por la atención a las enfermedades raras. Estoy muy ligado al equipo del Defensor del Pueblo dedicado a temas de infancia. Y presido el Consejo Andaluz de Asuntos de Menores, precisamente este domingo 19 acaba mi segundo mandato.

-Ahora que se acerca a los 70 años, ¿qué es mejor: adelantar o retrasar la edad de jubilación?

-Es un disparate la pérdida de talento para el sistema andaluz público de sanidad al desperdiciar antes de lo debido mentes como las de Germán Rodríguez Criado, el gran experto en dismorfología, o la de Manuel Pérez Pérez, de nutrición infantil. Figuras como ellos se van a la medicina privada para seguir en activo. Se debería poder trabajar al menos hasta los 70 años y no poner el listón en los 65.

-¿Cómo es su ritmo vital a diario?

-Me levanto siempre entre las 4:30 y las 5 de la madrugada, procuro dormir siesta y me acuesto a las 10 de la noche. La gente se sorprende por esos horarios tan tempraneros, pero es cuando tengo más lucidez para pensar y escribir. Soy soltero y mi tiempo libre siempre ha sido muy escaso. Donde recargo las pilas es en Chipiona, donde mi familia ha veraneado de continuo. Me relaja mucho navegar en nuestro barco, o mirar el mar, o estar con los pecadores y los amigos de allí.

-¿La Cruz de Oro de la Solidaridad Social es el colofón a su carrera?

-El valor que le doy es reconocer el trabajo en equipo. Siempre he procurado rodearme de personas que se implicaran a fondo en los proyectos. A ellos se lo dedico.

-¿Qué le parece el control para restringir las visitas a enfermos?

-Es muy necesario. Le pongo un ejemplo claro: un niño llamado Pedro Pablo, de 14 años, que sufre cardiopatía, nos escribió una carta en la que decía: ¿por qué tenía que haber tanta gente de visita en las habitaciones?. Se sentía molesto y abrumado por el exceso de personas y el ruido. Hacen falta controles, hay que dar con la fórmula de la flexibilidad porque es buena la relación paciente-entorno, pero no funciona la permisividad total, genera muchos problemas.

-Los niños son más indomables y fracasan más en los estudios.

-Se ha pasado de un modelo con demasiada disciplina a otro en el que no se ponen límites. Insisto: los primeros años son decisivos en la formación de la persona, y ahora las familias se sienten desconcertadas y desarmadas para educar a sus hijos, no saben cómo acertar. Por otro lado, en las escuelas, aunque hay excelentes profesionales, se sienten desbordados porque les faltan apoyos para marcar un criterio de autoridad. Y los medios de masas no están ayudando a la correcta educación en valores. Por lo tanto, las bases de la socialización (familia, escuela y medios) están fallando en su cometido. Y no se detectan a edad temprana las carencias o defectos de la personalidad que se forja en el niño.

-¿Qué puede hacer el profesor?

-Se refugian en intentar impartir conocimientos y aportan poca educación en valores. Los padres no les apoyan y participan muy poco de la vida de esos centros. Cuando un niño genera problemas, hay que tomarse más en serio la figura de la tutoría. Y aconsejo consolidar más la figura del llamado contrato entre el centro, los profesores y los padres para consensuar los criterios de actuación dentro y fuera de las aulas con los niños con problemas de socialización.

-¿El pasado traumático o marginal marca a un niño de modo indefectible para repetir de adulto las conductas antisociales?

-Influyen factores biológicos, genéticos, sociales, etc. Pero está demostrado que un 80 por ciento de los factores que marcan la personalidad de un niño en su crecimiento pueden ser corregidos sean cuales sean sus genes. Lo de niño maltratado igual a adulto maltratador no es una ecuación inexorable. Si se corrige a tiempo con atención específica. Por ejemplo, con todos los planes que hay sobre la violencia de género, se estaba pensando sólo en la defensa de las madres , olvidando que los niños son víctimas muy traumatizadas de esas situaciones aunque la violencia no vaya dirigida contra ellos. Se está reaccionando y dedicando más atención social y educativa a los niños.

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