La Bienal de las tres amarguras

  • Ha sido un encuentro sin riesgo que ha funcionado, en el que han destacado el cante de Rocío Márquez y José Valencia y las guitarras de Rafael Riqueni, Manolo Franco y Paco Jarana.

Parece una norma no escrita de la Bienal: lo que perdura de este festival no son espectáculos sino fragmentos, instantes. Después de tres semanas largas, de más de 80 representaciones, lo que queda en la memoria del aficionado es un momento. Lo mejor del festival ha sido un tercio. La primera parte de tres del espectáculo …Y Sevilla, protagonizada por un trío de ensoleradas guitarras. La sonanta joven y madura, segura, experimentada en cientos de batallas de las que siempre extrae luz de neón, belleza crepuscular, lirismo cibernético, de Paco Jarana. El esmero y elegancia, no exentos de complicidad, de Manolo Franco. Y la entrega, la poesía viva, la verdad de a puño de Rafael Riqueni cuyo trémolo es un patrimonio urbano, como la espadaña de Santa Paula o la fachada de la Caridad.

Como espectáculo completo me quedo con el estreno de Farruquito, en el que el sevillano hizo, mucho y bien, lo que mejor sabe hacer, bailar. O el de Rocío Márquez en el cante, donde a su delicadeza habitual sumó una puesta en escena eléctrica que concluyó en un épico estallido de energía sonora, una verdadera catarsis en la que Márquez mostró también su dureza, es decir, que es una artista completa que no se somete a fáciles encasillamientos. El arte genuino, siempre, es una sorpresa, no una línea de autobús: nunca sabes a dónde te va a llevar. Ana Morales no presentó espectáculo propio pero sus dos colaboraciones mostraron su finura y pulcritud en el manejo de la bata de cola: fría, perfeccionista y plenamente consciente de su talento, Morales se mostró cual es en la escena, sabedora de que ese, también, es el secreto de la obra de arte. Homenajeó a Manuela Vargas como Pastora Galván homenajeó a algunas otras de las intérpretes históricas del baile de mujer en Sevilla en su estreno &dentidades. La bailaora se mostró pletórica de recursos y con una asombrosa habilidad para unir admiración, respeto, recreación y parodia en un mismo discurso. Israel Galván asombró con su facultad para dialogar con una tradición flamenca llamada vanguardia en su reposición de Fla-co-men. Su mano a mano por seguiriyas con Estrella Morente en el espectáculo de inauguración es otro de esos momentos inolvidables que arroja esta Bienal. También las versiones de Silvia Pérez Cruz de la Elegía a Ramón Sijé y el Pequeño vals vienés en el 80 aniversario de Leonard Cohen.

La guitarra ha sido pues la gran tapada en la Bienal de este año. Un festival que ha dado por fin su sitio al cante, después de muchas ediciones arrumbado por la danza, y en el que el joven consagrado José Valencia dio el recital clásico más completo, ampliando su repertorio por livianas. Pero hablaba de guitarras: pese a la ausencia de las figuras más populares de este instrumento, salvo Tomatito, ha sido la Bienal de la sonanta. Al trío de …Y Sevilla hay que unir el enorme minirrecital de Chicuelo en el Hotel Triana o el gran festival protagonizado por Miguel Ángel Cortés que ha dado la réplica a intérpretes tan diferentes como Arcángel o Esperanza Fernández. El guitarrista granadino es capaz de adaptar su toque a cada cantaor, sin dejar de ser personal. Encontró también su noche como protagonista junto a José María Gallardo, en la que hicieron la tercera de las Amarguras de esta bienal. Las otras dos fueron la protagonizada por el trío de guitarras, quizá el momento de más emoción del festival, o la que sonó como hilo conductor del Homenaje a Morente: de Sevilla para Granada. Ha sido, pues, la más sevillana de las bienales de los últimos años, con la presencia mayoritaria de artistas locales.

Ha sido también la Bienal de las guitarras eléctricas y de la prevención de la parte más retrógrada de la afición hacia un instrumento que nació hace 70 años y que las nuevas generaciones conocen por los museos. Ha sido, una vez más, la Bienal de rasgarse las vestiduras y de redescubrir la pólvora. Ha sido una Bienal sin riesgo que ha funcionado. Las apuestas novedosas, Galván o Molina, son suficientemente conocidas y forman parte del canon flamenco actual desde hace años. Ahora le toca al cante reinventarse y por eso aplaudo a Rocío Márquez y al fénix de los cantaores y cantaoras, Carmen Linares.

Los programas de mano han acusado un considerable desconocimiento flamenco de forma que en demasiadas ocasiones el público menos avisado no pudo saber si lo que escuchaba era una soleá, un fandango o una petenera. Esta falta llegó a su máxima expresión la noche de Tomatito, que vino con su repertorio y su grupo habitual, de lo que no informaba el impreso, y la de Flamenco sinfónico en el que se daba cuenta pormenorizada del repertorio académico pero nada se decía de la parte flamenca, estando como estábamos en un festival jondo.

No quiero concluir sin homenajear a Curro de Utrera, el decano de los intérpretes jondos que, a sus 87 años, ofreció una lección magistral de cómo se canta por caña, soleares y rondeñas.

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