La ciudad invisible

César Requeséns

crequesens@gmail.com

Los amores

Amigos, ya saben: sobran dedos para contarlos. Los que están ahí cuando todo naufraga son buenos candidatos

Se va encareciendo el amor a base de individualismo y bienestar. Tan cómodos andamos dentro de nuestras burbujas hechas a medida que a ver quien es el tonto que rompe su aislamiento para entregarse a algo que nos saque de esa zona a veces aburrida pero seguro que nos da la garantía de lo conocido. A ver quien se curra las propias manías y los caprichos por hacerle más amable la estancia al lado a nuestro prójimo, no digamos ya a la próxima.

Pero la soledad acecha cuando no todo nos cuadra y entonces buscamos a la desesperada ese afecto que se nos escapó, ese autoamor que le llaman algunos de esos que se atiborran de lecturas de autoayuda y demás píldoras de la rapidez emocional, onanismo emocional que ya no sirve cuando las grietas de la autoestima son vías de agua de un barco que se hunde sin remedio.

Todo esto lo piensa uno por San Valentín, ese día del amor romántico edulcorado en el que si no te acuerdas de regalarle algo comprado aprisa en el Corte Inglés pues te juegas el retozar nocturno de esa semana. Yo me olvido siempre. Y así me va.

Frente a este edulcoramiento y a la incapacidad de amar ya manifiesta, no te digo frente a la imposiblidad de compromiso más allá de la hipoteca, surge ese lauda no eterno de la amistad, un amor con la distancia y la libertad necesarias para reconocerse diferentes pero complementarios; para tener el compromiso de verse puntualmente pero sin cita previa; de ser escuchados sin débito ulterior ni sexo ni cena ni más tonterías.

Yo me voy apuntando a esas amistades espirituosas que te regeneran y te dan la compañía y el apoyo justo. Y también, la perspectiva. A esos amigos-amigos que se aguantan con lo que eres sin quererte cambiar ni te toman como de usar y tirar. A ese placer de saber que estarán ahí a las duras y que tu les llamarás a las maduras, porque les quieres regalar tus éxitos igual que en el fracaso te quisieron acompañar.

Pero amigos, ya saben: sobran dedos de la mano para contarlos. Los que están ahí justo cuando todo naufraga son buenos candidatos. Invirtieron en pérdidas contigo, cuando no era rentable ni eras un contacto siquiera.

Se lo merecen todo. Especialmente que no les olvidemos y que haya reciprocidad. Y siguen en la vida como espejos donde reflejar el amor que todavía, seguro, aún nos queda por dar.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios