Astuta comedia 'pijo-indie'

Ruby Sparks. EEUU, 2012, Comedia romántica. 104 min. Dirección: Jonathan Dayton, Valerie Faris. Guion: Zoe Kazan. Música: Nick Urata. Fotografía: Matthew Libatique. Intérpretes: Paul Dano, Zoe Kazan, Chris Messina, Antonio Banderas, Annette Bening, Steve Coogan, Elliott Gould, Aasif Mandvi, Deborah Ann Woll.

No soy yo muy de lo indie, que me parece al realismo cinematográfico lo que un Starbucks al Florián de Venecia o al Gijón de Madrid. No me entusiasmó la aclamada y premiada Little Miss Sunshine. Pero he de reconocer, porque Ruby Sparks lo confirma, que su éxito no fue una diana casual, sino el inicio de una carrera prometedoramente astuta.

Es astuto el guión de Zoe Kazan que hace variaciones sobre un tema clásico en el que se proyecta la sombra del Charlie Kaufman. Es astuta la realización de Jonathan Dayton y Valerie Faris al dotar a la película de un lenguaje directo que ha aprendido las lecciones de la comedia sentimental agridulce de los 70 (Allen sobre todo, pero también los distintos pero no contrarios Mazursky o Altman -¿es un guiño a ese cine la presencia de Elliott Gould?-), de las comedias de situación televisivas y del cine posmoderno falsamente independiente, sin olvidar a las clásicas comedias románticas con toque mágico tipo Pandora y el holandés errante o Venus era mujer.

Creadores enamorados de sus criaturas, que misteriosamente cobran una vida, ha habido muchos desde que Pigmalión esculpió a la perfecta Galatea y se enamoró de ella. En este caso Galatea/Ruby es la creación del escritor Pigmalión/Calvin, aplastado por su primer y temprano éxito, atascado en la siempre terrible segunda novela, paralizado por el vértigo de la página en blanco, entristecido por sus fracasos amorosos, carne de diván de psicoanalista, maniatado por la timidez y sitiado por la soledad. Soñando una mujer ideal vuelve a escribir, crea el personaje de Ruby y éste se convierte en un ser real. Pero estamos en los Estados Unidos de Obama y no en el mundo clásico de Ovidio. Una vez que salta del papel a la vida real como el Koko de Dave Fleischer saltaba fuera del tintero, Ruby tiene su propia personalidad y toma sus propias decisiones. ¿Qué puede hacer su enamorado? ¿Y qué puede hacer su autor? ¿La amará como es o pretenderá dominarla? ¿Respetará su libertad o la reescribirá?

La película vende con astucia una apariencia de profundidad temática, complejidad en el planteamiento de las relaciones amorosas, sonriente amargura, irónica ternura… Cuando en realidad es un juego mucho más simple. De la misma manera que crea también con mucha astucia una apariencia de realidad, de inmediatez, de frescura… Cuando en realidad es un hábil juego con tópicos y formas narrativas suficientemente conocidas y explotadas. Pero todo funciona bien en esta obra comercial que disimula que lo es para agradar a un gran público que no desea ser tenido por tal. Personalización de la convención. Amor y lujo, porque vaya casas que tienen el tipo y su mamá, pero en vaqueros y deportivas. Lobo taquillero bajo piel de cordero independiente al que, de vez en cuando, se le ven las orejitas (como en las horrorosas secuencias del cine, el salón de juegos y la discoteca o del viaje a la casa de la madre: cada vez que suena una canción hay que echarse a temblar).

Bien el gran Paul Dano creando un híbrido entre Woody Allen y Clark Kent. Zoe Kazan está sobrada de morisquetas. Tras ellos Antonio Banderas y Annette Benning sobreactuando al interpretar a una pareja pija de comedia de situación. Agradable (y philipglassiana) música de Nick Urata, líder de la banda DeVotchka. El único problema se le planteará a quien, como a un servidor, la encantadora Ruby le parezca una tierna petarda desordenada (hasta antes de saltar del folio a la realidad llena de casa de ropa dejada por cualquier parte), caprichosa y algo estúpida.

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