Memoria del escultor del tiempo

  • Hoy se cumplen 25 años de la muerte de Andrei Tarkovski, director de una filmografía tan breve como apabullante, con títulos decisivos como 'Stalker', 'Solaris' y 'Sacrificio'.

Si en algo se parecen las filmotecas a los periódicos es en el uso que hacen de los más variopintos aniversarios para hacer de la memoria algo materialmente útil. Hoy, 29 de diciembre, se cumplen 25 años de la muerte del cineasta ruso Andrei Tarkovski (Zavrazhe, 1932 - París, 1986), lo que constituye apenas una excusa más para acercarse a una de las filmografías más poderosas, abrumadoras y bellas de la historia del séptimo arte. Eso sí, por más que las filmotecas aprovechen la coyuntura y dediquen estos días sus retrospectivas al gran realizador, pretender condensar en un artículo la estética y el significado de la obra de este genio es, avisamos de antemano, una tarea imposible.

Tarkovski murió a causa de un cáncer de pulmón con sólo 54 años, trance que resultó definitivo para reducir su filmografía esencial (sin contar documentales, cortometrajes ni títulos como su prueba de licenciatura en la Escuela de Cine VGIK, El violín y la apisonadora) a sólo siete títulos. Esta producción, sin embargo, le bastó para rematar una trayectoria apasionante, inspirada y también dolorosa por cuanto el régimen soviético que la vio nacer únicamente se dirigió a ella para obstaculizarla. La infancia de Iván (1962) ganó el León de Oro en el Festival de Venecia y reveló al mundo la figura de Andrei Tarkovski, un director dispuesto a hacer del cine algo nuevo y merecedor ya de la admiración de contemporáneos como Ingmar Bergman. Las autoridades soviéticas, por su parte, reforzaron su vigilancia para garantizar que los próximos proyectos de Tarkovski respetaran las bases ideológicas del Partido Comunista. Su siguiente película, Andrei Rubliev (1966), una biografía del pintor de iconos medieval que dejó sus mejores obras en la Catedral de la Anunciación del Kremlin, parecía un proyecto idóneo por cuanto quería reflejar los abusos de la corte zarista contra el pueblo. Las autoridades soviéticas, de hecho, permitieron que el filme compitiera a concurso en la edición del Festival de Cannes de aquel año sin ni siquiera haberlo visto. Pero cuando finalmente lo hicieron, exigieron de inmediato el regreso a la URSS de la copia enviada al certamen. El festival aceptó, pero para entonces ya circulaban varias copias por toda Francia. El conflicto diplomático fue mayúsculo, aunque finalmente Andrei Rubliev se proyectó en Cannes en una sesión clandestina y de madrugada. Por supuesto, no ganó ningún premio.

Lo que las autoridades soviéticas descubrieron era mucho más que un panfleto antizarista: Tarkovski abordó ya uno de sus temas fundamentales, el de la fe y cómo la anulación de la trascendencia significa la aniquilación del ser humano. El cineasta, que se confesó creyente, asumió estos postulados de su padre, el poeta represaliado Arseny Tarkovski, cuyos versos aparecen en muchas películas de su hijo. En Andrei Rubliev, cuyos últimos diez minutos consisten en una sucesión a color de iconos bizantinos después de tres horas de metraje en blanco y negro, comparece un pueblo que es capaz de resistir los abusos del poder gracias a sus creencias. La película se estrenó en Rusia en 1971, debidamente mutilada.

En 1972, Tarkovski recibió el encargo de la misma URSS de adaptar la novela de ciencia-ficción de Stanislaw Lem Solaris. Se creía que con ello el régimen soviético pretendía responder al impacto de 2001: Una odisea del espacio de Kubrick, aunque Tarkovski, que dio rienda suelta a sus intereses espirituales de manera camuflada (el final es una representación de la parábola evangélica de El hijo pródigo), siempre lo negó. Tras El espejo (1975), aproximación autobiográfica al mundo del matrimonio con una narración experimental que influyó de manera decisiva en Lars von Trier, Tarkovski rodó su última película soviética, Stalker (1979).

Aunque de nuevo partía de un contenido propio de la ciencia-ficción (el relato Picnic a la vera del camino, de los hermanos Strugatski), el realizador se deshizo para Stalker de las reglas del género (algo que no logró del todo en Solaris, tal y como siempre lamentó) para abordar una aproximación a la condición humana desde el ángulo de la fe. En la Zona, un lugar misterioso en el que dos décadas atrás había caído del cielo un meteorito o una nave extraterrestre, un stalker (término inglés que puede traducirse como acechador) guía a otros dos hombres, un científico y un escritor, hacia una casa en la que, según dicen, las aspiraciones más íntimas obtienen cumplimiento. El mismo Tarkovski dejó escrito que Stalker es una película "sobre la presencia de Dios en el hombre y sobre cómo el hombre es capaz de eliminarla". El rodaje en Estonia fue un infierno y tras su fin parte de la cinta se quemó, por lo que hubo que volver a rodar la primera parte de la película con el mismo presupuesto. Hoy, Stalker está considerado uno de los títulos más importantes de la historia del cine.

Fuera de la URSS, Tarkvoski rodó Nostalgia (1983) en Italia y, en Suecia, la hermosísima Sacrificio (1986), testamento poético de un cineasta que definió su oficio como "esculpir en el tiempo". Así de eterna, de hecho, es su obra.

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