El humor 'tiránico' de Sacha Baron Cohen

  • El cómico británico da vida en 'El dictador' a un sátrapa infame y ridículo que gobierna una república árabe bananera y petrolera.

Sacha Baron Cohen es el protagonista de uno de esos inexplicables fenómenos mediáticos que surgen de vez en cuando. O tal vez no tan inexplicable después de todo, pues es un ejemplo de cómo en nuestra sociedad los que le echan morro al asunto salen adelante. Hazte imprescindible en los medios de comunicación, aprende a provocar... y ya está hecho. Lo curioso de este cómico, actor y director británico es que tuvo unos orígenes muy nobles y que apuntaban a otro tipo de carrera. Al principio era un doctor de Cambridge muy atento a sus raíces judías, ya que escribió su tesis sobre la participación de los miembros de su confesión en los movimientos de reivindicación de los derechos civiles en los años 60. Parecía, en fin, un proyecto de prometedor profesor cuando cedió al veneno de la farándula.

A finales de los 90 entró como cómico en un programa de la televisión inglesa donde creó a sus conocidas criaturas: el rapero de baja estofa Ali G, el ultragay Brüno y el atroz periodista kazako Borat. Lo hizo con tanto éxito que pronto obtuvo su propia serie, que en 2003 empezó a emitirse en la HBO estadounidense. Hasta Isabel II de Inglaterra se declaró seguidora del humor gamberro de Baron Cohen. Mucho antes de su actual apogeo, la siempre atenta Madonna, con su olfato para reciclar cualquier cosa que apunte a tendencia, lo convirtió -en modo Ali G- en protagonista del videoclip de Music.

El salto al cine era sólo cuestión de tiempo. Primero llegó Ali G (2002) y luego Borat (2006), con la que triunfó internacionalmente. Su éxito fue un extraño caso de alucinación colectiva, puesto que lo que entonces pasó por una nueva línea de humor destroyer en realidad era una muestra más de las comedias zafias pero muy conscientes de su zafiedad que proliferaron en aquel momento. En cualquier caso, lo que recibió gracias a Borat, se le negó en 2009 con su siguiente filme, Brüno, recibido en general con menos entusiasmo. Mientras tanto, Baron Cohen empezó a ser llamado por directores prestigiosos, caso de Tim Burton (Sweeney Todd) o Martin Scorsese (La invención de Hugo).

Ahora el británico prueba suerte con un nuevo personaje en El dictador, algunas de cuyas escenas fueron rodadas en Sevilla entre finales de agosto y principios de septiembre del año pasado, con la Plaza de España como sede del palacio presidencial del disparatado tirano árabe que encarna. Rodeado de actores como Ben Kinsgley, Anna Faris, John C. Reilly y Megan Fox (interpretándose a sí misma), Baron Cohen regresa metido en la piel de Aladeen, el colérico líder absoluto de Wadiya, un ficticio país africano rico en petróleo que recuerda bastante al Iraq de Sadam Husein: la trama se pone en marcha cuando otros gobiernos piden inspeccionar las instalaciones militares del dictador ante la sospecha de que éste podría estar almacenando armamento en el desierto. Tras un fallido intento de asesinato, Aladeen viaja a Nueva York para defenderse ante la ONU. Claro, no será una empresa fácil: a la hostilidad de Occidente hacia su persona se une la de la oposición de exiliados de su infame régimen.

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