Adiós, Yugoslavia

  • El esloveno Goran Vojnovic y el serbio Velibor Colic abordan, cada uno a su manera, las heridas aún sangrantes de la guerra en dos extraordinarios libros

En la obra del Nobel yugoslavo Ivo Andric (1892-1975) uno empieza a conocer y a palpar la llaga balcánica, el odio ingénito que se esconde en aquel mestizo confín del levante europeo. Grosso modo, primero fue la larga noche de la dominación otomana. Más tarde la bota del Imperio austrohúngaro, lo que haría prender la mecha de la Gran Guerra en Sarajevo. Y después, tras la Segunda Guerra Mundial, la creación de la República Federal de Yugoslavia por medio del brazo fuerte de Tito. Pero todo aquel paño de pueblos, credos y razas saltaría en pedazos con las guerras de desmembración de los años 90. Muy en particular, la guerra de Bosnia se convirtió en el doliente icono de una tragedia general, cercana en lo geográfico, pero que se había vuelto incomprensible para la llamada Europa del primer mundo.

Con el paso del tiempo las distintas guerras yugoslavas (Eslovenia, Croacia, Bosnia, Kosovo) han dado lugar a una generación literaria de posguerra. Una generación de distinta edad y estilo, cierto es; pero que de un modo u otro vivió la guerra en la niñez o ya en la etapa adulta. Ahora, estos escritores regresan a ella y la narran a través de la misma y traicionera compañera de siempre: la memoria. Hemos conocido los nombres brillantes de Miljenko Jergovic y de Aleksandar Hemon (creador del término bosniedad). También los de Ivica Djikic y de Sasa Stanisic (autor de esta cita memorable: "Soy yugoslavo, luego me desmembro").

A esta lista sumamos los nombres del esloveno Goran Vojnovic (Liubliana, 1980) y del bosnio Velibor Colic (Modrica, 1964), más conocido este último por su anterior y turbador relato Los bosnios. Ambos, aun con diferente registro, son ex yugoslavos que, como en la cita de Stanisic, se vieron obligados a desmembrarse y siguen, más de 25 años después de la guerra, desmembrados de algún modo. En uno y otro caso la literatura los salva y redime.

Recomponer el mundo familiar perdido, con lo que conlleva de dolor, es la idea que atraviesa Yugoslavia, mi tierra, la excepcional novela de Vojnovic. El espejo autobiográfico resulta claro. Pasados 16 años de la guerra, Vladan Borojevic descubre a través de internet que su padre, Nedeljko Borojevic, no ha muerto en la guerra según le había asegurado su madre. Sigue vivo, pero oculto, acusado de crímenes de guerra. La niñez del narrador se quiebra en el verano de 1991, cuando el padre, oficial del Ejército Popular de Yugoslavia, es movilizado desde la recreada Pula de la infancia, en Istria (hoy Croacia), a Belgrado.

Se inicia así un doble viaje, que es como una bifurcación en el tiempo. Primero un viaje geográfico y actual en busca del padre por las nuevas fronteras de Croacia, Bosnia y Serbia. Después un viaje interior, en donde se muestra el desarraigo, el desamor, la falta de anclaje vital de este viajante a la deriva (especialmente cruda es la relación con la madre). La narración alterna pasajes de esta búsqueda en tiempo presente con saltos atrás hacia la niñez y la primera mocedad. En uno y otro estadio temporal la tragedia balcánica siempre está presente. La novela es a ratos demoledora, pero se hace necesaria por su honestidad. Aparte, quien quiera conocer desde dentro cómo se vivió el fin de aquella gavilla de pueblos llamada Yugoslavia, deberá leerla por interés histórico.

Por su parte, Manual de exilio de Velibor Colic resulta ser el retrato duro pero acidísimo de un refugiado de la guerra de Bosnia que consigue llegar a Francia con tres palabras en francés por todo equipaje: Jean, Paul y Sartre. Es el propio Colic el héroe de esta historia de mera supervivencia. El autor tuvo que alistarse por fuerza en el ejército bosnio. Combatió en las trincheras y allí, con su Kaláshnikov, entre matanzas al por mayor y silbidos de obuses, escribió las notas con las que alumbraría su citado libro Los bosnios. Desertó y huyó a Europa en busca de otro cielo libre de bombas. Mucho después nos cuenta sus andanzas como exiliado y medio vagabundo en esta nueva novela. Precisaba, como dice con gracia, del triple airbag de la distancia en el tiempo, en el espacio, y de la necesidad de contarlo todo en la lengua adoptiva, el francés, y no en la materna, el serbocroata ("Tengo que aprender lo más rápido posible el francés. Así mi dolor permanecerá para siempre en mi lengua materna").

Entre 1992 y 1998 Colic viajó por ciudades de Francia, pero también por Italia, Hungría y la República Checa. Pasa hambre, bebe alcohol a gollete, es un enamoradizo irredento y traba amistad con otros exiliados procedentes de otros conflictos. Pero, como el escritor que ya era antes de la guerra, casi nunca abandonará las teclas de su máquina de escribir. Si algo define a la obra de Colic es su aplastante sinceridad, el tono sardónico, el lirismo que a ratos matiza los sinsabores de su peripecia cercana a la malandanza y de -no se olvide- su tragedia personal.

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