Burocracias del mal

  • 'Eichmann en Jerusalén'. Hannah Arendt. Trad. Carlos Ribalta. Lumen. Barcelona, 2013. 440 páginas. 21 euros.

Junto a Martin Bormann, cuyos restos serían identificados años después, Adolf Eichmann era el más buscado de los criminales nazis durante la posguerra, aunque al contrario que aquel no fue objeto de causa en el proceso de Nuremberg. Había sido un dirigente de rango medio, pero fundamental como responsable de la logística de las deportaciones, en el organigrama que llevó a la práctica el exterminio de la población judía de los países ocupados. En 1960, los agentes del Mossad lo localizaron en Argentina y tras un espectacular secuestro lo condujeron a Israel, donde fue juzgado y condenado a muerte. Hannah Arendt cubrió el juicio para The New Yorker y de sus crónicas nació un libro extraordinario que acuñó el controvertido concepto de la "banalidad del mal" para referirse a quienes, como parecía el caso de Eichmann, habían tomado parte en la "solución final" sin otro motivo aparente que cumplir con el trabajo encomendado, de manera fría, meticulosa y desapasionada.

Hombre intelectualmente limitado, Eichmann no era un enfermo y tampoco se expresaba como un fanático. Su responsabilidad en los horrores del Holocausto estaba clara, pero él defendía su papel como organizador y no mostraba sentimiento ninguno de culpa. Partiendo de su paradójica figura, Arendt analizó el contexto en el que fue posible un genocidio sin precedentes por lo que tenía de "matanza administrativa". Puede que la autora errara al interpretar el verdadero carácter de Eichmann -sobre cuyo antisemitismo se han aducido después pruebas inequívocas-, que se mostrara demasiado dura -dadas las circunstancias- con los dirigentes judíos que colaboraron en las deportaciones o que no simpatizara en exceso con el Estado de Israel, pero nada de ello resta lucidez a una argumentación que sigue siendo válida en lo fundamental: la tecnificación, unida al totalitarismo y a una burocracia despersonalizada -o deshumanizada- que ejecuta las órdenes de forma automática, crea un engranaje criminal cuyos agentes se convierten en meros resortes de una maquinaria capaz de las mayores aberraciones. El mal puede ser obra de gente mediocre que no tiene plena conciencia de su perversidad. No son por fuerza monstruos desequilibrados, sino funcionarios intachables y celosos de su cometido, los que alimentan las calderas del infierno.

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