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Dada en España

  • Al hilo del centenario del movimiento fundado por Hugo Ball y Tristan Tzara, Pablo Rojas publica un estudio que rastrea su recepción en la escena literaria de la península

Detalle del 'total pandemonium' del 'Cabaret Voltaire' (1916) pintado por Marcel Janco. Detalle del 'total pandemonium' del 'Cabaret Voltaire' (1916) pintado por Marcel Janco.

Detalle del 'total pandemonium' del 'Cabaret Voltaire' (1916) pintado por Marcel Janco.

Sumada al futurismo y el resto de las estéticas rompedoras que habían inaugurado la fiebre de la avant-garde, la revolución iniciada en el legendario Cabaret Voltaire marcó con su mezcla de irreverencia y experimentación radical, tanto en los aspectos más estimulantes como en los meramente anecdóticos, el tono subversivo que caracterizaría a la edad dorada de los ismos. El afán provocador, la iconoclasia o el desdén por el canon heredado eran ingredientes compartidos por otras escuelas a los que Dada, abanderado por el alemán Hugo Ball y el rumano Tristan Tzara, aportó un decidido gusto por el caos, el nihilismo de fondo -no fue casual que la asonada tuviera lugar en medio de la Gran Guerra- y un aire libertario que trascendía la habitual retórica antiburguesa. En particular los surrealistas, que se esforzaron más que sus predecesores en dotarse de un cuerpo teórico, fueron, como muestra el señalado caso de Breton, sus herederos directos, pero antes de que la desinhibida frescura de los comienzos fuera encorsetada por un afán reglamentador y finalmente sectario, el dadaísmo cumplió una saludabilísima función incitadora que tiene además, vista desde hoy, el encanto algo ingenuo de los pioneros incontaminados. En España lo más parecido fue la temprana constelación del Ultra, que no pretendía una traslación propiamente dicha -sus seguidores acogieron por sistema todas las ideas novísimas- pero se hizo eco de los postulados de Dada como parte del cóctel, altamente espirituoso, de las literaturas europeas de vanguardia.

Especialista en la figura de Guillermo de Torre, que fue entre nosotros el principal embajador de la corriente, Pablo Rojas ha rastreado las huellas del dadaísmo en la escena literaria de la península, en un bien concebido volumen que contextualiza el fenómeno, ofrece una breve muestra de los autores -Poetas de la nada- que siguieron su estela, recopila los textos traducidos en las revistas de la época, reúne las informaciones que dieron noticia de la controvertida actividad de los dadaístas y cierra con una heterogénea colección de citas de contemporáneos en el tramo que va de 1916, fecha fundacional del movimiento, a 1925, cuando el impulso de Dada se ha diluido, no sin fricciones, en el cauce mayor del surrealismo. Quizá el contenido antológico podría haberse acompañado de una introducción más extensa, pero el propio autor concede que ha orientado su trabajo al acopio y por otra parte las páginas que dedica a la recepción de "Dada en España", una clara síntesis del periodo, apoyan su tesis sobre la existencia, con matices, de una sucursal hispánica. Tampoco queda duda, a la vista de las selecciones respectivas, de que ni los poetas ni la prensa ni las publicaciones especializadas permanecieron ajenas al "juego de locos" (Ball) que sacudió a la sociedad de la posguerra.

El epicentro, como es sabido, estuvo en Zurich, pero los impulsores tuvieron desde el principio una vocación internacionalista y su influencia llegaría -a través de Duchamp y Picabia, que pasó por Barcelona en 1916- hasta el continente americano. Junto al citado De Torre, a quien Huidobro, el padre del creacionismo, había puesto en contacto con los vanguardistas, hay que mencionar los nombres tutelares de Ramón Gómez de la Serna y Rafael Cansinos Assens, rivales a la hora de acaudillar a las nuevas generaciones en su lucha contra los moldes caducos. En torno a ellos pulularon autores como Rafael Lasso de la Vega, Joaquín Edwards Bello, Joaquín de la Escosura, César A. Comet, Jorge Luis Borges o Eugenio Montes -representados todos en la antología de Rojas- en los que se aprecian, como ha escrito Juan Manuel Bonet a propósito del último, adherencias dadaístas, combinadas con las afines al cubismo, el expresionismo o el porvenirismo futurista. Tanto las revistas como las veladas del Ultra tomaron de Dada el componente lúdico y una voluntad de transgresión que sobreviviría en ciertas actitudes de los poetas del 27, coetáneos de los ultraístas. La amplia y curiosísima sección donde el antólogo recoge las noticias relacionadas con el dadaísmo, muchas de ellas irónicas, mordaces o abiertamente denigratorias, documenta el impacto de una propuesta que no se tradujo en demasiados poemas memorables, pero supo captar el espíritu de los tiempos y contribuyó a oxigenar, con su mirada libérrima, la enrarecida atmósfera modernista.

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