Diario de un músico ilustrado

  • La curiosidad omnicomprensiva del historiador inglés Charles Burney, pionero de la crónica musical de viajes, alienta este diario donde recoge sus consideraciones e impresiones sobre arte, ciencia y costumbres en la Francia e Italia dieciochescas.

'Viaje musical por Francia e Italia en el siglo XVIII'. Charles Burney. Edición y traducción de Ramón Andrés. Acantilado, Barcelona, 2014. 493 págs. 29 euros

Muchos melómanos españoles conocieron a Charles Burney gracias a la serie que en Radio 2 de RNE (hoy, Radio Clásica) le dedicó Luis Carlos Gago en la segunda mitad de la década de 1980 (ha sido repuesta varias veces después). Gago contó con José María del Río, uno de los más prestigiosos actores españoles radiofónicos y de doblaje, para poner voz al historiador, músico y viajero inglés, lo que dio auténtico lustre a sus andanzas europeas. Aquellas Memorias de Charles Burney se basaban en la traducción que el propio Gago hizo de esta obra que publica ahora Acantilado como Viaje musical por Francia e Italia en el s.XVIII, lo cual podía conducir a algún equívoco a los que ya conocían al personaje, pues el autor inglés publicó también un volumen de Memorias.

El empeño que hizo famoso a Charles Burney (1726-1814), compositor de obras camerísticas y vocales perfectamente olvidadas, fue en cualquier caso su Historia general de la música, que editó en cuatro volúmenes entre 1776 y 1789. Preparando la documentación para acometer este magno proyecto, Burney hizo dos viajes al continente, uno en 1770 por Francia e Italia y otro dos años después por Alemania y los Países Bajos. Las dos experiencias quedaron recogidas en sendas publicaciones: The Present State of Music in France and Italy, 1771; The Present State of Music in Germany, the Netherlands and United Provinces, 1773. Ramón Andrés ha editado y traducido la primera de ellas utilizando distintas fuentes, principalmente una edición inglesa de 1959 que recogía las dos obras, la que aquí nos interesa en una versión corregida de 1773. Sobre esta base, Andrés se ha tomado la libertad de reordenar algunos materiales y eliminar párrafos que ha considerado poco significativos o reiterativos, consiguiendo un relato coherente -aunque algunos cortes parecen en exceso bruscos- que acompaña de un detallado aparato de notas, fundamentalmente biográfico. La edición de Acantilado es, como siempre en la editorial barcelonesa, elegante y de muy agradable manejo, aunque en la titulación por capítulos se elude, por razones que se me escapan, el nombre de Roma, la ciudad en la que más tiempo pasó el viajero inglés.

La obra de Burney se presenta en forma de diario y recoge no sólo sus impresiones sobre música, sino sobre las artes en general ("Durante mi estancia en Venecia sentí tal arrebato por la pintura, que quien hojee este diario podrá llegar a sospechar que el viaje es más pictórico que musical") y está lleno de consideraciones, siempre vívidas y directas, sobre naturaleza, urbanismo, ciencia, costumbres y todo aquello que se cruzara en el camino de un hombre que muestra una curiosidad omnicomprensiva. Burney disfruta de los ágapes y las tertulias con abates, científicos, políticos, literatos, diplomáticos, militares, aristócratas, pintores, filósofos y, por supuesto, músicos tanto como de las visitas a iglesias, palacios, museos, bibliotecas, ruinas y parajes naturales (el Vesubio, en plena actividad, lo impresiona), o de igual forma que sufre las inconveniencias del clima, el mal estado de los caminos, los ataques de los mosquitos, los pésimos carruajes, hostales y comidas, el comportamiento ruidoso del público en los teatros o la picaresca y la inclinación al timo de posaderos, cocheros y funcionarios de hacienda, a la vez que tiene tiempo de compadecerse de la suerte de los condenados y de deplorar la crueldad de las ejecuciones con las que tropieza.

Resulta un tanto chocante que el viaje de Burney se extendiera de junio a diciembre, eludiendo el período de carnaval, que era la época en que el fervor por la ópera estallaba en Italia entera. Con todo, el ambiente musical que halla el viajero resulta exuberante: en calles, templos, residencias privadas y teatros (donde la actividad fuera de carnaval era menor, pero no faltaban burlettas y comedias) Burney documenta una actividad casi frenética de conciertos, ceremonias de todo tipo (sobre todo religiosas, pero también cívicas), representaciones y academias. Sobre todo ello opina sin ningún complejo, mostrando su desprecio tanto hacia la música francesa, "que resulta insoportable a oídos de las demás naciones de Europa", como hacia sus intérpretes ("Se canta de modo harto detestable"; "Uno tiene la sensación de que la voz francesa se queda encerrada en la garganta"), o criticando duramente a intérpretes incapaces y compositores rutinarios, que encuentra igual en Venecia que en Milán, Roma o Nápoles, donde comprueba que los alumnos de sus tres famosos conservatorios sólo sobresalen por su mediocridad. En la obra hay apuntes de interés sobre cuestiones de práctica musical que no han dejado de estar candentes, como la técnica de los violonchelistas de Padua sujetando el arco con la palma hacia arriba, el empleo muy notorio (y alabado) del portamento por parte de los cantantes o el hecho de que no fuera infrecuente asistir a conciertos en los que el número de ejecutantes pasasen del centenar. El fino olfato para la música de Burney se detecta al comparar los nombres de los compositores que consideraba más destacables con los que han sobrevivido en el repertorio hasta hoy: ahí están los Pugnani, Sammartini, Tartini (recién fallecido a su llegada a Padua, donde residía el gran violinista), Galuppi, Sacchini, Latilla, Jommelli, Piccini o Paisiello, entre los más notables. Pero nadie está libre de prejuicios, y los de Burney contra el estilo francés lo llevan a condenar sin paliativos el arte de algunos grandísimos maestros, como Delalande o Royer.

Pionero de la crónica musical de viajes, el trabajo de Burney es más que eso: es testimonio directo y constatación de que el espíritu ilustrado, inquisitivo, curioso y benéfico, era ya una realidad asentada entre las élites culturales de una Europa que se acercaba a una conmoción que habría de cambiar definitivamente su fisonomía y su destino.

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