de libros

Inagotable Raúl Ruiz

  • Aparece una selección de textos del 'diario de vida' del chileno, en el que éste relaciona con una capacidad prodigiosa todo lo que ve, lee o escucha con su propio trabajo como cineasta

El director, teórico del cine y escritor chileno Raúl Ruiz (Puerto Montt, 1941-París, 2011). El director, teórico del cine y escritor chileno Raúl Ruiz (Puerto Montt, 1941-París, 2011).

El director, teórico del cine y escritor chileno Raúl Ruiz (Puerto Montt, 1941-París, 2011). / m. g.

Sólo su buena relación con el más allá y los fantasmas podría explicar que el pasado año pareciera otro más -y uno de los más fascinantes- en la carrera del difunto Raúl Ruiz, quien gracias a su viuda, Valeria Sarmiento, y al grupo de colaboradores cuya amistad tan ejemplarmente cultivó, sigue sobrevolando la actualidad del mundo del cine, sea con una película recuperada, La telenovela errante, sea con esta monumental edición de sus diarios, ya peaje obligado para cualquiera interesado en su filmografía así como una impresionante vía para acercarse a un pensamiento estético sin igual en nuestra contemporaneidad. El diario, editado en dos volúmenes de unas 600 páginas cada uno, recoge parte de las anotaciones que Ruiz llevó a cabo entre finales de 1993, cuando contaba con 52 años, y un mes antes de su muerte, acaecida en agosto de 2011, asumiendo Bruno Cuneo la responsabilidad de la selección (y de la poda) que lo hiciera manejable, a lo que antes había contribuido el propio Ruiz perdiendo no pocos cuadernos en taxis, aviones y mesas de restaurantes, puede que como metáfora de la vida que se le escapaba entre viajes, películas, proyectos, conferencias...

Cuneo acierta cuando califica estas páginas como "otra de sus aventuras artísticas", y no sólo porque Ruiz deje aquí impagables anotaciones sobre su manera de entender el arte, el cine, o sobre las producciones que ideó, con mayor o menor éxito, durante estos años, sino sobre todo porque el chileno absorbió el género confesional y lo puso en paralelo a su creación en otros ámbitos: así, en su preparación de El tiempo recobrado de Proust, llega a la conclusión de que el diario es su particular madeleine, la puerta de acceso a una serie de remembranzas que se activan permitiendo vislumbrar las potencialidades de lo que pudo haber pasado. De Proust a Pessoa, de la suspensión de la cronología al juego de la identidad, Ruiz pasará, a partir de marzo de 2001, a escribir un diario paralelo, "una doble personalidad consentida", donde deja expresarse a un yo más rebelde y juvenil; elección de raigambre blanchotiana con la que introducir un "él", la verdadera posibilidad de la escritura, en el esquema "yo-tú" propia del dietario.

El Ruiz más lúdico, introspectivo y pesimista no para de desdoblarse en estas páginas, ya como exiliado bibliófilo, gastronómico, musicólogo, ya como lector insaciable, cinéfilo exquisito, gran conversador y fiel a amigos y familiares; un erudito bon vivant obsesionado con la creación y capaz de relacionar todo lo que ve, lee o escucha con una nueva película, esté ésta en ciernes, sea ya una realidad, o una semilla para un futuro indeterminado. Así, para Ruiz, enfermo imaginario y real, todo está escondido, latente, "por venir" (también la muerte, agazapada), por lo que debe estar atento para no perder la oportunidad que esconden las apariencias. El paseante huidizo y trasterrado produce el eco de otro fantasma que habita muchas de estas páginas y se nombra en el segundo volumen, al hilo de los Treize de Balzac, una de las muchas películas que Ruiz no pudo levantar: Ernst Jünger. Al igual que en sus Radiaciones, y salvando las distancias históricas e ideológicas, no hay congoja ni mal día en el atropellado deambular entre-países de Ruiz que no pueda salvar una visita a un anticuario o una librería de viejo en la que rescatar una primera edición de Culianu, Swedenborg, Wind o de algún tratado esotérico semidesconocido del siglo XVI. Si al libro le sigue la lectura, a la bibliofilia le va de la mano la relectura, un franco dejarse acompañar y guiar por los textos que marcaron la vida y obra de Ruiz, puntuando su cotidianidad y las páginas de estos cuadernos. Una cultura honda y excepcional, humanista y científica, que supo traducir con humor, ironía y melancolía a su cine.

Aunque, según Cuneo, se hayan obviado aspectos técnicos de rodajes y posproducción, de lo que sobre todo hablan estas páginas es de cine, de sus innumerables proyectos llevados adelante al mismo tiempo, de sus continuos viajes para localizar o rodar, de su intensa relación con actores, fotógrafos, o con Paulo Branco, el productor de muchas de sus películas en este periodo. A la vejez, a Ruiz también se le abrió la puerta de la docencia y de la escritura (sus maravillosas Poéticas fueron editadas no hace demasiado por la Universidad Diego de Portales), pero sus reflexiones, como fogonazos, caen como iluminaciones divertidas y reveladoras, prendidas también de su particular tristeza. Desde la sombra de la duda originaria alrededor del cine y su trayectoria ("¿cómo se le puede llamar Historia a una serie de hechos que no cesan de recomenzar?"), a la reflexión en torno a la imagen como fuente de la narratividad del cine (y no al contrario), a la necesidad de hacer notar el vértigo del discurso implícito entre los planos, las corrientes subterráneas de las películas (como los tableaux vivants de La hipótesis del cuadro robado), o a la pregunta por el espectador, quien debe reaccionar ante el filme incrustando en la pantalla uno de su propia cosecha, ése que contaminará la propuesta originaria y terminará por devolverle la mirada.

Si algo queda claro tras la lectura de los diarios del chileno, que llega a preguntarse cómo hacer un filme al margen, cómo escapar a la etiqueta "Ruiz" que necesita alimentar para seguir trabajando a destajo, tiene que ver con la sensación apabullante de que el cine no se mereció nunca a Ruiz, demasiado genial y generoso para una industria tan estrecha y repetitiva, cuyos productos nacían y nacen tan viejos. Nadie lo había expresado sin embargo mejor que él, puede que porque el desinterés empezase a ser mutuo para alguien con tamaña vida interior: "Lo único que no consigo es ir al cine, ¿cómo esperar que el público vaya a ver mis películas?".

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios