Manuel Vicent. Escritor

"Leer es la forma más barata de volar"

  • Considerado una de las grandes plumas de la prensa española, autor de innumerables artículos, crónicas y semblanzas, ha publicado recientemente 'El azar de la mujer rubia' (Alfaguara).

El escritor y periodista Manuel Vicent (Villavieja, Castellón, 1936), entre cuyas obras figuran Tranvía a la Malvarrosa, Son de mar y Aguirre, el magnífico, ha publicado recientemente en El azar de la mujer rubia (Alfaguara), un acercamiento muy personal a la Transición desde la sátira.

-¿Qué se puede decir de la lectura que aún no se haya dicho?

-Leer es la forma más barata de volar, equivale a volar, a sumergirse, navegar por mares y continentes, subir a las estrellas, a los astros... Un libro es como una nave con alas que te permite llegar a donde quieras a través de la imaginación.

-¿Cómo ha evolucionado usted como lector?

-Pertenezco a una generación que se inició con los cómics, que antes se llamaban tebeos. Luego vinieron las novelas de aventuras, Salgari y todos esos escritores... Yo seguí una ruta clásica de mi generación, con Azorín y la Generación del 98, Camus y Sartre, los rusos, los anglosajones y por ahí todo seguido. Pero en el inicio fueron los tebeos.

-Las rutas mayoritarias de hoy son muy distintas...

-Lo importante es que se active la imaginación y la curiosidad del niño. La esencia de la literatura es volar, navegar, que es el verbo más hermoso que existe. Y el que curiosamente se utiliza en internet, que es un medio que ofrece infinidad de posibilidades y que también conlleva peligros. De hecho, quizá hay más peligros en la navegación por la Red que en los mares...

-¿Cómo es su relación con las pantallas?

-Pertenezco a un mundo analógico. Entiendo que el ordenador es algo que tiene muchas ventajas y que puede ser divertido, pero como lector no he entrado en ese mundo digital al que la gente joven está tan acostumbrada. Supongo que el libro pervivirá mientras sea un soporte más cómodo que los digitales. Pero la batalla está perdida. No obstante, lo importante es que la gente lea. Se empezó leyendo en tablas de barro, luego en pellejos de cabra, en papiros... El soporte en sí no es tan relevante: lo que importa es su capacidad para servir de transporte a los sueños.

-Los grandes lectores invocan la relectura como uno de sus mayores placeres...

-Es un placer que te lo dan los años. Hoy en día se publica demasiado, hay superabundancia de todo, de libros, de gente que escribe... Hay miles de millones de blogs, de cuentas en Facebook, todo el mundo se desparrama en internet, es una avalancha, un tsunami de opiniones... Es difícil concretar en este sentido, con tantos contenidos circulando, qué es lo que de interesante tiene internet para la cultura universal. Sí resulta muy satisfactorio recuperar una parte de lo ya leído en una vida larga, aquello que como lector te conmovió, leerlo de nuevo con la perspectiva de una vida ya hecha, con una experiencia nueva, distinta de la anterior. Bien es cierto que hay pocos libros que resistan esa prueba. De hecho ésta es una de las características de los clásicos: que se acomodan siempre al estado de ánimo, a la edad. Son como una buena música que acompaña en cualquier momento.

-¿Cómo se lleva con las ferias del libro?

-No sé si tienen futuro. Yo las tengo asociadas a la primavera, son un rito de primavera, salen las hojas y a la sombra de las primeras hojas florecen los libros. Es un rito que ojalá perdure.

-Su último libro, El azar de la mujer rubia, es un acercamiento a la Transición. ¿Cómo se lo planteó?

-La Transición es ya casi un género literario. Yo he querido escribir un libro que participe tanto de la Historia, la realidad, como de la imaginación. Más que hacer algo nuevo, lo que me planteé sobre todo fue que lo que se contara estuviera presidido por la verosimilitud. Para mí es una materia conocida, una realidad y unos personajes a los que conocí muy de cerca por mi condición de cronista parlamentario en la primera Transición.

-¿Se cometieron muchos errores en la Transición?

-Sí, por supuesto. Hubo algo bueno y es que cualquier político de entonces, viniera del franquismo o de la clandestinidad, tenía un aliento positivo, una intención de dar lo mejor de sí mismo para sacar la carreta del charco. Hoy es al contrario, los políticos muestran su parte más negativa. La Transición salió bien pero hay que tener en cuenta que se basó en un equilibrio entre dos miedos, la izquierda tenía miedo de la derecha y viceversa. Y algo que surge de un equilibrio de este tipo nace ya perjudicado. La parte positiva, como digo, fue que se consiguió sacar la carreta del charco.

-¿Tiene arreglo este país?

-Tiene porque la vida va biológicamente hacia delante. Estamos en una crisis profunda. La esencia de la democracia es sacar la basura a la superficie, el problema es cuando la corrupción se estratifica en esa superficie y se crea una situación que es como una huelga de basuras.

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