Nuevas cartas sobre estética

  • 'El malestar en la estética'. Jacques Rancière. Clave intelectual, Buenos Aires, 2012. 161 páginas. 15 euros.

Reunión de textos presentados en seminarios por todo el mundo, este nuevo libro de Rancière que edita Clave intelectual recopila y amplía su pensamiento en torno a las profundas relaciones entre el arte y la política. Así, el libro, como intuirán los muchos seguidores del influyente filósofo, bien podría haber llevado como título El malestar en la democracia o El odio de la estética. Regresando al origen, al siglo XVIII y al pensamiento de Kant y Schiller, Rancière comienza su discurso de defensa de la periódicamente vilipendiada estética recordando que su nudo primero fue precisamente esa confusión que algunos eminentes camaradas (como Schaeffer, Bourdieu o Badiou) le echan en cara desde distintas atalayas. Fue entonces que el arte sustituyó a las bellas artes, evocando a su vez un pensamiento, apellidado "estético", que supuso el fin del orden mimético y del estricto reglamento que éste instauraba entre la poiesis (una forma de hacer) y la aisthesis (una forma de ser que se veía así afectada). Serían las nuevas, inmediatas y discordantes relaciones entre estos dos conceptos (en definitiva la frontera indiscernible entre el arte y el no-arte) las que iban a definir lo que Rancière llama el "régimen estético del arte", ése que, a partir de Kant, todos los filósofos tendrían que pensar; ése que implicaba una política desde el principio, al discurrir sobre lo sensible -ejecutar su partición- y vincular a un público, a una comunidad posible.

Trazada la vuelta al principio, advertido el régimen estético como fuente de una política, o metapolítica, que opone la revolución de las formas del mundo sensible a aquellas transformaciones que producen las formas estatales, El malestar en la estética se concentra en rebatir el "sospechoso giro ético" que según Rancière caracteriza cada vez más el arte contemporáneo. Denunciando el arte (y la política) del consenso, su interesado reduccionismo de la tensión irresoluble del régimen estético, Rancière despliega una brillante argumentación contra la estética transformada en duelo (el trazo que une a Adorno con Lyotard y su relectura de lo sublime kantiano), desmontando el tópico castrador de "lo irrepresentable" -categoría central del giro ético de lo estético; como "terror" lo es en el plano político- sin por ello restar valor a obras indiscutibles como Shoah.

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