Querido Jack; querido Allen

  • El intercambio epistolar entre Kerouac y Ginsberg, publicado por la editorial Anagrama, revela la dimensión humana de los dos 'beatniks' más célebres.

Cartas. Jack Kerouac & Allen Ginsberg. Edición de Bill Morgan y David Stanford. Traducción de Antonio Prometeo Moya. Anagrama. Barcelona, 2012. 600 páginas. 24,90 euros.

La generación beat se forjó con un crimen. Antes se coció a fuego lento en instituciones psiquiátricas: Kerouac, Ginsberg y Burroughs -sus miembros más celebrados- pasaron pronto por el loquero, aunque esto no era un signo de distinción en los Estados Unidos de la época, donde los manicomios eran tan frecuentados como Times Square a la busca de chaperos. Los tres se conocieron gracias a Lucien Carr. Sin él habría habido beatniks, sin duda, pero no de la manera en que hemos sabido de ellos.

Carr era una suerte de Rimbaud, lírico y violento, transmudado al campus de la Universidad de Columbia, un tipo que en Chicago ya había metido la cabeza en el horno y abierto el gas porque se trataba de "una obra de arte", un joven de 19 años fascinado por lo literario, capaz de citar en una misma carta a Spinoza, Tolstoi, Hardy y Eliot. Era arrogante y guapo. Y un hombre mayor, David Kammerer, se había encoñado con él desde sus tiempos de monitor de boys scouts. A partir de ahí, lo persiguió a todas partes. Era su obsesión. La madre de Carr lo alejaba más y más, pero el terco explorador jamás le perdió la pista. Kammerer era todo lo contrario a su ángel: más feo que Picio. La madrugada del 14 de agosto de 1944 hizo una "proposición ofensiva" (New York Times) a Carr, que se negó, y pelearon, hasta que Carr tiró de su antigua navaja de boy scout -esos campamentos…- y se cargó al bujarra. Después lo ató de pies y manos, le llenó los bolsillos con piedras y lo tiró al río Hudson. Después buscó a Burroughs. Después buscó a Kerouac, con quien se tomó unas cervezas y fue al cine a ver Las cuatro plumas. De Ginsberg no echó mano aquella noche. Días después, acompañado de su madre, Carr confesó y fue detenido, y arrastró a Kerouac, que fue encarcelado como encubridor y testigo. El Hudson terminó vomitando a Kammerer. Tampoco lo quería.

El intercambio epistolar entre Ginsberg y Kerouac empieza ahí, con el futuro autor de En el camino en la trena, al que escribe el futuro autor de Aullido mientras hace compañía a Edie Parker, la novia de su amigo encarcelado, que terminaría pagando la fianza para que Kerouac saliera de prisión. Desde entonces, 1944, ambos mantuvieron una correspondencia constante, cuya lectura ahora constituye la entrada al universo de dos "psicópatas filosóficos", según la útil definición que hizo Norman Mailer del hipster en su ya mítico El negro blanco. Se trata de una colección de cartas en la que el lector interesado -o muy interesado en todo lo que sabe, suena y huele a generación beat- descubre zonas íntimas y oscuras de sus protagonistas decoradas con frustraciones, júbilo, emociones, bajezas, caprichos, euforia, rabia, melancolía, aburrimiento y entusiasmo, en fin, la dimensión más humana de dos tipos nada convencionales, rebeldes e inconformistas que con su obra y su vida se afanaron en desprenderse del hedor a miedo con que apestaban los Estados Unidos de su época.

Y son también estas misivas un testimonio sobre la amistad. Ahora que tanto se teclea y tan poco o nada se dice, las Cartas de Kerouac y Ginsberg proporcionan la dicha de asistir a un intercambio de caricias y golpes textuales, como cabe en toda amistad verdadera, auténtica, y no en esa virtual que recopila amigos en las redes sociales. Porque los dos jóvenes de aquellos años cuarenta y los dos hombres ya en la década de los sesenta -la correspondencia terminará poco antes de la muerte de Kerouac, en 1969, con 47 años- no se dedicaron exclusivamente al elogio recíproco, al apoyo mutuo y a la comprensión del otro. Muy al contrario. También hay en estas páginas mala baba, y recriminaciones y peleas y acusaciones y enfrentamientos que harán aún más cálido el abrazo posterior. O las palabras de Ginsberg, fechas antes de la desaparición de su amigo: "Dentro de cien años, casi nadie recordará a muchos escritores actuales, pero seguirán leyendo a Jack".

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