antonio rivero taravillo. escritor y traductor

"Todo abocaba a que terminara escribiendo un libro como este"

  • El autor publica 'En busca de la Isla Esmeralda': un diccionario sujeto a la "discrecionalidad del autor" y lleno de huellas personales y literarias

Antonio Rivero Taravillo, junto a la estatua de Joyce en St. Stephen's Green. Antonio Rivero Taravillo, junto a la estatua de Joyce en St. Stephen's Green.

Antonio Rivero Taravillo, junto a la estatua de Joyce en St. Stephen's Green. / teresa merino

"Este es el libro que llevo esperando escribir toda la vida", admite Rivero Taravillo en las primeras páginas de En busca de la Isla Esmeralda. Diccionario sentimental de la cultura irlandesa (Fórcola). Y todo aquel que haya tenido ocasión de conocerlo sabe que es verdad. "Es cierto que todo abocaba a que finalmente terminara escribiendo algo así, aunque no era consciente de ello", afirma.

Más que definiciones, las entradas recopiladas son una madeja de historias, honrando el afán por un buen relato que crece fuerte bajo el legañoso sol irlandés. Un diccionario exhaustivo pero no académico, ya que hablamos de un título emocional, personal. Por eso las entradas correspondientes a John Ford o a Flann O'Brien son aún más extensas que la correspondiente a "hadas" en el país de la Buena Gente. La definición de U2 reza un somero: "Ese grupo famoso". En busca de la Isla Esmeralda recopila una cantidad ingente de conocimiento no elaborado, "que se ha ido decantando durante años -apunta su autor-. Y una identificación personal que permite un tono caprichoso, con ciertas humoradas, que creo que es lo que aporta el libro". Estamos ante un diccionario, en definitiva, que no se lee como un diccionario.

"Las patrias sentimentales demuestran que uno se puede elevar sobre las fronteras"

Ya vamos por treinta y tantos años de pasión irlandesa, dice Rivero Taravillo. Y aquí, lo que ha intentado es "pisar el terreno de la turba irlandesa", condensado en "muchas lecturas, muchas traducciones, décadas escuchando música tradicional..." Por las páginas de En busca de la Isla Esmeralda pasan referencias familiares para todos aquellos a los que nos gusta andar por turberas. Están el Libro de Kells y John Banville, san Columba y Tir Na nÓg, el gato Pangur Ban y el poteen (esa especie de vodka de patatas que ahora viene a ser sofisticado). El contenido entra en la "discrecionalidad del diccionario de autor, lleno de huellas personales, de impronta literaria o incluso de verborrea en algunas entradas".

Como sucede en tantos casos, el primer contacto de Rivero Taravillo con la realidad irlandesa fue a través de la música -el primer contacto físico sería en el año 87, gracias al Interrail-. "Realmente, a través del bretón Alan Stivell que, por supuesto, tenía en su repertorio varias piezas irlandesas -cuenta-. Me di cuenta de que estaba ante un terreno absolutamente virgen, aunque la música tradicional americana tuviera en su raíz la música irlandesa. Muy importante es que gran parte del patrimonio, de la historia, de las leyendas del lugar, se han transmitido a través de canciones. Una balada te puede estar contando hechos históricos, así que a través de la música te enteras de muchísimas cosas. Formas parte de ellas. No son composiciones aisladas: cuentan historias".

La música no deja de estar presente en un libro en el que se escuchan, de fondo y de forma inconsciente, los clásicos inevitables: Carrickfergus, Women of Ireland, The Foggy Dew. "Es casi imposible hablar del folklore irlandés sin recurrir a la música -desarrolla Rivero Taravillo-. Todo forma un entramado riquísimo y magnífico. Solemos hablar de música tradicional como si fuera algo conservado en salmuera, pero la música irlandesa se está creando y re-creando continuamente. En los festivales, por ejemplo, siempre hay muchísima gente joven".

Irlanda cuenta, además, con la cualidad de haber hecho diáspora de forma geométrica e infinita, mucho más allá de la suya propia; son muchos, recuerda el escritor, los que pueden decirse hibernis hibernioris: como aquellos normandos que desembarcaron en la isla, más irlandeses que los mismos irlandeses.

"Creo que el de Irlanda es un caso único en el mundo -comenta Antonio Rivero Taravillo-. No he conocido a nadie que se haya volcado de ese modo y tan multitudinariamente con la República Checa, por ejemplo. Con Irlanda sí ocurre. Tiene una serie de características, que en el libro se exploran, que hacen que sea muy atractiva, y apela a cosas que todo el mundo tiene subyacentes ahí dentro. Más allá de lo visible, de un paisaje hermoso, por ejemplo, existen otros elementos que son igualmente parte de la realidad y que conviven con lo tangible. Todo el mundo sabe que es así, aunque no siempre puede explicarse".

A falta de otra expresión para traducir esa inmanencia, se puede decir que lo que le ocurre a Irlanda es que tiene pellizco: "No fue colonizada por Roma, y hay algo en nosotros que, por remoto que sea, lo reconoce y aflora -desarrolla el autor-. Es de destacar, también, el vínculo que siente el irlandés con su paisaje: una relación intensa y única, que aflora en todo tipo de manifestaciones culturales."

La relación de hermanamiento con el país irlandés se sucede también más allá de la previsible. Ahí está el Bloomsday que el mismo Rivero Taravillo celebra cada 16 de junio en Sevilla (y no está solo). O el festival de música irlandesa que tiene lugar cada año en Cáceres (y que precisamente este mes cumple su XIV edición): "Que puedan existir patrias sentimentales demuestra que uno puede ser de un sitio, pero que se puede elevar sobre las fronteras, y el de Irlanda es un caso manifiesto", apunta.

Los irlandeses aman más que nada una buena historia. Hacen suyo el si non è vero y cuentan con legendaria fama de fabulosos fabulistas. Su ristra de autores enjundiosos -para un país que, aun con una alta tasa de natalidad, no llega hoy día a los cinco millones de habitantes- es apabullante. Podemos citar a Colm Tóibín, a John Banville. A Yeats. A Iris Murdoch. A Elizabeth Bowen. Jonathan Swift y Bram Stoker eran, también, irlandeses -y, si uno se fija, asoman la patita-. No deja de extrañar que algunos de estos grandes renegaran, por obra, pensamiento, palabra u omisión, de su lugar de nacimiento. ¿Entre ellos? James Joyce, Samuel Beckett, Bernard Shaw, Edna O´Brien, con Oscar Wilde en el limbo. "Desde fuera -explica Rivero Taravillo-, tendemos a idealizar Irlanda, como ese estereotipo fantástico que es El hombre tranquilo. Pero ha sido un país con una historia llena de calamidades, con muchas imposiciones por parte tanto de los colonos ingleses como de la Iglesia católica, con un ambiente muy cerrado y cerril".

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