De libros

Sobre el apocalipsis

  • Eduardo Mendoza se pronuncia, con una educada cautela, sobre la cuestión catalana en una obra que explora los procesos que llevaron a la escisión de hoy

El Premio Cervantes Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943). El Premio Cervantes Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943).

El Premio Cervantes Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943). / D. S.

Coinciden dos obras particularmente breves sobre la cuestión catalana; obras cuya extensión no opera en contra de su profundidad -más bien al contrario-, pero cuyo ámbito difiere parcialmente. Si el panfleto de Fernando Savater, Contra el separatismo, se dirige al análisis y la reprobación del ideario nacionalista, y a la evisceración de su naturaleza reaccionaria y xenófoba; en el opúsculo de Eduardo Mendoza nos hallamos ante un escrito, no menos urgente que el anterior, pero cuyo fin último es disponer los hechos que han llevado a la situación actual, y disponerlos del modo más ordenado y honesto posible, sólo en lo concerniente a Cataluña.

Esto implica que Mendoza, lejos de "entrar en combate" contra una forma particular del orbe político, ha preferido enumerar los procesos que condujeron a esta escisión social, agravada o magnificada por la crisis, y cuya solución no parece estar próxima a vislumbrarse. ¿Hasta qué punto cumple Mendoza, hombre reflexivo, tolerante, cosmopolita, con el empeño autoimpuesto? Uno entiende que Mendoza cumple hasta donde quiere cumplir; esto es, esbozando la Historia y el paisaje de un desencuentro, pero sin atravesar el velo de una intervención, de una proposición de carácter político. Digamos que Mendoza actúa aquí como mero ciudadano; o si lo prefieren, como "hombre de Estado" que se pronuncia con una educada y melancólica cautela. En este sentido, el hombre que escribe estas páginas no puede sino mostrarse profundamente afectado por cuanto pasa en su tierra. Y es esa conmoción, precisamente, la que instiga las presentes líneas. Lo cual no quiere decir que las razones expuestas por Mendoza sean tan parciales como él, modestamente, aduce, ni tan faltas de objetividad como pudiera, erróneamente, pensarse. Mendoza es un hombre de una probada y fértil sensatez, y el presente opúsculo, fruto de la perplejidad y del dolor, es una muestra suficiente de ello.

Mendoza es un hombre de probada y fértil sensatez, y esta obra vuelve a demostrarlo

Esto no significa, en ningún caso, que debamos estar de acuerdo con cuanto aquí se dice; pero sí que lo expuesto por Mendoza es inteligente y razonable y merece la atención de quienes quieran comprender, siquiera vagamente, en qué fatídico cenagal nos hallamos inmersos. Probablemente, algún lector hubiera otorgado un distinto peso a las guerras carlistas en el prontuario nacionalista. Otro, quizá, hubiera manifestado su desacuerdo con la opinión que le merece Azaña; un tercero, tal vez, encuentre algo benévolo su concepto del catalanismo como fuerza pactista. Un último lector, probablemente, encuentre particularmente atinadas las palabras de Mendoza sobre el franquismo y su utilización espuria en nuestros días. Todos estos aspectos, susceptibles de matización, no ocultan una vocación de claridad -"lo claro y lo distinto" de monsieur Descartes-, que la inteligencia de Mendoza supone incompleta, pero en absoluto errónea. La exposición que Mendoza hace de los hechos está orientada a la comprensión de un fenómeno cuya complejidad, cuya proximidad, nos irrita, nos ciega y nos asalta. Y tampoco cree Mendoza que de la comprensión de cuanto sucede se derive una solución: es muy problable, dice el autor, que sea demasiado tarde.

Lo que sí quiere subrayarse en esta obra es que el fenómeno nacionalista es un fenómeno histórico; y un fenómeno histórico reciente, cuyo origen hay que buscar en la burguesía industrial del XIX. El nacionalismo, que se sueña un movimiento apocalíptico, secular, que gira en torno a la idea de comienzo, de un Edén, de un nuevo Armagedon, a la idea de una catársis de la que emerger purificados y otros, no es sino el fruto de una ensoñación que atravesó la Europa del XIX y contribuyó decisivamente a la devastación del XX. Ese carácter adventicio, humano, temporal, conjeturable, del nacionalismo, es el que Mendoza ha expuesto aquí con encomiable precisión y una resignada desesperanza.

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