Los caminos de la mesnada salvaje

  • 'El ejército furioso'. Fred Vargas. Trad. Anne-Hélène Suárez Girard. Editorial Siruela. Madrid, 2011. 368 páginas. 21,95 euros.

Fred Vargas comete el acierto, en esta nueva entrega, de meter a su antihéroe favorito en las brumas supersticiosas de la Normandía. En esta ocasión, el inspector acude a un pueblo de la campiña francesa para investigar los crímenes que la creencia popular atribuye al ejército furioso. The wild hunt recoge el mito nórdico de una mesnada sobrenatural que vaga por los bosques y que se aparece, a la manera de una Santa Compaña justiciera, a todos aquellos que tienen las manos manchadas de sangre.

Una leyenda fabricada a medida, por supuesto, de cualquiera que desee cobrarse justicia. Como le ocurre al Wallander de Mankell, la característica más atractiva, el punto de conflicto del comisario Adamsberg como personaje, reside en su incapacidad para asimilar la crueldad en cualquiera de sus formas, teniendo que vivir -como vive- en el centro de una desolación constante.

En El Ejército Furioso, Vargas se centra en esa incómoda cuestión que es el hostigamiento al débil. Desde la interesada falsa acusación a un joven pirómano hasta la caza de brujas que vive la excéntrica familia Vendermont o el indefenso palomo al que atan las patas con un sedal. Con todos ellos, la lucha de Adamsberg es la misma: impedir la ejecución de esa inercia de manada que llama al exterminio del distinto, del vulnerable -esa pulsión humana que tanto confunde a los seres sensibles, aquellos que, como diría Houellebecq, se esfuerzan inútilmente por pegar los pedazos de una regla rota-.

Huelga decir que las simpatías de Adamsberg -y de su autora- están con ellos, con los extraños y los albinos, con ese imposible clan de brujos, tarados y heridos, con la parada de monstruos que, al cabo, terminamos siendo todos, a poco que uno rasque.

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